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https://doi.org/10.30972/clt.299341

CLRELyL 29 (2026). ISSN 2684-0499


ENTRE LA ENUMERACIÓN CAÓTICA Y LA TEORÍA DE LAS AFFORDANCES LITERARIAS

Between Chaotic Enumeration and the Theory of Literary Affordances

Mariano Ernesto Mosquera*

Universidad Nacional de Hurlingham – Consejo Nacional de Investigaciones Técnicas y Científicas

marianoernestomosquera@gmail.com

Recibido: 29/09/2025 – Aceptado: 24/11/2025

Resumen

En el siguiente trabajo partimos de los esfuerzos críticos de Leo Spitzer sobre la enumeración caótica para discutir uno de sus presupuestos metodológicos: la neutralidad de la forma. Para ello, realizaremos una importación teórica de la psicología ambiental: el concepto de affordance. Esta categoría nos permitirá adentrarnos en proyectos teóricos literarios que ya han utilizado tal concepto, para evaluarlos. Finalmente, utilizaremos un concepto relacionalista y material de las affordances para resignificar nuevas lecturas clásicas de la literatura, incluida, hacia el final, la enumeración caótica.

Palabras clave: enumeración caótica; affordances; teoría literaria; Peter Khost; Caroline Levine

Abstract

In the following work, we build upon Leo Spitzer’s critical efforts on chaotic enumeration to discuss one of his methodological premises: the neutrality of form. To do this, we will undertake a theoretical import from environmental psychology: the concept of affordance. This category will allow us to delve into literary theoretical projects that have already employed this concept, in order to evaluate them. Finally, we will use a relational and materialist concept of affordances to reinterpret classic literary readings, including, toward the end, chaotic enumeration

Keywords: caotic enumeration; affordances; literary theory; Peter Khost; Caroline Levine

Entre la enumeración caótica y la teoría de las affordances literarias

1. Introducción

Las siguientes páginas son un ejercicio teórico-crítico “Middle-Bottom-Up”, es decir, parte de un problema en las atenciones críticas que ha suscitado un procedimiento literario, luego continúa con el análisis de ese procedimiento para después transitar a cuestiones de un nivel de generalidad más alto, donde los conceptos y las teorías, no las figuras literarias, son los protagonistas. En primer lugar, entonces, recuperaremos la crítica del procedimiento de la enumeración caótica, que, aunque con una historia que nos lleva a las liturgias bíblicas, adquiere centralidad en la literatura occidental en el siglo XX. Eso nos llevará a cuestionar uno de los principios metodológicos de uno de sus principales comentadores, Leo Spitzer, y compararlo con los intentos de caracterización en la filosofía continental contemporánea. ¿Son los procedimientos literarios inmanentemente neutrales? Esta pregunta nos conducirá a contrabandear, para los estudios literarios, uno de los movimientos teóricos clásicos de la filosofía de la técnica contemporánea. Desde allí, nos preguntaremos razonadamente por los distintos niveles de análisis de las formas literarias. Nuestra deriva nos interpelará a rescatar una noción que atraviesa diversas disciplinas, desde la psicología ambiental hasta el diseño: el concepto de affordance, para preguntarnos finalmente cómo funcionaría en el estudio de la literatura, examinando dos ejemplos salientes contemporáneos. Aunque el punto es morigerar el impulso constructivista que domina la disciplina hace medio siglo, no se trata de un intento ex nihilo, demostrando como nuestras hipótesis explican, desde otro set de conceptos, célebres análisis literarios contemporáneos, arrojando nuevas luces sobre cómo se hacen cosas con palabras.

2. Del cosmos secreto a las letanías de Latour

En 1945, la editorial del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires publica un texto del reconocido romanista e hispanista austríaco Leo Spitzer: La enumeración caótica en la poesía moderna (1945). Se trata de un fenómeno de interés para la historia institucional de la crítica en Argentina porque no constituye una traducción de un texto publicado previamente en alemán, sino una primera edición organizada por el director del instituto, el filólogo nacionalizado argentino Amado Alonso. Entre Alonso y Spitzer hay una productiva relación a lo largo de los años, un intenso diálogo conceptual en el que no podremos ahondar en este trabajo.

El concepto de “enumeración caótica” surge del intercambio con los trabajos de otros críticos literarios del momento, que habían comenzado a elaborar un interés creciente en el procedimiento enumerativo y la elaboración de listas en la literatura contemporánea. Spitzer señalará que el “estilo enumerativo” resulta un modo tradicional antiquísimo del tejido de la cultura escrita mundial, reconstruible no solo en la Biblia judeocristiana sino también en textos sánscritos de la tradición védica. Aunque la conformación del concepto es previa a este libro, en un trabajo cuatro años anterior sobre la obra del poeta español Pedro Salinas, Spitzer considerará en este texto que es Walt Whitman el que inaugura el uso moderno del procedimiento enumerativo, su variante “caotista”. El crítico austríaco afirma que la enumeración fue el procedimiento predilecto durante siglos para alabar la perfección de la creación divina, su orden y belleza inmanente. La declinación moderna, de la mano del poeta estadounidense pero performado con variaciones en Rubén Darío, Pablo Neruda, Rainer María Rilke, Franz Werfel y Paul Claudel, entre otros, introduce dentro de la figuración del mundo el fragmento, lo desvencijado, lo no sintetizable, lo incompatible, lo roto, la ruina. En palabras de Spitzer, son “catálogos del mundo moderno, deshecho en una polvareda de cosas heterogéneas, que se integran no obstante en su visión grandiosa y majestuosa del Todo-uno” (Spitzer, 1945, p. 25). En este sentido, Whitman

acerca violentamente unas a otras las cosas más dispares, lo más exótico y lo más familiar, lo gigantesco y lo minúsculo, la naturaleza y los productos de la civilización humana, como un niño que estuviera hojeando el catálogo de una gran tienda y anotando en desorden los artículos que el azar pusiera bajo su vista. (1945, p. 26)

