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https://doi.org/10.30972/clt.299337
CLRELyL 29 (2026). ISSN 2684-0499
Álvaro Cristhiam Boada Noriega* ![]()
Universidad Nacional Mayor de San Marcos
alvaro.boada22@gmail.com
Recibido: 21/08/2025 - Aceptado: 14/12/2025
Resumen
La maternidad es un tema central en la literatura iberoamericana contemporánea, donde numerosas autoras cuestionan la obligatoriedad histórica del rol materno impuesto a las mujeres. En este marco, Nuria Labari, en La mejor madre del mundo (2019), expone la tensión que viven las mujeres al intentar conciliar la maternidad con las exigencias del trabajo. Esta problemática se relaciona con el concepto de “súper-madre”, propuesto por Lina Meruane (2014), que denuncia un modelo femenino que exige compatibilizar sin fisuras maternidad y productividad profesional. Por tal motivo, el presente estudio analiza dicha figura en la obra de Labari a partir del concepto de “autocorrección” de Michel Foucault, con el objetivo de mostrar cómo la narrativa refleja un mandato social internalizado, devenido en culpa. Se concluye que, en la novela, la “súper-madre” encarna una crítica al sistema patriarcal y capitalista que impone un ideal inalcanzable de realización femenina, revelando así la violencia simbólica presente en la construcción de la maternidad.
Palabras clave: literatura española; maternidad; Labari; autocorrección
Abstract
Motherhood is a central theme in contemporary Ibero-American literature, where numerous female authors question the historical imposition of the maternal role on women. Within this framework, Nuria Labari, in The best mother in the world (2019), exposes the tension women experience as they attempt to reconcile motherhood with the demands of work. This issue relates to the concept of the “super-mother” proposed by Lina Meruane (2014), which denounces a feminine model that requires the seamless compatibility of motherhood and professional productivity. Drawing on Michel Foucault’s notion of “self-correction”, this study analyzes this figure in Labari’s novel in order to show how the narrative reflects an internalized social mandate that manifests as guilt. The study concludes that, in the novel, the “super-mother” embodies a critique of the patriarchal and capitalist system that imposes an unattainable ideal of female fulfillment, thus revealing the symbolic violence embedded in the construction of motherhood.
Keywords: Spanish literature; motherhood; Labari; self-correction
Introducción
La maternidad es, a lo largo de la historia, una institución clave en la organización simbólica y política de las sociedades occidentales. Esta carga histórica no fue estática: el ideal materno se ha transformado, adaptado y, en las últimas décadas, es objeto de crítica por parte de diversas corrientes feministas. En el contexto contemporáneo, dicho mandato adquirió una nueva forma de coerción simbólica a través de la figura de la “súper-madre”: aquella mujer que debe conjugar con excelencia su maternidad con las exigencias del mundo laboral, emocional y afectivo.
Esta figura, definida críticamente por autoras como Lina Meruane (2014), se presenta como una actualización de las viejas estructuras patriarcales bajo el ropaje de la autonomía femenina. En otras palabras, ya no se trata solamente de parir y criar, sino de hacerlo mientras se mantiene la productividad, la creatividad y la perfección corporal.
En ese marco, La mejor madre del mundo (2019) de Nuria Labari se sitúa como una obra clave dentro del panorama literario español. Lejos de presentar una maternidad idílica, la novela despliega un relato crudo, autobiográfico e irónico sobre la imposibilidad de conciliar los ideales de madre perfecta y profesional exitosa. A partir de una protagonista que narra su experiencia de infertilidad, escritura, crianza y frustración, Labari construye un texto que denuncia la violencia simbólica del mandato materno.
Para el desarrollo analítico, se propone, en primer lugar, elaborar una genealogía de la maternidad, con el fin de correlacionar algunas cualidades que se mantienen a lo largo del tiempo. Asimismo, es menester comprender el término que acuña Adrienne Rich (2019), la “institución de la maternidad”. El motivo de dicho planteamiento se debe a que se refiere a la obligatoriedad sobre la maternidad que impone la sociedad sobre las mujeres y cómo existen diferentes mecanismos que han perpetuado dicho rol para los sujetos femeninos.
Este último punto resulta cardinal para nuestro análisis; por tal motivo, se optó por continuar con el marco teórico en la segunda sección. En dicha parte, se plantea elaborar una revisión sobre los “mecanismos de poder” propuestos por Michel Foucault y Judith Butler. Ambos parten sobre la idea de corrección como fundamento para acercar a los sujetos hacia conductas esperadas por la sociedad. Sin embargo, la noción más resaltante será la de “autocorrección”. El motivo de tal afirmación se sostiene en cómo los sujetos, para el filósofo francés, buscan por sí mismos alinearse a los valores y comportamientos esperados según los roles designados por la sociedad. En esta parte, se busca consignar la inscripción del cuerpo y de la psique como desarrollo sustancial en la construcción de los sujetos. Dichos términos son eje fundamental en la concepción de la “súper-maternidad” en la protagonista de La mejor madre del mundo.
Finalmente, el presente trabajo pretende responder la siguiente pregunta: ¿cómo la escritura de Labari retrata la autovigilancia femenina propia del actual modelo de la maternidad? Se parte de la hipótesis de que la narrativa de Labari visibiliza cómo las mujeres internalizan y reproducen los discursos dominantes sobre la maternidad, incluso a costa de su subjetividad y bienestar. En ese sentido, este artículo intenta demostrar que en La mejor madre del mundo la figura de la “súper-madre” no solo evidencia la violencia simbólica del mandato maternal contemporáneo, sino que también muestra cómo la subjetividad femenina se constituye bajo mecanismos de autocorrección que el poder patriarcal y neoliberal ha naturalizado. De esta forma, se concluye que la novela no solo funciona como un testimonio individual, sino como una intervención política en los debates contemporáneos sobre género, poder y autonomía.
1. La creación de una “súper-maternidad”
La maternidad no es un fenómeno ajeno a la historia universal. La figura de la madre, por el contrario, varía de forma constante con el pasar del tiempo. Diferentes formulaciones se pueden hacer con respecto al mismo tema, y todas ellas influenciadas por el sistema de pensamiento reinante. Por tal motivo, se busca realizar una breve genealogía sobre dicho tópico para poder concluir sobre la base de las características que se han legado. Asimismo, se hará un especial énfasis en la concepción actual sobre este tema, la “súper-maternidad”, ya que se le relacionará directamente con el análisis de La mejor madre del mundo.
En primer lugar, hay que comprender que la maternidad es un discurso que se mantiene vigente gracias a su supuesta obligatoriedad. Adrienne Rich (2019) lo definiría como la “institución de la maternidad”, puesto que esta avala solo a los sujetos femeninos que experimentan la gravidez como entes asimilables dentro del corpus social. Caso contrario, son condenados ya que no han sido capaces de cumplir con su presunto deber biológico. En todas las épocas, pues, se sienta dicha base como la serie inequívoca con relación a las mujeres y la sociedad. En adición, dicha noción explica que la pertenencia a la sociedad corresponde no solo a su capacidad reproductora, más bien se encuentra obligada a compartir los valores de una progenitora considerada ideal. Es decir, se debe ser madre, pero a condición de serlo según los cánones de la época.