La fertilidad teórico-práctica del procedimiento de enumeración caótica en la literatura argentina es recurrente a lo largo de este último siglo. Solo por mencionar un ejemplo reciente, la escritora María Moreno, en Banco a la sombra, cuando elabora una crítica a la experiencia y el discurso del etnólogo, señala: “La enumeración caótica es el ritual recurrente del colonizador” (Moreno, 2007, p. 150). Pero, en otra ocasión, comentando la obra de una colega, Moreno señala que, si bien la enumeración es la figura retórica del viajero que asimila el mundo imperialistamente, en las crónicas de Cynthia Rimsky: “Sus enumeraciones no atesoran, se despojan en nombre de una disposición hospitalaria a lo nuevo, donde la curiosidad se sobrepone a todo temor o arrepentimiento” (Moreno, 2016, párr. 1).

Pero probablemente el uso más célebre de este procedimiento en la literatura argentina corresponda a un texto estrictamente contemporáneo al ensayo de Spitzer. Ese mismo año, en 1945, Jorge Luis Borges publica en la Revista Sur uno de sus cuentos más famosos: “El Aleph”. Recordemos brevemente su argumento. El cuento comienza con un acto de constatación dolorosa: el narrador (llamado Borges) nota que el mundo no se detiene ni un momento frente a la reciente muerte de su enamorada platónica (Beatriz Viterbo). Borges comenzará así una tradición, la de visitar todos los 30 de abril la casa de Beatriz para saludar a su padre y a su primo, Carlos Argentino Daneri. Es en este último en el que la narración encuentra un foco, porque Daneri es, como Borges, un escritor, un poeta embarcado en una obra de tintes enciclopédicos que será continuamente ironizado por Borges. Promediando el cuento, Daneri le revela a Borges que en el origen de su proyecto de escritura se encuentra un misterioso objeto que se encuentra en la casa, el “aleph”, que condensa todos los puntos del universo, desde todos los puntos de vista posibles. Cuando Borges observa este enigmático objeto, se presenta la famosa enumeración caótica: “Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide” (Borges, 1998, p. 192). Y luego continúa largamente. Estamos muy lejos acá de las dos modalidades que reconoce María Moreno: muy lejos tanto del triunfalismo imperialista como de la generosidad que es hospitalaria con lo nuevo. La visión del aleph provoca una conmoción en el narrador, Borges teme haber arruinado para siempre la capacidad de sorpresa de la vida, pero el cuento concluye con un retorno del necesario olvido, tópico fundamental de la textualidad borgeana. Desde esta obra en adelante, Borges utilizará en variadas ocasiones la enumeración caótica, particularmente en sus poemas. No se tratará solamente de una insistencia práctica, sino de una conciencia plena de la clasificación y la genealogía de Spitzer, en la que introduce una declinación singular. En el texto que cierra su libro de poemas La cifra (1981), Borges señala:

Esta composición, como casi todas las otras [de este libro], abusa de la enumeración caótica. De esta figura, que con tanta felicidad prodigó Walt Whitman, sólo puedo decir que debe parecer un caos, un desorden y ser íntimamente un cosmos, un orden. (citado en Giraud, 2016, p. 249)

Y esta reflexión de Borges se repite en otras ocasiones.

Esta breve alusión a textualidades argentinas sirve para prolongar modestamente una de las intuiciones de Spitzer: el hecho de que la enumeración caótica puede tener usos contradictorios según su contexto. Ahora bien, Spitzer no se queda en esta comprobación sino que despliega una hipótesis teórica con un carácter de generalidad aún más alto: “Todo rasgo de estilo es en sí mismo neutro; adquiere su particular eficacia sólo por su enlace con tal o cual actitud particular” (Spitzer, 1945, p. 14). Abstraigamos de la idea de Spitzer la segunda parte de su hipótesis, de clara raíz idealista.1 Nos permitimos esta abstracción porque la primera parte de la hipótesis puede ser suplementada no solamente con una apelación a “actitudes” y cosmovisiones, sino también a unidades textuales más amplias (obras, autores, movimientos artísticos, etc.) o contextos históricos. Retengamos esa primera parte: ¿Son los procedimientos formales, inmanentemente, neutros? Nuestro propósito será ofrecer una fuerte matización de aquella propuesta del crítico austríaco, apelando a dos tradiciones filosóficas: en primer lugar, algunos desarrollos de una nueva corriente de pensamiento llamada “Ontología Orientada a Objetos”; luego, recuperaremos una reflexión clásica de la filosofía de la técnica. En todo caso, no se trata de impugnar el proyecto filológico en su conjunto, de notable interés y actualidad en el momento (la filología no es neutra en ningún sentido), sino una de sus declinaciones conceptuales.

Empecemos entonces con el primer punto. El filósofo estadounidense Graham Harman señala en uno de sus trabajos:

El espacio se extiende desde la ciudad de provincias en la que nací hasta las capitales del mundo, las cadenas montañosas, los océanos, las minas de oro y las rutas comerciales. (…) El espacio es el hogar de los agujeros negros y los cuásares; es el hogar de Stonehenge, el Serengeti y Las Vegas, y también es donde yacen los restos de los Césares. (Harman, 2015, p. 148)

Este es sólo un ejemplo de las decenas de casos de enumeración caótica con que Harman puebla sus investigaciones metafísicas. Su uso resulta una declinación tan instrumental al proyecto de filósofo que incluso los continuadores de su corriente de pensamiento, la Ontología Orientada a Objetos, participan de la misma estrategia formal. Así, Timothy Morton, Ian Bogost y Levy Bryant, entre otros, pergeñarán variadas enumeraciones caóticas en sus trabajos, con estructuras similares y en un contexto específico que modula su sentido. Para entender tal uso deberíamos introducir muy brevemente cuáles son las características salientes de la Ontología Orientada a Objetos (OOO, a partir de ahora). La OOO se distancia radicalmente de los principios filosóficos de base epistemológica de la modernidad occidental, cuyo pináculo es la filosofía trascendental kantiana. La OOO aboga por un retorno a la ontología, una ontología realista que hable de lo que antes estaba interdicto: la “cosa en sí”. Para la OOO la realidad consiste en unidades discretas (los objetos) cuya existencia y características esenciales son independientes de las relaciones con otras unidades (entre ellas, fundamentalmente, la conciencia) y son irreductibles a los procesos y las relaciones en las que esas unidades se ven envueltas, es decir, es la retracción su modo particular de existencia. Aunque la noción de “interobjetividad” que retoman de Bruno Latour (1996) es de interés para los estudios literarios, en particular su eco con la “intertextualidad”, la retracción de los objetos es una decisión ontológica que no podemos afirmar palmariamente. En este marco, la conciencia y el sujeto no tienen ningún tipo de prioridad en la existencia, son un objeto más entre otros. Tal como señala Harman:

El término ‘objeto’ será utilizado en el sentido más amplio posible para designar cualquier cosa con una especie de realidad unitaria. El ‘objeto’ puede referirse a un árbol, un átomo, una canción, un ejército, un banco, una franquicia deportiva y un personaje de ficción. (2015, p. 156)

Así se entiende, en principio, el uso de la enumeración caótica de estos filósofos. Se trata de una escenificación del principio de igualitarismo ontológico que proponen.

Esta “Declaración de los derechos universales de las cosas” implica, como decíamos, un fuerte anti-antropocentrismo: no hay por qué aceptar que la filosofía comience en el sujeto, en el humano, ni con ningún punto de la existencia que tenga algún tipo de privilegio. Se trata, en lo fundamental, de una ontología plana. Objetos naturales, técnicos y de ficción igualmente existen aunque, como se esfuerzan en remarcar estos filósofos, no existen igualmente.

La alusión a la Ontología Orientada a Objetos no tiene como intención la mera comprobación circunstancial de la aparición de un procedimiento típico de la poesía moderna en un corpus filosófico contemporáneo. Más bien, lo que nos interesa señalar es que estos filósofos no solo hacen uso de la enumeración caótica sino que reflexionan alrededor de ella de una manera que encuentra ecos y disyunciones muy productivos con la descripción de Spitzer. Señalemos algunos puntos. Spitzer comienza su análisis focalizando en fragmentos de Whitman que lee como una apuesta por la unidad de la naturaleza, por una metafísica conjuntiva, un panteísmo sensualista que luego contrapone al panteísmo espiritualista de Rilke. En cada uno de estos puntos, la ontología que recuperamos hace que su uso de la enumeración caótica apunte a elementos diametralmente opuestos de la descripción anterior. Si en Spitzer el procedimiento enumerativo de Whitman (y el de Werfel) pretende “salvar del aislamiento” a los fragmentos de este mundo, opere o no una síntesis, en la Ontología Orientada a Objetos se trata de defender cierta particular retracción y retraimiento fundamental de los objetos, que nunca se agotan en sus relaciones. Por otro lado, frente al Todo-uno de Whitman, ellos plantearían la inexistencia del mundo como caso de todos los casos; y, frente al panteísmo, la propuesta de un polipsiquismo. Cuando Ian Bogost (2012) se propone nombrar al procedimiento de enumeración caótica que ellos utilizan, lo llama “Letanías de Latour”. La apelación a Bruno Latour, filósofo e historiador de la ciencia, es instrumental para ellos porque se constituye como un precedente fundamental de la ontología plana que proponen. Pero atendamos un segundo al núcleo del sintagma. Cuando Spitzer se propone hacer una genealogía del procedimiento de enumeración caótica, no duda en ubicarla en relación al mundo religioso: la enumeración panegírica y las letanías cristianas serán precedentes clave del procedimiento moderno. Esto lo lleva a concluir, de forma muy interesante, que, para el momento de publicación de su estudio, el culto religioso seguía siendo una de las fuerzas más poderosas en la creación estilística. Por último, tanto los ontólogos orientados a objetos, como previamente Latour, hablan, a partir del postulado de la ontología plana y el igualitarismo existencial, de una “democracia de los objetos” (Bryant, 2011) y un “parlamento de las cosas” (Latour, 1993). Hacia el final de su texto, Spitzer señala, de la mano de los trabajos de Auerbach, que el siglo XIX, con el realismo histórico, configuraría el plano de una democracia formal y temática al interior de la literatura. Ahora bien, la enumeración caótica sería para Spitzer un paso más de radicalización de esa democracia humana del realismo hacia, finalmente, como en los filósofos contemporáneos que recuperamos, una democracia de las cosas.