Por tal motivo, partirá la genealogía desde sus inicios. Como se sabe, la maternidad se relacionó, desde los albores de la civilización humana, con la fertilidad.1 Entonces, la mujer se vio destinada a la pasividad y sumisión, en contraposición de las labores activas que el hombre presentaba. Este imaginario primigenio de pasividad femenina se institucionalizó en las primeras civilizaciones, donde se dio el reparto de tareas. Las figuras femeninas, en consecuencia y gracias a su capacidad reproductiva, fueron asignadas a la procreación.2
Esta consigna fue la base de lo que Elisabeth Badinter (1981) llamó la percepción tridimensional sobre la maternidad. Se crea una doble sumisión dentro de la creación de una familia: la mujer por ser madre y por ser mujer. Las exigencias que debe mantener el sujeto femenino con relación a su familia son obligatorias para los dos ejes, tanto el padre como el infante. Por esa razón, se le despersonaliza y se la convierte en una rueda más en el sistema reproductivo, sin voz ni voto.3
Asimismo, la maternidad se sustentó como base para la tradición judeo-cristiana. Debido a la expansión que tuvo la influencia de la Iglesia, los conceptos de una maternidad única se fueron uniformizando.4 La figura de la madre, a partir de ello, se apoyó de la misma religión para consolidarla como una tarea inalienable de las mujeres. En ese sentido, Alicia Oiberman (2005) rescata la tendencia del cristianismo por ponderar a la figura de la virgen María como el epítome femenino. La mujer abnegada que brinda todo por el bien del hijo sobresale como el gran ejemplo para todas las madres. Sumado a ello, la resiliencia ante el dolor se convirtió, gracias a la misma doctrina y a la figura mariana en específico, en requisito necesario para ser considerada una madre correcta para la sociedad.5
De esa forma, la maternidad se construyó sobre la base de la creencia religiosa y se fundamentó gracias al avance de la misma.6 Sin embargo, las tareas de las mujeres no solo se concentraron en el momento del parto. Por el contrario, a los sujetos femeninos, a medida que pasaba el tiempo, se les fueron asignadas múltiples tareas con el fin de satisfacer las exigencias de una madre que fuese idónea. Ya en el Emilio (1762) de Rousseau se sostuvo la importancia de las mujeres sobre la crianza de los hijos como fundamento inalterable de sus roles. Es decir, además de ser las encargadas del hogar, debían ser responsables de la educación de los infantes. Con la obligatoriedad materna, abnegada y educadora se construye lo que María Molina (2006) considera una “maternidad exclusiva” (debido a que solo la madre era la responsable) e “inclusiva” (puesto que buscaba toda la atención de la mujer). Esta naturalización de la maternidad como destino biológico consolidó la exclusión femenina del espacio público y limitó su agencia política.
Adicionado a las infinitesimales labores de la mujer en la familia nuclear, la valoración del infante cambió. Antes del siglo XVIII, el hijo tenía una caracterización más bien secundaria, lejos de los derechos que hoy en día se le conoce. Sin embargo, con el pasar del tiempo, este adquirió una reformulación en tanto a su estimación. Ahora era considerado una pieza fundamental en el entramado de la sociedad.7 Eran vistos como adultos en potencia, lo cual implicó que se les otorgase derechos que antes no poseían. Así que la voluntad del hijo se construyó como un cimiento más en la condena materna. Los deberes y valores se sustentaban en lo que los niños deseaban y no en lo que la madre podía darles.
Aunque el territorio público era menester exclusivo de los hombres, la mujer poco a poco se involucra más en la vida pública. No obstante, no es la búsqueda igualitaria el motivo principal de esta irrupción. Todo lo contrario, esta se inserta en la sociedad mercantil y laboral porque necesita contribuir al hogar con prestaciones remuneradas. La tarea de la maternidad, a pesar de la exclusividad e intensidad, no figura por su valía económica. Para el mercado, ser madre no era un acceso directo a una valoración estable dentro de la sociedad. Entonces, debe sumarse a los trabajos para ser parte de una comunidad. Se construye, en tal sentido, lo que Lina Meruane (2014) catalogaría como “súper-madre”; en otros términos, aquella que debe conciliar su maternidad –la cual se mantiene como obligatoria– con el mundo laboral.8
A pesar de pertenecer a un orden cuestionador, el feminismo se divide y construye dos modelos críticos con respecto a esta nueva concepción sobre la maternidad. Por una parte, se extiende la plausibilidad de una mujer totipotente, capaz de resolver todos los problemas sin alterarse. Freire (2022) critica la posición de una voz femenina que encubra la posibilidad de poder con todo, puesto que es una continuación de la “súper-maternidad”. Esto aunado con el sentimiento de culpa que desemboca no cumplir con dichos estándares porque “fueron sembrados en los cuerpos de las mujeres como una suerte de mecanismo de alarma ante cualquier deseo de traspasar la frontera que separa la maternidad con otros mundos” (p. 12). Se es madre total si es que se busca tal reformulación feminista, pero conlleva su consiguiente castigo.
Por su parte, Esther Vivas (2019) en su libro Madres desobedientes muestra la primacía, en la actualidad, de mantener un rol totalitario para las mujeres. Según la autora, la existencia de un mito maternal se sostiene bajo dos égidas importantes: 1) la tradición de la genealogía; 2) la intención mecanizada del discurso científico. Actualmente, la relevancia que se le otorga a la ciencia permite configurar a la madre como una mujer capaz de seguir los lineamientos a toda costa. El “reloj biológico” –el cual dictamina el poco tiempo que se presenta para ser madre, según los cánones biológicos– ya no es una excusa. La superwoman se convierte, para Vivas, en una necesidad. Por tanto, mientras Freire denuncia el riesgo de una autoexplotación revestida de empoderamiento, Vivas muestra cómo ese ideal se legitima hoy mediante el discurso científico y el mandato biológico.
En conclusión, la maternidad experimenta transformaciones históricas profundas, aunque la presunción de una jerarquía de género se mantiene bajo nuevas formas simbólicas. La figura de la “súper-madre” representa, en este sentido, una continuidad sofisticada de las estructuras patriarcales, reconfigurada por la lógica neoliberal del rendimiento y la autoexigencia. Ahora bien, más que una simple tematización del conflicto materno, La mejor madre del mundo (2019) de Nuria Labari propone una escritura que problematiza formalmente el mandato de la perfección: la hibridez entre autoficción y ensayo, el uso de la ironía y la fragmentariedad del relato encarnan la fractura subjetiva de la madre contemporánea. De tal forma, evidencia cómo el discurso literario puede exhibir los mecanismos de poder que atraviesan la experiencia femenina.
De este modo, la relevancia del análisis radica no solo en reconocer la representación de la “súper-madre”, sino en comprender cómo la forma narrativa misma reproduce y subvierte ese ideal imposible. La novela de Labari se constituye así en un trabajo crítico donde la escritura materna se vuelve resistencia simbólica frente a las nuevas formas de disciplinamiento y autoexplotación femenina.
2. Autocorrección
El discurso sobre la maternidad busca emparentar y homogenizar a las mujeres bajo una misma rúbrica. Para ello, es menester crear una imagen idónea que se ubique en la cúspide de las aspiraciones sociales. La “súper-madre” cumple dicha función en el presente mandato social. Las mujeres, ubicadas por debajo del hombre, necesitan adentrarse en tal modelación para ser aceptadas. Caso contrario, la percepción que se presenta sobre el sujeto deviene en negativa. Existen, pues, diversos mecanismos que sirven para uniformizar a los cuerpos y adocenarlos en ciertos roles. En este apartado, se observará dicha tendencia a partir de los trabajos de Michel Foucault y Judith Butler. Ambos nos permitirán esgrimir la teoría del poder, la cual nos servirá de base para el análisis de la obra escogida para este trabajo.