Poner en serie estas nuevas ontologías con el análisis del crítico literario austríaco permite, por un lado, recuperar la absoluta actualidad de las intuiciones analíticas de Spitzer. Pero, a la vez, ofrece un modo de crítica a sus presupuestos teóricos. Como señalábamos, para comprender la actualidad de nuestra discusión, deberíamos obviar el franco idealismo de Spitzer, pero reteniendo su hipótesis de que los procedimientos formales son neutros; hipótesis que, en alguna medida, se conserva como supuesto en ciertas posiciones constructivistas radicales actuales. Y aquí, para finalizar esta sección, es donde una combinación entre Latour y la filosofía de la técnica contemporánea ofrece un camino de indagación posible. Latour, fiel a su ontología plana, otorgará a los objetos algunos atributos que pertenecían tradicionalmente a los sujetos. Los objetos, en la teoría del actor-red, serán actantes, tendrán agencia (Latour, 2008). Y un procedimiento formal, en este caso la enumeración caótica, es un tipo de objeto, un objeto artefactual, un objeto técnico. Y la técnica, como se sabe desde las teorías sustantivas y la teoría crítica (Feenberg, 2012), no es un elemento neutro, es decir, no se carga de valor solo en un momento cronológicamente posterior a su formación. En este sentido, diremos que un procedimiento formal tiene una carga de practicidad inmanente que estructura, sin sobredeterminar, el campo de los usos posibles. A su vez, las potencialidades del procedimiento formal no se pueden determinar a priori. Si esto es así, y nuevamente junto a Latour, aquella inmanencia nunca puede ser sinónimo exclusivamente de textualismo. Un procedimiento formal, como cualquier objeto, es híbrido: es a la vez discursivo, político y real, entendiendo en este caso por realidad aquel índice técnico. Lejos tanto del instrumentalismo (que plantearía una neutralidad) como del determinismo (que plantearía una fatalidad particular), un procedimiento formal, entonces, es un campo de batalla desde su diseño mismo en cualquier nivel de abstracción, es una lucha por la actualización de sus posibles. Los usos pueden cambiar los sentidos y pragmáticas que históricamente se le otorgan a un procedimiento, pero hasta cierto punto. Es decir, hay que pensar en un límite al constructivismo. ¿Hacia dónde ir? Para responder esta pregunta, tendremos que retornar a las vecindades de nuestra casa disciplinar, a los estudios mediales.

3. Los estudios mediales y la teoría de las Affordances

Los estudios mediales son altamente inestables en términos categoriales. Ya su concepto mínimo, el de medio, es base de constantes batallas y reescrituras que reconfiguran la ecología conceptual. Podríamos dar una definición mínima y decir que el medio es una técnica cultural que permite seleccionar, archivar, transmitir y producir datos y señales. Pero aquí aparece un problema: ¿la oralidad no es un medio, la danza no es un medio artístico? Porque parte de lo que caracteriza a estos medios es su incapacidad, al menos en su versión en presencia, de archivar sus datos y señales. Siempre se puede grabar la voz y filmar una danza, pero ya se trataría de una remediación. ¿No son el cuerpo, las cuerdas vocales, un medio bio-técnico? No intentaremos responder estas preguntas, solo demostrar las dificultades que se encuentra el campo en dar una respuesta paradigmática al asunto.

Cuando nos referíamos a la antropología latouriana de la hibridez discursiva, social y real de los fenómenos, podríamos haber recuperado conceptualizaciones más cercanas a los estudios literarios, como los de la crítica y teórica suiza Marie-Laure Ryan.

Marie-Laure Ryan (2014) parte de la idea, típica de los estudios mediales clásicos, de que, dándole forma a la narrativa, los medios también dan forma a la experiencia humana. Hay que entender esto desde un alejamiento del textualismo, que compartimos en nuestra perspectiva, hacia una fenomenología cognitiva de la recepción artística, que no necesariamente nos representa en su completitud, aunque hemos trabajado desde ese marco en otros trabajos (Mosquera, 2024). El problema es que el campo de los estudios mediales no propone un concepto unificado de medio, lo que se traduce como una falta de convergencia entre las diferentes disciplinas que podrían beber de esta categoría tan fundamental y hacer “polinización cruzada” de sus descubrimientos. En este sentido, la teórica suiza propone un “bottom-top” metacrítico, partiendo de las categorías informales más usadas para hablar de los medios, para luego formalizarlas y avanzar en un uso generalista que permita tal interdisciplinariedad.

La formalización, como se puede suponer por nuestra propia argumentación, es tripartita: la dimensión semiótica, la dimensión cultural y la dimensión técnica. Con nivel semiótico, Ryan se refiere a categorías como imagen, sonido, movimiento, que se pueden estudiar por su extensión espaciotemporal, su dimensión significativa, su impacto sensorial y su modo de significación. Con nivel cultural, Ryan intenta pensar el reconocimiento público como formas de comunicación que los medios comportan, incluyendo las instituciones, los comportamientos y las prácticas que sostienen estos medios. Por último, con el nivel técnico no se refiere solamente a los medios que implican un nivel tecnológico en sentido llano, sino a todo medio que implica un modo de producción y un soporte material. En ciertos casos, como la oralidad con el aparato fonador o la danza con el cuerpo, el modo de producción no puede ser separado del soporte material.