Para comprender lo que concebimos como el poder y sus mecánicas, debemos atenernos a lo propuesto por Michel Foucault (2002). El filósofo francés concibe al mundo como el panóptico de Bentham. En dicha estructura, los cuerpos son vigilados constantemente para que actúen conforme a las normas impuestas. Es decir, cada ente busca encontrar su “normalidad” debido a la presión constante que causa la mirada ajena. Se concluye, por tanto, que los sujetos que no puedan seguir la lógica que se les asigna deben ser apartados de la sociedad.
Este sistema carcelario recibirá el nombre de “esquemas reguladores”, según lo entiende Judith Butler (1998). Dichas formulaciones “constituyen criterios revisables por la historia de inteligibilidad que producen y conquistan los cuerpos que importan” (p. 36). En esencia, busca construir una homogeneidad corporal y, con ello, un equilibrio entre la forma y el fondo de los sujetos. Los individuos son coaccionados por los demás para así seguir bajo la égida de la figura ideal. Para la filósofa, la cuestión de corrección parte desde el binarismo sexual, en donde las tareas se reparten a partir de la apariencia de los sujetos. Es decir, los roles de género se deducen según el cuerpo de los actantes (hombres/mujeres).
Esta lógica de control encuentra su correlato en lo que Michel Foucault (1988) denomina “mecanismos de poder”, especialmente la disciplina de los cuerpos. Para el filósofo, la pertinencia de los demás sujetos a la hora de ordenar los cuerpos y disciplinar al resto resulta sustancial. La formulación de un adecuamiento al cuerpo ajeno sirve para mantener una línea con respecto a la regularidad y a los mandatos sociales. Los cuerpos, organizados bajo el binarismo sexual y funcional (en el caso de la mujer, la reproducción) se convierten en posibilidades reales para la creación de las identidades. En otros términos, al uniformizar los cuerpos se realiza una identificación de las identidades sociales y sexuales. El hombre se hace tal cuando actúa según los estándares esperados, al igual que la mujer. Solo puede ser reconocido si es que es validado por el resto de actantes.
Esta evaluación constante mantiene en alerta al resto de sujetos. El ojo vigilante ya no es solo el ajeno, sino el propio. La valoración que se dé a sí mismo es resultado de la estimación que realizan los demás sobre ese cuerpo. Foucault (2003) plantea dicha corrección como el “cuidado de sí”; es decir, la “autocorrección” de los sujetos. El dominio sobre uno mismo es una manera de ser parte de la sociedad. Puesto que el mismo sujeto debe conciliar su psique, la recepción del discurso y su cuerpo, el cual inscribirá según los cánones estipulados por las necesidades de la sociedad. Por lo tanto, se construye un ente capaz de moldear su manera de actuar y sus pensamientos.
En esa misma línea, la moral viril, construida sobre la oposición activo/pasivo, refuerza la subordinación femenina incluso en el ámbito de la subjetividad. La valoración tácita que realiza el sujeto se basa por entero en el alineamiento de los designios sociales (útil/inútil). Él mismo se notará lejos del foco, fuera de la normalidad. Entonces, aliado el cuerpo y la psique, la construcción de su esencia coordinará con lo estipulado y el discurso se consiente en norma. En esta moral de hombres hecha para los hombres, la elaboración de sí como actante consiste en instaurarse en una estructura de virilidad. Los entes masculinos serán los únicos capaces de poder domeñar a los demás, incluso a sí mismos, en las prácticas sexuales y los roles de género.
En resumen, el discurso es una fuerza que encuentra en su aspiración homogeneizadora su característica particular. De esa forma, la búsqueda de una regulación de los cuerpos se vuelve sustancial para mantener el orden y equilibrio anhelado. Entonces, los sujetos vigilan y corrigen al resto para obtener una uniformidad. No obstante, dicha formulación no puede ser la única. El sujeto debe aliarse con el mandato social en cuerpo y alma, en ser y esencia. Por ello, el discurso cala en lo más hondo de la psique y se alía en corrección autoimpuesta. La “autocorrección” mantiene vigente las normas sin que exista un ente exterior de por medio. Es el ecualizador que permite que la consigna se vitalice y se perpetúe.
El discurso de la maternidad es uno de tantos mandatos que se mantienen gracias a los “esquemas reguladores” o “mecanismos de poder”. Es así que la búsqueda de cimentar un eje compartido por todos se basa por entero en las dos formas de coacción: corrección y “autocorrección”. La intención es que los sujetos se alineen con el ente idóneo y perfecto. En el presente caso, la figura de la “súper-madre” se sostiene como la necesaria dentro del discurso sobre la maternidad. Pues, dicha imagen, en tanto modelo disciplinario, opera como un dispositivo biopolítico que garantiza la reproducción del orden social mediante la autoobservación y la culpa.
Por tanto, las mujeres están signadas a buscar dicha modelación a partir de los dos mecanismos antes descritos. En consecuencia, estas herramientas teóricas resultan cardinales para el análisis correspondiente sobre la obra de Nuria Labari, La mejor madre del mundo.
3. Análisis de La mejor madre del mundo de Nuria Labari
La periodista y escritora española Nuria Labari nos muestra, en su obra La mejor madre del mundo (2019), una visión realista y potente sobre la figura de la “súper-madre”.9 La elección de la novela no responde solo a la representación explícita de la maternidad, sino a la manera en que se subvierte los códigos discursivos que la sostienen: ironiza los imperativos de la “súper-madre”, expone la biopolítica del cuerpo femenino y revela el costo subjetivo de la conciliación imposible entre creación y procreación, lo cual deviene en la culpa de la protagonista. Desde una lectura foucaultiana del poder disciplinario y sus efectos sobre la subjetividad, este trabajo propone observar cómo el discurso materno funciona como una tecnología de control que el sujeto interioriza hasta la autocorrección.
En dicha obra, el personaje principal tiene que lidiar con su infertilidad y su trabajo para conciliar una vida acorde a los cánones esperados por la sociedad. Para ello, se somete a múltiples intentos de fertilización y es víctima de lo que Vivas (2019) llamaría “violencia obstétrica”. Es decir, el sujeto es sometido ante una manipulación o agresión a esperas de cumplir con su rol de madre sumisa. Tal planteamiento se sostiene cuando la protagonista inicia su proceso de fertilización, en el cual reflexiona lo siguiente: “Dicen que es por seguridad, pero yo creo que es para que no quede ninguna duda de que debes tus hijos a la Ciencia” (Labari, 2019, p. 34). En ese sentido, busca su maternidad a toda costa para poder pertenecer a lo que Adrienne Rich (2019) denomina la “institución de la maternidad”.
Esta idea se complejiza si atendemos a la tesis de Shan Liu (2024). Su trabajo es uno de los pocos que abordan por entero la obra de Labari. La tesis busca conectar la novela con la realidad sociopolítica de las mujeres en España. La autora observa la transformación del cuerpo de la narradora, la desigual distribución del tiempo y la mercantilización de la maternidad a través de la figura de las celebridades. El motivo de dichas descripciones, responde, es porque busca graficar la carga emocional que supone la maternidad.
El dominio sobre uno mismo es una manera de ser hombre en relación consigo mismo, es decir de mandar sobre lo que debe ser mandado, de obligar a la obediencia a quien no es capaz de dirigirse a sí mismo, de imponer los principios de la razón a quien carece de ellos; es una forma, en resumen, de ser activo, en relación con quien por naturaleza es pasivo y debe seguirlo siendo. En esta mora de hombres hecha para los hombres, la elaboración de sí como sujeto moral consiste en instaurar de sí a sí mismo una estructura de virilidad: sólo siendo hombre frente a sí mismo podrá controlar y dominar la actividad de hombre que ejerce frente a los demás en la práctica sexual. (p. 54)
En dicha formulación, se plasma una lucha entre el ideal materno y la realidad fáctica. El cansancio del sujeto es debido, precisamente, a no poder conjugar lo que se entiende como producto del discurso sobre la maternidad y lo que en verdad ocurre cuando se es madre. De la misma forma, la tesista afirma que, en la misma diégesis, se puede observar el lado positivo que la gravidez presenta. Por tanto, no es una presentación maniquea sobre la maternidad.
Si bien el enfoque de Shuan es principalmente descriptivo, su lectura permite vislumbrar la tensión entre el ideal materno y la experiencia vivida, tensión que constituye el núcleo del presente análisis. Efectivamente, el trabajo elaborado por la tesista se sostiene en la mera descripción. Nuestro trabajo, por lo contrario, busca dialogar con enfoques teóricos que permitan sostener un análisis crítico sobre la obra de Nuria Labari.
Por su parte, Katiuscia Darici (2023) elabora una exégesis centrada en las narrativas en torno a las maternidades de la década pasada. Destaca, dentro de dicho corpus, el uso de la autobiografía como forma ficcional para contar historias. Este es un recurso ampliamente utilizado por el grupo de escritoras que analiza en su trabajo, de las cuales ubica a Labari. En dicho artículo, además, enfatiza la temática principal de La mejor madre del mundo: “Ahonda sobre todo en la dicotomía entre crear y procrear, esto es, tener hijos o dedicarse al oficio de escribir” (p. 251). La diégesis de la novela, para la analista, se centra en ese debate que existe entre la figura materna y la individualidad femenina representada por su trabajo. La pugna de los mundos representados quiere ser un acto político, puesto que “con una escritura contundente, Labari no deja espacio a dudas sobre la larga tradición de silenciamiento de las mujeres” (p. 251).
Darici (2024), en otro trabajo, publicaría otra exégesis sobre la novela. En tal artículo, la analista pone en relieve las estrategias discursivas por las cuales se vale la autora para mostrar las grietas del discurso sobre la maternidad. El punto inicial de su trabajo parte desde la elección de los nombres que se le da a los personajes de la historia. Para Darici, a pesar de la ficcionalización sobre una autobiografía, al colocar a sus allegados con nombres relacionados a su función social (Hijo: H1; Hija: H2; entre otros), “responde al mismo mecanismo de pérdida de la suya propia en cuanto se convierte de manera voluntaria en madre” (p. 231). Describirlos así es mostrar al mundo la prestación y la usurpación por la cual son sometidas las mujeres en un mundo patriarcal. Ya no son individuos, sino parte de un esquema preestablecido.
Dicha presión es un sometimiento porque, al igual que Shan Lui (2024), Darici (2024) entiende a la novela como una disputa entre dos mundos: el laboral, enfocado en la escritura, y el maternal. Ante tal sojuzgamiento, la narradora encuentra una prefiguración maniquea sobre los actantes que componen a sus allegados. Es por eso que el hombre –especialmente, su esposo (Un Hombre)– se figura como un ente negativo: representa al patriarcado y le hace recordar las diferencias socioeconómicas vigentes.
Por otro lado, Dovilė Kuzminskaitė (2025) destaca la poeticidad dentro de la diégesis en La mejor madre del mundo. Además de concentrar un papel crítico debido a la hibridez de la novela y el ensayo, su artículo destaca el uso de figuras retóricas para señalar las problemáticas de las cuales se hace mención. Es evidente la carga ensayística presente en la obra de Labari; sin embargo, el trabajo lo exime de una representación poética, en la cual abundan las figuras metafóricas como el pájaro o el muro.
Asimismo, Kuzminskaitė (2025) rescata el uso de la ironía como puente crítico hacia un sistema inestable como el discurso sobre la maternidad: “irony implies distance, which helps to form a more individual way of thinking. At the same time, this reflection could be read as a criticism of pro-natalist politics” (p. 49). Es reiterativa la presencia de la ironía en la obra de Labari. Desde el título podemos prefigurar que es así: la mejor madre del mundo que decide abortar para ser feliz.
A diferencia de los trabajos previos, que centran su atención en la dicotomía entre maternidad y escritura o en los mecanismos simbólicos de representación del cuerpo, este artículo propone leer La mejor madre del mundo como una puesta en escena del discurso biopolítico de la maternidad. En la figura de la “súper-madre”, la narradora encarna el mandato social de corrección y “autocorrección” que Foucault y Butler describen como propios del poder disciplinario.
La disputa entre las dos visiones que surcará la novela se presenta desde el inicio: “Soy mujer, soy madre, no puedo tener hijos, escribo. No puedo tener hijos, soy madre, escribo, soy mujer. Soy madre, no puedo tener hijos, escribo, soy mujer” (Labari, 2019, p. 13). En las primeras líneas se aprecia la dicotomía que debe atravesar la protagonista. Sin embargo, es sintomático que la presencia de la feminidad se mencione primero que la de la maternidad. La disputa, pues, comienza con una clara predilección y, asimismo, deja claro la imposibilidad de unirlos. El discurso se impele, pues, entre la elección física y la mental, en la cual una converge en la otra. Desde el comienzo, pues, se entiende a la “autocorrección” como el mecanismo principal que sostiene a la trama de la novela.
Aunque coloque a la maternidad y a la escritura en puntos de vista iguales, la narradora sabe que no es posible. Dicha imposibilidad se demuestra a través de la comparativa de un pájaro: “A veces, cuando uno de ellos se harta de estar tan cerca del resto, sale volando. Eso es ser pájaro” (Labari, 2019, p. 13). Este animal es capaz de salir y volar, liberarse de un orden; la mujer, en cambio, no puede realizar dicha liberación. Como consecuencia, se compara y pierde libertad puesto que “yo no soy pájaro, soy una mujer” (Labari, 2019, p. 13). La imagen nos permite descubrir un aprisionamiento tácito y evidente de la mujer. El sujeto, pues, se percibe atrapado en un discurso sin salida, en la imposibilidad de resolverse contra aquel mandato.