Esta tripartición le sirve a Ryan para pensar un concepto de “mundo narrativo” (storyworld) que sea medialmente consciente. Pero en nuestro caso sirve como una justificación secundaria de nuestra hipótesis de que los procedimientos formales de la literatura son híbridos y, por ende, no neutrales. La tripartición de Latour encuentra un eco en la tripartición de Ryan. Pero aquí encontramos un problema importante: se entiende, por la historia de la crítica, porqué enfocarse en el poder significativo del lenguaje (el nivel semiótico) y en las vicisitudes de los receptores (el nivel cultural) tienen una pregnancia importante en nuestra práctica. Pero no resulta del todo claro porqué el nivel técnico sería de importancia para nuestro análisis, sobre todo si nos movemos en la abstracción textualista. El nivel técnico parecería comportar un nivel de realismo metodológico que no suele ser corriente en los estudios literarios, por lo que habría que examinarlo con mayor detalle.

Y aquí es donde debemos retornar a importar, aunque no en soledad, un concepto para esclarecer este embrollo categorial: el concepto de affordance. Este neologismo (desarrollado desde el verbo en inglés to afford), hoy devenido en herramienta de análisis empírico específico, nace desde la psicología ambiental, pero ha tenido impacto en una serie de disciplinas, como el diseño, la antropología y la filosofía de la técnica. El concepto fue acuñado por el psicólogo norteamericano del siglo XX James J. Gibson, que se enfocaba más bien en la percepción visual y fue un pionero de la psicología ecológica. Aunque su primer uso data de 1966, en un parágrafo aislado, el autor ha vuelto para reformularlo y darle jerarquía en variadas ocasiones. En su primer uso, Gibson (1966) pone el acento en que, aunque hay affordances instintivas, la mayoría de ellas requiere algún aprendizaje acerca de qué objetos pueden ser usados para obtener un determinado objetivo, o hacer otros objetos o hacer que otros animales (entre ellos, otras personas) hagan lo que uno quiere que hagan. Las affordances de algo son la combinación específica de las propiedades de un objeto en referencia singular al animal en cuestión. Por ejemplo, un río puede ser una affordance de tomar o bañarse para una persona, pero para una araña de agua es también una superficie (por la tensión superficial) para deslizarse y moverse. Las affordances, en este sentido, son tanto experienciales, fenomenológicas como físicas. Aunque las affordances no son substanciales (porque dependen de la relación con el sujeto de la acción, el contexto, el ambiente), sí refieren a ciertas características físicas que permitirían la acción. En nuestro trabajo, affordance se referirá a los usos posibles de un objeto relacionando las especificidades del objeto con las especificidades del sujeto, la institución, la sociedad, en una situación determinada. En este sentido, affordance es un emergente de una relación material, pero una relación más realista que constructivista.

Detengámonos sobre esta última aseveración desde una discusión más situada. El sociólogo norteamericano Ian Hutchby (2001) busca con el concepto de affordance escapar tanto al constructivismo reinante (personalizados por Grint y Woolgar) como al determinismo tecnológico (por ejemplo, de Marshal McLuhan, como a veces se le ha imputado). Así, las affordances rehuyen tanto al aspecto “interpretativo”, sobre el que ya volveremos, como al sustancialismo que busca propiedades esenciales en la tecnología. Esta perspectiva hace énfasis en algo que será muy importante para nuestra propuesta: la idea de que las affordances posibilitan acciones, así como las restringen. Según Hutchby, lo que Grint y Woolgar hacen paradigmáticamente es “textualizar” la tecnología. Es decir, los productores “escriben” las técnicas de una determinada manera y los usuarios las “leen”. Ni la escritura ni la lectura son determinadas, ambas implican un proceso abierto de negociación: los productores pueden forzar un tipo de uso particular y los consumidores pueden buscar usos desviados de esos objetos. Al mantener que las tecnologías no tienen propiedades intrínsecas, sino que siempre están abiertas a negociación y persuasión retórica, la implicatura es que los artefactos son una tabula rasa donde suceden estas luchas interpretativas. Así, el nivel de análisis que se vuelve dominante es el de la representación de los artefactos. Para Hutchby, el problema es que los artefactos no son tierra baldía esperando ser llenados por representaciones que las vectoricen a tal o cual uso, sino que tienen affordances. Estas affordances constriñen como posibilitan lo que se puede “escribir” y “leer”. Es verdad que las affordances cambian de especie en especie y, también, de persona en persona, pero no son variablemente libres. Las affordances no son solo aspectos funcionales sino características relacionales de la presencia de un objeto material en el mundo, y por lo tanto no dependen de la actualización de un uso individual. En la visión textualista de la tecnología, la relación se invierte: al verlas como sujetas a interpretaciones, se tienden a postular como materialmente vacías, sin forma, en variación infinita. Para la teoría de las affordances son estas características relacionales las que permiten (y constriñen) el proceso de negociación que la versión constructivista remarcaba. Pero Hutchby implica también que hay que alejarse del determinismo tecnológico, porque esta teoría no implica que los actores tengan que necesariamente reaccionar de determinada manera frente a las formas tecnológicas. Diríamos nosotros: las affordances no son infinitas, pero son indeterminadas, abiertas a la variación relativa que estas permiten. El foco es distinto: desde la representación o la causación, al amplio pero no infinito campo de las prácticas y las acciones posibles. Ni la arbitrariedad constructivista, ni la epistemología unilateral del determinismo: relacionismo material realista.