El aprisionamiento de la psique y del cuerpo son parte fundamental para entender a la protagonista y la elección que realiza. Su infertilidad, ya abordada con anterioridad, es su principal obstáculo. Por ello, necesita sobrepasarlo para así integrarse en el grupo de mujeres-madres. Tal premisa se sostiene a partir de la repetición de los personajes femeninos famosos acerca de la gravidez y la posibilidad de conjuntarlo con sus respectivos trabajos:
Ellas y sus sentencias definitivas sobre la maternidad a todo color, tan delgadas y tan recién paridas cada vez que abren el pico. Mujeres que son imagen siempre de alguna marca, mujeres que desdibujan las imágenes de mujeres que no nacen del mercado. Todas nosotras: las infértiles, las viejas y las lesbianas hojeando hipnóticamente las sentencias en revistas de corazón, moda o belleza. En el tipo de revistas que se supone que leemos las mujeres. La tesis, según la experiencia de las protagonistas, es siempre la misma: tener un hijo es la confirmación exterior definitiva de que mereces estar viva. (Labari, 2019, p. 35-36)
Las mujeres famosas, como detectó Shan Liu en su tesis (2024), son aquellas que prolongan el discurso sobre la maternidad a través de sus comentarios. Hegemonizan actitudes y las ecualizan para sostener una dinámica. Son sustentadas y apoyadas por marcas, dinero y una legión de seguidoras que se comportarán tal como ellas debido al efecto inmediato de su éxito. En conclusión, son las corregidoras del discurso sobre la maternidad, quienes buscan la homogenización de los cuerpos debido a la ecualización de sus réplicas. Entonces, la protagonista –infértil y no-madre– es relegada a un escalón por debajo del reconocimiento como mujer. Es así como se observa, con precisión, a lo que describía Adrienne Rich (2019) como la “institución de la maternidad”: la necesidad y obligación a la cual se someten las mujeres para ser aceptadas solo gracias al hecho de ser madres. Esto impulsa a impulsar a maternar, a ser parte de la normalidad sostenida por el trabajo y su capacidad de procrear.
Es cierto que hay una respuesta inmediata sobre la apreciación de una maternidad obligatoria en la misma revista –la presencia de Jennifer Aniston–; sin embargo, esta es una muestra de lo poco recibido que es este contradiscurso. Una declaración que sirve como asidero para sostener su infertilidad y no sentirse fuera del corpus de las mujeres: “Digámoslo una vez más, Jen: ‘La maternidad no determina el valor de una mujer’. Ella no es madre, pero las dos hemos llegado a la misma conclusión por caminos distintos” (Labari, 2019, p. 38-39). Las revistas, pues, continúan en la demostración sobre la maternidad como único medio posible para las mujeres: son los ecualizadores y correctores del discurso, y, por ello, hegemonizan dichos comportamientos al corregir, de forma tácita, a quienes incumplan dicho rol. Esto se puede apreciar mediante la repetición anhelada de la protagonista sobre este último punto. Una repetición que es más un intento fallido por no presentarse fuera de la comunidad de las mujeres-madres.
Un intento que, finalmente, fracasa cuando esta sucumbe ante el mandato y se presenta ante una clínica de fertilidad para su próximo embarazo. La presentación de dicho sentimiento de obligatoriedad se cimenta a través de la comparación: “Las universitarias habían empezado a andar su propio camino, serpenteante y estrecho mientras yo no me enteraba de nada en medio de una inmensa autovía” (Labari, 2019, p. 22). El contraste resulta capital en este fragmento, puesto que nos relaciona el camino que optan las colegiales fértiles frente a la mujer-trabajador-infértil. Los cuerpos de las jovencitas sirven como puente de comparación entre lo que es una mujer para el discurso (fértil y vivo), mientras la protagonista se percibe como su antítesis. La infertilidad de su vida, debido al paso del tiempo, se convierte en la médula que vehicula a la primera parte de la novela.
En efecto, la ponderación de su maternidad se ve reflejada en la insistencia de su infertilidad. La protagonista, a través de la asimilación del discurso sobre la maternidad, asume su postura de procreadora indefectiblemente: “Has sido juzgada. Todo ha terminado. Mujer, eres estéril. Mujer, no sangras. Mujer, no eres mujer. Mujer, no eres nada. Mujer, desaparece” (Labari, 2019, p. 22). Es la interiorización del mandato lo que se observa acá, como menciona Foucault, es la “autocorrección” en su esplendor. Su mente le ordena cómo debería comportarse su cuerpo, con base en la sangre. No obstante, no lo obedece, por lo que configura su mandato final hacia sí misma: desaparece. En esta instancia, la consigna de la gravidez se torna imperiosa. El sujeto debe conciliar su posición y rol para poder pertenecer a esa maternidad que la llevaría a la socialización ante los demás. Busca ser madre y por ello resignifica su cuerpo, en el cual inscribe –siguiendo el término del filósofo francés– en pro de esta tarea.
Tal formulación se fortifica más adelante ya que después afirma lo siguiente: “Cuando supe que no podía tener hijos, las palabras se volvieron blancas, igual que mis bragas: inútiles” (Labari, 2019, p. 25). Establece, pues, de forma interna, la valoración inútil/útil que conforma a las mujeres sobre su maternidad. Se hace imperiosa su necesidad de inscripción hacia la normalidad de la gravidez. En dicho punto, por tanto, asume por completo los valores del mandato sobre la procreación: su psique y su cuerpo convergen en el deseo de ser madre a toda costa.
En consecuencia, decide corregirse a sí misma para poder adaptarse a este nuevo rumbo. Se somete a un proceso de fertilización donde le prometen la llegada de su hijo. El “reloj biológico” juega en su contra, debido a que sobrepasa la treintena: “Pero pasó el tiempo. Y las chicas eran ya otras mientras yo era estéril y empezaba a hacerme vieja” (Labari, 2019, p. 21). Esta desavenencia es el paro que motiva la disputa entre su cuerpo y su mente. Mientras que el último desea maternar, el primero incumple con el rol que se le ha impuesto. La “autocorrección” parte de su autocalificación de vieja, puesto que es indefectible su relación con la inutilidad. La valoración se solidifica, pues, en esa disputa entre mente y cuerpo.
Al final, la concepción se hace realidad. Es capaz de dar a luz a una criatura, aunque dicha tarea la demuestra lejos de un punto de vista romantizado: “Algunas mujeres dicen que el día del nacimiento de su primer hijo es el más feliz de su vida. No fue así para mí” (Labari, 2019, p. 48). Parte desde el equívoco del mito sobre la maternidad de considerar al hijo como el punto culmen de toda mujer: lo desmonta desde su experiencia. Es más, la protagonista ya demuestra su incertidumbre desde el nacimiento, puesto que sabe que no está todavía dentro de la “institución de la maternidad”. Todo lo contrario, conoce que existen normas que debe acatar.
Aunque nazca su hijo (H1), la corrección hacia la madre continúa. Para la “institución de la maternidad”, no solo basta con ser madre. Es más, a medida que la mujer se adentra en su rol de progenitora es cuando se intensifica la intención del discurso por adentrarse a su psique: “Tres reglas no escritas de obligatorio cumplimiento: la mejor creación de una mujer serán sus hijos, la mayor realización su maternidad y su mayor pasión siempre y mientras viva, sus hijos” (Labari, 2019, p. 17). Asume como normativa la sumisión hacia el hijo y, en consecuencia, debe saberse alejada de otros roles para completarse como madre-mujer. La “autocorrección” sobre la maternidad se cimenta en su psique al volver mantra aquellos cánones de la “maternidad intensiva”.
Dicha intención autocorrectora será la tarea más empeñosa de la protagonista. A medida que crece y experimenta la maternidad, esta logra percatarse del timo que resulta ser una madre realmente feliz, por lo que debe repetirse de manera constante su imperativo materno: “Así que engordé mi deseo materno con toda la fuerza de mi imaginación y mi ideología, como se engorda a los monstruos” (Labari, 2019, p. 46). Este fragmento nos permite dilucidar dos cuestiones sustanciales de la obra. En primer lugar, se detecta esa condena de “autocorrección” que se impone el personaje principal con el fin de poder conciliar su nueva vida con el de la maternidad. En segunda medida, se ve a tal mecanismo como un “monstruo”, un ser que la consume por dentro. Entonces, no hay una entera pasividad frente al dogma, sino que hay una reticencia que cumple su rol de muro frente a la supuesta pasividad del actante.
Además de ello, junto a su maternidad, la protagonista debe darle espacio a su escritura y a su profesionalidad. Ella misma reconoce que el mercado la impele a hacer constantemente actividades para existir: “Lo que me trastorna es la clase de tiempo que se me meterá en el cuerpo cuando me incorpore. En mi trabajo, como en cualquiera, la productividad importa” (Labari, 2019, p. 123). Entonces, también debe darle su tiempo a sus trabajos; pero, a la vez, sus hijos la demandan. Está, en conclusión, en una encrucijada: su maternidad o su trabajo. Si falla en una, la despiden; en otra, la condenan socialmente. Es la encrucijada que debe saber conciliar para podérsele considerar una “súper-madre”, un ente asimilable para la sociedad.
La “autocorrección” se enfatiza todavía más con el criado y la educación de los infantes. Estos últimos se convierten, en su jerarquía interna, la piedra angular de su tiempo:
Pero H1 sigue llorando. En realidad, las dos lo sabemos, va a llorar toda la noche. No sirve de nada esperar, no hay un motivo ni una razón. Su llanto es un hecho y como todo dolor no se puede anticipar su llegada ni planificar su final. Así que nos vamos al salón para que al menos Hombre (uno de los dos) pueda dormir. (Labari, 2019, p. 50)
El llanto del infante es el llamado que interrumpe su sueño. El tiempo de dormitar solo interfiere en la mujer, no en el hombre. En este punto, no se cuestiona con profundidad la diferencia de la repartición temporal, lo cual sí podrá hacer más adelante. Ella asume que debe cumplir con esa tarea, se autocorrige en pro de mantener el equilibrio patriarcal.
Es más, el tiempo se convierte en el principal motor de desazón con respecto a la maternidad. La madre divide racionalmente las horas para poder cuadrar sus trabajos (maternar y escribir). No obstante, fracasa en el intento: “Recito números que no sirven para medir el tiempo. Seis, seis, si me escondo no me veis. Siete, siete, quiere mi bebé chupete. Ocho, ocho, haremos un bizcocho” (Labari, 2019, p. 52). Las numeraciones se concentran solo en sus hijos, en su crianza y en la preparación. Entonces, la corrección de su tiempo es la medida que sirve para poder asentarse como una “súper-madre”.
En este punto, la mujer se debe concentrar en el hijo que cría y en la vida laboral que la mantiene. Esta imposición de la “súper-maternidad” la mantiene atada: “Seguimos a la carrera mientras me repito dos palabras una y otra vez al ritmo de mi respiración, cada vez más entrecortada: ‘Soy mujer, soy mujer, soy mujer, soy mujer, soy mujer, soy mujer, soy mujer…’” (Labari, 2019, p. 79). Por supuesto, la repetición es un mecanismo que sirve para solidificar su puesta en escena con respecto a los mandatos sociales. La respuesta “soy mujer” impele a la obligatoriedad de criar y trabajar a la vez en esa carrera llamada vida. El sujeto, pues, sí se encuentra en total contradicción constante entre su cuerpo y su mente, en donde el último intenta domeñar al primero.
Es ahí donde su cuerpo y su mente entran en constantes disputas. Aunque se configuró a la maternidad como un mantra, esta se va a resquebrajar a medida que experimente más a fondo la maternidad misma:
Diseñada para entregarme hasta el vacío, porque eso es ser una madre, “la que da todo por sus hijos”. Dispuesta a querer a mis hijas y a mi hombre incluso cuando no lo merezcan, pues será entonces “cuando más lo necesiten”. No olvidemos que las palabras sirven para mandar y que he recibido palabras desde que nací. Y así hasta que una noche llegué a decir a dos adolescentes desparramadas en un sofá (ambas con las piernas demasiado abiertas): “Algún día entenderéis todo lo que he hecho por vosotras”. (Labari, 2019, p. 161)
El tono irónico del mensaje resalta en el fragmento. Demuestra que la mujer es un ser destinado siempre al cuidado del otro. Por tanto, es su obligación como tal seguir esos mandatos a pesar de la infructuosa recompensa. Asimismo, detecta la impronta de los correctores desde la etapa inicial de su formación (“he recibido palabras desde que nací”). Por lo que se puede afirmar una rigurosa crítica que parte desde el razonamiento de los cuerpos y la psique. El cuestionamiento se basa en esa ironía que contrasta lo propuesto por el mandato con la realidad.
Es tal la asimilación del discurso que ella misma logra autocorregirse en ciertos momentos: “Escribo cuando debería estar jugando con ellas o contándoles un cuento o preparando un bizcocho. Y cuando esto termine, ellas lo sabrán” (Labari, 2019, p.15). Sabe que su responsabilidad es compartida: si escribe, debe estar con sus hijas; si es que está cuidándolas, debería estar en la escritura. Esa es la condena de la cual es víctima y por la que se queja: la inconciliable tarea de unir dos mundos como la haría la “súper-madre”.
Figura que ironiza más adelante: “Porque ser madre me dará superpoderes, me engordará y me preñará de sabiduría y de valor y de verdad. Y, lo más importante, será una experiencia inolvidable” (Labari, 2019, p. 37). Por supuesto, la narradora encuentra incompatible las tareas acuñadas a la mujer porque solo se entendería que fuera posible si es que fueran algo más allá que una simple mortal. Evidencia que no se puede conciliar con la realidad y que deja derrotada a la protagonista:
Es difícil agarrar el bolígrafo cuando ya está todo dicho. Ningún relato será el padre de todos los relatos después de “Bola de Sebo”. Es mejor que me dedique al amor y a la maternidad porque, primero que nada, soy madre. (Labari, 2019, p. 58)
Maupassant es uno de los grandes referentes de la madre. Por tal motivo, la consigna de no poder superar sus pasos se debe, en gran medida, a que se encuentra vencida por un sistema que no la apoya pese a que la arroja y la conmina a ser una “súper-madre”. Ella conoce que no puede unir ambos mundos porque ni siquiera presenta un capital simbólico de la maternidad dentro del mundo editorial. Sentencia, luego, que “es difícil saber quién eres cuando tu alma ha sido triturada. De hecho, de alguna manera, sientes que no eres nadie” (Labari, 2019, p. 61). El discurso materno aleja a las mujeres de la personalidad, las convierte en un estereotipo lejos de toda individualidad. La protagonista no puede escribir porque debe cuidar a sus hijos, con ello, deja de lado su trabajo; pero cuando intenta conciliar los dos mundos (escribir sobre la maternidad) no tiene recompensa. Con ello, el fragmento rescata la imposibilidad que propone el discurso. Sin embargo, no puede contra dicho sistema debido a la presencia de correctores incluso en el campo literario.
La escritura se convierte en el espacio de recuperación tardía que anhelaba poseer. Escribir se convierte en la trinchera frente a la dominación de la “súper-maternidad” y el “autocorregimiento”: “Una mujer que escribe es una mujer peligrosa. Peligrosa para sí misma y para los demás. Cuidado conmigo” (Labari, 2019, p. 59). Esta podría ser una fuente de salvación; sin embargo, no resulta así. Esta liberación se interrumpe con el hijo que tiene: “Siempre he tenido miedo de mis sueños. Hasta que me convertí en madre. El día que nació H1 dejé de soñar” (Labari, 2019, p. 60). La “súper-maternidad”, este discurso encapsulador, sigue asimilando su tiempo y espacio.