Se comienza a entender entonces nuestra hipótesis. Si Grint y Woolgar llamaban a entender a los artefactos-como-textos, nosotros abogamos por una consideración de los textos-como-artefactos, en la gran estela formalista, aunque nunca hayan dado este paso pragmático. Existe una gran objeción a nuestra operación, que pasamos a simplemente mencionar por rigurosidad intelectual. Donald Norman (1999) es una de las voces del campo que señala el mal uso del concepto en ciertos ámbitos, como el caso de los diseñadores gráficos. Así, él propone una segunda categoría, la de “significador”, para diferenciar de las affordances, que implican convenciones prácticas de los sujetos en lugar de basarse en sus capacidades corporales. Nuestra importación, por lo tanto, se vería nulificada por esta intervención. Pero nuestro punto puede defenderse de dos maneras. En primer lugar, la importación de un concepto suele implicar una transformación de la categoría al nuevo contexto, llevando consigo los aportes de las affordances, mientras se adecua al nuevo campo empírico. Por otro lado, nuestra hipótesis se apoya en otros dos intentos satisfactorios de importación que ahora pasaremos a comentar y criticar, por lo que se trataría de una pequeña tradición, que valida nuestra operación.

El norteamericano Peter Khost, en su Rhetor Response (2018), articula una teoría consistente de las affordances literarias. Aunque parte de los trabajos vanguardistas de Gibson, retoma del psicólogo ambiental James Greeno una de sus precisiones más importantes. Así, una affordance literaria se relaciona con los atributos de un texto en una actividad interactiva de un lector que tiene alguna habilidad que se relaciona con el texto que tiene tal affordance. La relatividad de las affordances y las habilidades son fundamentales. Ni una affordance ni una habilidad son especificables en ausencia de la especificidad de la otra. Son conceptos que se codefinen y ninguno es coherente sin el otro. Existe, como ya veremos, cierta ambigüedad en el texto de Khost sobre el realismo de esos atributos que se relacionarían con la affordance, pero lo importante de momento es que él rescata el concepto para pensar usos (falta aquí el potencial típico de la definición de la categoría) de un texto literario para conseguir objetivos situacionales en un sentido retórico, pragmático, no necesariamente literario. Khost se defiende de las posibles críticas respecto a su uso de las affordances en los textos literarios refiriéndose (casi como cita de autoridad) al propio Gibson, que señala que los objetos abstractos como las imágenes o la escritura despiertan una affordance inusitada. Aquí Khost caracteriza que esas affordances dependen tanto de experiencias directas (como las que usualmente utilizan los teóricos de las affordances, es decir, perceptual) como indirectas o reflexivas (conceptual, referencial). Como señalábamos, para Khost, una affordance literaria es una respuesta a través, no hacia, los textos en una situación retórica dada. En la teoría de Khost no tiene lugar ni la intención del autor, ni la negociación de la recepción textual, ni siquiera, de importancia clave, el sentido del texto. Una affordance será así un acto a través del texto, no sobre el texto. La diferencia entre uso y significación será de importancia capital en su propuesta y dependerá de una importación teórica clave. En un argumento un tanto débil, sobre todo considerando que aparece luego de páginas y páginas defendiendo la teoría de las affordance, cuando se refiere a literatura señala que la diferencia entre “uso” y affordance es mínima. La affordance retendrá, y eso justificaría su importancia, la idea de que se les pueden dar usos no convencionales, ni intencionales, ni conscientes, a los objetos o los textos, que el misreading individual, el uso desviado, es tan productivo como cualquier uso más consensual. La importancia de las affordances literarias es poner en primer plano el modo en que ciertos textos son tan poderosos e íntimos que directamente afectan las experiencias del lector en su vida, sus expectativas, su comportamiento, sus pensamientos, inconsciente e inintencionalmente.

Uno de los intereses más pregnantes de Khost, y lo que nos llevará al meollo de la cuestión, es su intención de diferenciarse de la estética de la recepción. Aunque este movimiento resultaba de importancia por su focalización en el lector, es la objetualización del proceso de interpretación en lo que fallaba para Khost. El descubrimiento del significado está muy lejos de ser el objetivo de esta teoría de las affordances literarias. Para Khost la respuesta nunca es interpretativa, sino encarnada en un sujeto a través del texto, sin referencia central a la significación. La decodificación (de la relación significante) y la respuesta (a los vacíos textuales o interpretativos) ceden lugar analítico frente a hacer cosas no relacionadas con los textos en una situación retóricamente determinada. Wolfgang Iser, David Bleich, Norman Holland y Stanley Fish, serán motivos de distanciamiento, aunque no podemos puntualizarlo aquí, de esta propuesta de las affordances literarias. Ahora bien, lo que sí resulta de interés para nuestra propuesta es su rescate de los trabajos del filósofo pragmatista Richard Rorty. De él rescata la ruptura (por ascendencia metafísica) de toda teoría de la significación (o el significado para ser más estricto) para entender más bien el uso de los enunciados, entre ellos, los enunciados literarios. No existe leer bien, ni siquiera leer más justamente, ambos serían gestos de ocultismo gnoseológico. Leer es como la labor de un ingeniero (pobremente entendida), solo se trata de preguntarse cómo hacer para que esto (el texto) haga lo que quiero que haga. La literatura y la crítica, en este caso, son una labor de “renombramiento”, solo se trata de buscar nuevos vocabularios para las cosas, vocabularios que acarrean un potencial ético-moral. Se trata de un problema de espectro, porque la diferencia entre “conocimiento” y “opinión” está basada en la gradiente de acuerdo intersubjetivo. Se entiende entonces lo antimetafísico, lo fuertemente textualista, lo marcadamente relativista y lo políticamente liberal (el sujeto ideal del filósofo es aquel que reconoce la contingencia de sus propios vocabularios pero que, sin embargo, mantiene lealtad a las instituciones liberales, la democracia liberal, por ejemplo, porque estas permiten “maximizar” la libertad de la “autocreación”) de la propuesta de Rorty.