La derrota hacia un sistema que la tiene en jaque es evidente. Las mujeres si son madres deben ser profesionales y el tiempo, aunque es igual para los hombres –en cuanto a cantidad, mas no en destinación–, no está de su lado:
…buena parte de mi vida preparándome para aprovechar el tiempo, para no malgastarlo, para cumplir los objetivos lo antes posible (ni siquiera lo mejor posible). Y de pronto, de un día para otro, apareció un bebé y estallaron todos los relojes. Para siempre. (Labari, 2019, p. 67)
La diferencia de los roles de género se puede vislumbrar en este fragmento. Las mujeres no constan del tiempo necesario para sus propias actividades; todas devienen en la maternidad. El hombre, al contrario, sí puede disponer del entretenimiento, lejos de su paternidad. Por ende, surge un odio creciente a su marido: “Juro que lo mataría cada vez que me corroe la envidia por ver cómo dispone libremente de su tiempo. Porque él todavía lo hace, él todavía tiene tiempo del que disponer libremente, sin culpa, sin preocupación…” (Labari, 2019, p. 167). La comparativa deja en evidencia la disparidad entre los dos sexos. En consecuencia, el núcleo de la familia nuclear se deshace paulatinamente.
La derrota se acrecienta cuando el único aval para sostener su maternidad se convierte en un enemigo. El hijo se presenta más como una presencia ofensiva que en un aliado: “H1 me despertaba cada dos horas, cada hora, cada tres, cada seis, cada media hora, cada dos, cada ocho. Así durante un año completo, cada noche, todas las noches. Esta es la fase preparatoria. Una agresión constante al inconsciente” (Labari, 2019, p. 62). Asimismo, es una silenciosa batalla la que narra la protagonista y que continúa con la presencia de H2, la nueva hija que cría: “H2 está agachada entre Hombre y H1 cuando de la espalda de esta surgen unas inmensas alas negras, espesas y mullidas como la caricia de un demonio” (Labari, 2019, p. 116). El primogénito y el segundo infante son el enemigo, aquellos que no la dejan en paz, son los primeros correctores mediante sus respectivas presencias. La maternidad, colige, no cumple con la seguridad y confianza que una mujer espera.
De esa forma, la maternidad es percibida desde su lado más negativo. A pesar de la construcción de ciertos momentos de estabilidad, la mujer es retenida en una dinámica que sofoca su libertad. Aún encima, el trabajo tampoco sirve como aliciente ni huida:
Desde que soy madre ir al trabajo se ha convertido solo en una forma obligada de irme de casa, de no estar donde debería. Es como si hubiera decidido meterme en una jaula, para tener la libertad de salir y entrar cuando yo diga. Porque siempre hay una jaula. Y quizás el trabajo remunerado sea la manera de tener, de vez en cuando, las llaves de la mía. (Labari, 2019, p. 127)
La protagonista encuentra su vida como una jaula, una prisión que no deja que vuele como el pájaro. La maternidad es un discurso que aprisiona su cuerpo y su psique, los cuales están al total servicio de la producción de nuevos seres para ser aceptadas: es la corrección y la “autocorrección” en su estado más puro. No hay escapatoria, no hay reinicio, más bien existe un arrepentimiento por haber escogido dos veces la senda de la gravidez: “Si el susto termina así, casi me parece más sensato elegir muerte. Creo que prefiero ser una de esas madres que no se buscan problemas, tan abundantes y respetadas como las demás” (Labari, 2019, p. 216). La muerte es preferible a seguir por una senda opresiva: ese es el nivel al cual llega la protagonista al no poder ser pájaro, volar, ser libre.
Finalmente, la decisión más pertinente que encuentra cuando se anuncia su embarazo de otro hijo (hipotético H3) es el aborto. La imagen de un feto que recorre sus entrañas es capital para entender su decisión:
Pero, de pronto, violentamente, una vida se abría paso avanzando contra mí, dispuesta a vivir a pesar de mí, decidida a nacer sin permiso ni deseo. Y un dolor en el pecho y aquel calor y aquella forma de estar embarazada en una cafetería un lunes por la mañana sin poder imaginar nada peor y nada mejor. Porque sabía que mi embarazo era bueno. Y sabía muy bien la clase de mujer que yo era. (Labari, 2019, p. 209)
Es percibido el feto como un ser parasitario y, como consecuencia, se puede afirmar que ya no lo advierte con ningún hálito idealizado sobre la maternidad. La decisión es o someterse nuevamente al escrutinio de la mirada ajena que busca que se corrija y se mantenga bajo un orden o liberarse de ella. El aborto resulta la decisión ideal porque lo relaciona con la libertad: “Cuando llega ese día, cuando llega el momento luminoso en el que un individuo conquista su libertad, suena el corazón de su madre, que se ha roto” (Labari, 2019, p. 217). El camino de seguir en la maternidad es sinónimo de una condena eterna, puesto que significa continuar con el mismo patrón de seguimiento y correcciones para alcanzar un modelo imposible. En efecto, su libertad se logra solo cuando no persiste en ser madre, para ser más preciso, una “súper-madre”.
Sin embargo, esta decisión no es la solución ideal. La muerte de una tercera maternidad no resta a las demás. Los dos hijos aún la esperan en casa, con la división de su tiempo y la repartición de su vida. El fatalismo, pues, se palpa en las líneas finales de la obra: “Solo queda ya desear que todo vaya bien para que un día sea mi corazón el que quede hecho añicos” (Labari, 2019, p. 217). La protagonista sabe que su solución fue paliativa y que no conlleva a la solución real. La maternidad, en específico la “súper-maternidad”, es un discurso envolvente que la deja subsumida para siempre. Solo al final de la historia se percata completamente de ello.
En suma, el recorrido de la narradora desde la infertilidad hasta el aborto reconfigura el mandato de la maternidad como un dispositivo biopolítico que encuentra su límite en el rechazo del cuerpo a reproducir el orden social. En el acto de no-maternar, la protagonista rompe la cadena de corrección y autocorrección. Específicamente, la decisión final de abortar, la narradora ejecuta la ruptura más radical con el mandato biopolítico que la constriñe: su cuerpo deja de ser normado por otros. La “súper-madre”, figura sostenida por la culpa y la productividad, se desarticula así desde dentro, cuando el cuerpo se rehúsa a seguir siendo soporte del poder. En ese gesto, La mejor madre del mundo no solo denuncia, sino que reescribe las condiciones mismas de lo que significa ser madre en el capitalismo tardío.
4. Conclusiones
A lo largo del presente análisis se demostró cómo la novela La mejor madre del mundo (2019) de Nuria Labari desarticula críticamente el mandato de la maternidad contemporánea mediante la figura de la “súper-madre” y la “autocorrección” como “mecanismo de poder”. Este ideal, lejos de representar una conquista de derechos o una conciliación real entre lo personal y lo profesional, constituye un nuevo rostro del disciplinamiento patriarcal, más sofisticado y menos cuestionado. El personaje de la narradora encarna la contradicción irresoluble entre el deseo de autonomía y la presión social por cumplir un rol materno intensivo y omnipotente, lo que deviene en una experiencia de culpa, sobrecarga y fragmentación subjetiva.