El discurso filosófico contemporáneo de vanguardia ha virado pronunciadamente desde el giro lingüístico de Rorty, tan característico de la segunda mitad del siglo XX. Para mencionar algunos casos: Karen Barad (2007) propone un tipo de “realismo agencial” que señala que los objetos no son entidades pasivas, sino que surgen de las interacciones mutuas con nuestras formas (a veces inhumanas) de examinarlos; Manuel De Landa (2016) propone la noción de “ensamblaje”, que es geológico, biológico y discursivo, para dar cuenta de que los objetos surgen de procesos dinámicos en los que lo material y lo discursivo están entrelazados. El llamado “nuevo materialismo” de Bennett (2010) propone, a tono con lo anterior, que la materia no es una entidad pasiva o un fondo de la actividad humana, sino que tiene una vitalidad y agencia propia que afecta la relación con los sujetos, donde lo físico, lo biológico, lo psicológico y lo social se encuentran co-individuados. Por último, más famosamente, el realismo especulativo de Meillassoux (2015) –y, en parte, la OOO que comentamos en el apartado anterior– sostiene que debemos salir del “correlacionismo” sujeto-objeto que domina la filosofía desde la modernidad para acceder de forma no relativa a los componentes de la dicotomía, llegando a la postulación absoluta de la facticidad de la contingencia. Se entiende la orientación de nuestra crítica al pragmatista norteamericano: a la luz de estos nuevos aportes, su filosofía aparece como textualista, no materialista, antropocéntrica y correlacionista.

Pero no basta con intentar rebatir la fuente filosófica de Khost para distanciarnos, sino que podemos avanzar en críticas a su proyecto como tal. En primer lugar, la distinción que sostiene su teoría entre “uso” e “interpretación” debe ser fuertemente matizada. En términos simples, no hay uso sin interpretación ni interpretación sin uso. La interpretación es un uso posible (si le cedemos terreno a Khost) para los textos literarios. Por otro lado, casi cualquier uso de un texto literario implica un ejercicio de interpretación, por abierta y flexible que sea la teoría de la interpretación que la sostenga. Un malentendido, como ejemplifica Khost, es una forma productiva de la interpretación, no un uso separable del mismo. No parece productivo separar (ni siquiera analíticamente) las affordances de la interpretación. Ahora bien, Khost mismo señala que la relación entre uso e interpretación es una de solapamiento, pero la fuerza de su argumento se sostiene en la no-identificación. Puede resultar una obviedad, pero la interpretación es uno de los modos posibles de relacionarnos con ese objeto que es la literatura, nada de eso está pasado por alto en nuestra propuesta de las teorías de las affordances literarias.

Otra línea de posible crítica al proyecto de Khost es su marcado subjetivismo. Para ello deberíamos analizar sus estudios de caso de su propuesta. Después de cada capítulo teórico, el autor introduce un intercapítulo en el que pone en acto su teoría. Por ejemplo, en el segundo intercapítulo relata cómo una mala interpretación de un poema de Walter Scott sobrevivió incluso a la corrección comunitaria y se transformó en una herramienta que puso en práctica tanto en su intimidad como en sus relaciones con otras personas. No importa tanto la reconstrucción del argumento sino la forma general: lo que Khost llama “Autotextobiografía”. Se trata de un uso de la literatura donde el autoanálisis y la relación con el mundo se transforman por la intermediación de una affordance de un texto literario. Es eminentemente psico-biográfica, aunque claramente no tienda hacia un individualismo atomista, ya que reconoce todas las fuerzas sociales que atraviesan al individuo. En resumen, una autotextobiografía es un método y un género para investigar las affordances literarias de uno mismo, probablemente de carácter no intencional y semiconsciente o inconsciente, es decir, que es lo que el texto hizo con uno, incluso la participación en una cultura en particular. El subjetivismo resulta patente, por más que se acepten fuerzas sociales superadoras y objetivas. No hay un problema con la práctica en sí, puede resultar incluso valiosa para interesar a no especialistas en los usos de la literatura (como argumenta Khost), sino con la extensión o la generalidad, quedarse en la experiencia individual (aunque atravesada por las fuerzas sociales) y no pasar a usos intersubjetivos o niveles objetuales. La teoría de las affordances, como argumentaremos, tranquilamente puede pensar usos en diferentes niveles de existencia, no solo el personal-biográfico, y por eso es una herramienta de interés general y no solo una curiosidad paracrítica.