La incorporación del concepto de “autocorrección”, propuesto por Michel Foucault, permite entender cómo las mujeres interiorizan y reproducen por sí mismas los discursos normativos sin necesidad de una coerción externa explícita. En la novela, esta dinámica se manifiesta a través de la constante vigilancia que la protagonista ejerce sobre sí misma, en su intento de ajustarse a un ideal que la trasciende. La maternidad se convierte, así, en una tecnología de poder que no solo regula el cuerpo, sino también el tiempo, los afectos y la producción simbólica de las mujeres.
Asimismo, el texto evidencia que la figura de la “súper-madre” no se sostiene únicamente en el plano simbólico, sino también en un entramado material que incluye al mercado, los medios de comunicación, la ciencia médica y las instituciones laborales. En este sentido, la novela de Labari se inscribe en una tradición de narrativas que no buscan romantizar la maternidad, sino exhibir sus costos sociales y emocionales, sus silencios impuestos y su carácter político. Enfrentar ese mandato implica romper con una imagen colectiva profundamente arraigada y asumir la posibilidad de fracasar como madre según los parámetros establecidos.
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*Álvaro Cristhiam Boada Noriega es Bachiller y Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Es profesor en distintos centros de estudios. Asimismo, ha publicado artículos sobre la maternidad y producciones andinas en diferentes revistas internacionales y nacionales: Orkopata, Castilla y Kipus. Además, fue ponente en diferentes congresos tanto nacionales como internacionales. Sus áreas de investigación conciernen al género y a la literatura andina. Actualmente, es candidato a magíster en Literatura Peruana y Latinoamericana en la UNMSM con una investigación sobre la maternidad en novelas iberoamericanas.
Karla Barrantes Valverde y María Cubero Cubero (2014) muestran que la mujer se vio como un ente pasivo y fertilizante debido a la comparación implícita con la naturaleza. En ese sentido, se establece al hombre como la base social y el ente productor; mientras tanto, su contraparte en el binarismo debía asumir una posición contraria, pero, al mismo tiempo, complementaria.↩︎
Sin embargo, los roles no se fueron solo por ese lado. Jaqueline Rose (2018) detecta la forma de crianza en la Antigua Grecia como modelo del sistema jerárquico entre los sexos. Aunque la mujer fuera la artífice de un nuevo ser, la responsabilidad no podía recaer en ella: su supuesta inferioridad era un planteamiento suficiente para desistir en ello. Los ciudadanos de las polis griegas observaban en las mujeres una incapacidad intelectual basada en sus genitales. Es decir, se propuso solo el deber dar a luz, no el de criar. Las mujeres eran destinadas a una parte de la crianza, pero otros poderes les eran vedados.↩︎
Yvonne Knibiehler (2000), en esa misma sintonía, grafica la obligatoriedad jurídica de la maternidad en el Imperio romano. En dicha época, la mujer solo era percibida como un correcto ciudadano si es que seguía a la maternidad idónea, según los estándares legales de la época. Caso contrario, la formulación del padre de familia era dejado de lado, aunque tuviese mayor ponderación que el actante femenino en todas las decisiones sobre la criatura. En conclusión, era obligada a ser la correcta madre; el padre, pese a que no lo fuese, podía dictaminar a placer la crianza del infante.↩︎
No obstante, la postura de mayor valía en la presentación del cristianismo no solo fue esa homogeneización, sino la irrupción de la figura del Dios-padre. El pensamiento cristiano sometió la preponderancia de la mujer como la única fundadora y progenitora; el Dios de los Antiguos Testamentos era la génesis patriarcal: “Él produciría por sí solo todo el universo, de manera tal que el sueño imposible de la monogénesis masculina queda así meta-realizado en un meta-relato sagrado e incontrastable” (Binetti, 2013, p. 115). Se demuestra como el gran Creador, el cual no necesitó de una mujer para ello. Si la gran figura de la cristiandad fue capaz de hacerlo, la mujer –la cual tenía como único aval de ciudadanía su capacidad reproductora– desciende en el escalafón. Una vez descendida, la manipulación de la figura materna fue posible por parte del hombre.↩︎
Esta última cualidad se debía enraizar en las mujeres como una cualidad innata. Por ello, en la Edad Media, se instaura el matrimonio como sostén de los roles de género. Amparo Micolta (2008) afirma que la planificación nupcial partía desde un asentimiento reproductivo; es decir, se tenía de por medio la necesidad de crear un nuevo ser. Sin embargo, dicha obligatoriedad se veía restringida en el caso femenino. Los hombres, a pesar de ser enlazados mediante el mismo rito, no estaban condenados a una paternidad obligatoria. La imagen de Dios-padre, pues, toma relevancia y salva a sus congéneres de una laboriosidad eterna.↩︎
Estas concepciones religiosas sentaron las bases de los discursos modernos sobre la domesticidad femenina. En la Edad Media, por ejemplo, se constató la implicancia de dicha figura en la sociedad. Las mujeres debían cumplir con todo lo estipulado de forma tácita en el pacto donde estas criaban y los hombres mandaban, en el Concilio de Trento del siglo XVI. Es decir, aparte de estar libre de todo deber, eran los asignadores del futuro de un infante, pese a que no se involucraban en el proceso directo de crianza. En consecuencia, la total responsabilidad materna, encumbrada por la figura mariana, no dio abastos con la crianza. Por ello, la tasa de infanticidios se elevó desproporcionadamente. Estas obligatoriedades, se colige, saturaron el papel de la mujer en la sociedad.↩︎
Mientras tanto, los Estados se configuraban como nuevos actantes en la ecuación. Necesitados de nueva mano de obra, promulgaron a la maternidad como un deber patriótico. Para ello, debía ser promulgado dicho dictamen con tal que la proliferación de nuevos sujetos apoyase a la sociedad. El mito de la gravidez dichosa, pues, se cimentó ayudado por la divinización por parte de la Iglesia: se consolida la imagen de los “ángeles del hogar” (Meruane, 2014). Por su parte, Silvia Carradori (2017) enseña que la importancia que tuvo la mujer a lo largo del siglo XIX se sustentó por entero en su capacidad productiva. Las mujeres eran capaces de dar herederos y constructores de la Nación. Por tanto, alimentar el mito de la maternidad como una necesidad imperiosa y recompensada era función de los Gobiernos.↩︎
Estas premisas se consolidaron hacia finales del siglo XIX. No obstante, la presencia de una crítica se hace sentir a inmediaciones de dicha centuria. Rose (2018) argumenta que la incidencia de las mujeres en el mundo público ayudó a que el conocimiento se repartiese más equitativamente. Por lo que dicha educación puso en tela de juicio las evidentes fisuras de un sistema opresor como el machista. La maternidad, entendida como una obligación imperiosa, se resquebraja en el siglo XX.↩︎
Nuria Labari Gómez (Santander, 1979) es escritora y periodista española. Su obra literaria, que combina ficción, ensayo y autoficción, aborda temas como la maternidad, la identidad y las tensiones entre vida personal y laboral. En la presente novela, se converge las características más relevantes de la narrativa de Labari: tanto el ensayo como la autoficción. Su producción feminista abarca una crítica sobre la presentación del patriarcado como una norma vigente en la cultura occidental. Su escritura, en ese sentido, se distingue por una mirada crítica y honesta sobre la experiencia femenina en la sociedad actual.↩︎