La segunda conceptualización que rescatamos resulta mucho más cercana a nuestro uso, un uso más objetivista-realista. Caroline Levine, en su Forms (2015), intenta pensar un nuevo formalismo que no compita con el historicismo imperante sino que lo reconfigure. Es en este marco en que elabora una teoría de las affordances de las formas literarias. Para eso, parte de una definición de forma que compone todas las definiciones influyentes sobre las mismas: la forma será un arreglo de elementos, un ordenamiento, un patrón o una configuración. Pero no se trata de un elemento oscuro y trascendente, sino de una manera de entender procesos estéticos y procesos sociales en un mismo plano. Aquí es donde importa el concepto de affordance, más con la filosofía del diseño que con la psicología ambiental (quizá esto explique por qué rehúye de una recaída en la fenomenología). Las affordances, como venimos caracterizando, describen los potenciales usos y acciones latentes en materiales o diseños. Las affordances permiten pensar una dinámica particular de la forma porque permiten reflexionar tanto en las especificidades como en las generalidades de la forma, sus potenciales y constreñimientos, y cómo estos atraviesan el tiempo y el espacio. Precisamente, aunque cada forma tiene sus propias específicas, todas las formas comparten una affordance: su carácter de ser portables, iterables, repetibles. Aunque ella no lo mencione, hay claramente una ascendencia derrideana en este argumento, cuando el filósofo afirma que ningún texto está sobredeterminado por el contexto y, por su carácter iterable, puede romperlo y componerse con otro. En todo caso, Levine no deja de lado el contexto, ninguna affordance funciona en aislamiento, es siempre parte de un juego de una multiplicidad de formas en conflicto, cooperación, coexistencia, que se caracteriza más por la aleatoriedad que por una causalidad en un sentido fuerte. Aunque la definición de forma pueda sonar un poco abstracta, el punto de concentrarse en las affordances es demostrar que no todo material da lo mismo. La materia impone sus posibilidades y restricciones: la madera produce (de la mano del diseño o la carpintería) estructuras duras y durables, no puede hacer la fluidez de un río. La materia tiene su agencia propia aunque se mantenga cierta asimetría con el sujeto (intencionalidad, responsabilidad).

Ahora bien, rescatadas estas dos posiciones sobre las affordances literarias, y alineados más bien con la segunda propuesta, es momento de repasar las características del concepto. Las affordances no son propiedades del texto, aunque se relacionan con ellas, por ende, su carácter realista. Las affordances son emergentes relacionales entre los atributos del texto y el lector (o la comunidad lectora). En el mismo sentido, las affordances no son funcionalidades del texto, lo que volvería redundante el concepto, porque conservan usos desviados de los textos y permiten el lugar a affordances percibidas pero que el texto no comprende (misreadings). Las affordances no son el resultado de una interacción con el texto, eso sería un uso (y por eso se adecuaría a la propuesta de Khost); pero una affordance mantiene su carácter virtual o potencial. Un uso es una actualización de una affordance, por eso merece la pena, a diferencia de Khost, diferenciar ambos conceptos. Las affordances son relacionales, percibidas (tanto física como reflexivamente) o imaginadas, contextuales (por lo que el historicismo puede jugar un papel en esta teoría), discretas y son, principalmente, potenciales para la acción, como restrictivas para lo mismo. En este sentido, el concepto de affordance permite dilucidar el problema de la neutralidad de los procedimientos literarios. Aunque no sean esa practicidad inmanente con la que comenzamos nuestra indagación, los objetos literarios hacen emerger tanto posibilidades como restricciones, no son un everything goes tal como planteaba Khost. Esto no quiere decir que una forma literaria no pueda tener affordances dispares o incluso contradictorias, el poder de la literatura se juega en esa ambigüedad que aun así no es relativismo constructivista, y el contexto es clave para esa antinomia.

Quizá conviene brevemente entender qué dimensión nueva abren las affordances, demostrándolo en un nuevo clásico de la crítica literaria. Un desierto para la nación de Fermín Rodríguez (2010) analiza y relata cómo el Estado Nacional y su “proyecto civilizatorio” usaron la literatura, en ese momento una instancia cultural central, para borrar las huellas de vida de la pampa y construirlas más bien como un desierto, digno de ser conquistado y poblado. Pero el punto que nosotros traemos a colación es que no usó cualquier literatura, sino aquella en que se produjeran affordances que permitieran tal objetivo. La “desertificabilidad de un espacio”, como la “incitabilidad demo-etnográfica de ocupación”, para usar los neologismos que permite nuestro concepto, eran elementos de la relación entre ciertos objetos literarios, con sus atributos singulares, y las instituciones que los vectorizaron. Es verdad que Rodríguez se mueve en el terreno del uso, pero tiene que suponer, si se acepta nuestra teoría, el carácter potencial que tenían esos textos en ese determinado contexto. Podemos imaginar un lector decimonónico ideal que podría atar esas huellas entre textos literarios, relatos de viajes e informes topográficos, y señalar la virtualidad esperando ser actualizada del “proyecto civilizatorio”. Las affordances, así, aun basadas en una relacionabilidad materialistas, comportan un carácter tanto descriptivo como predictivo. El Estado Nacional actualizó así las affordances de su relación con retazos textuales que recorrían irregularmente la naciente sociedad argentina. Lejos de un constructivismo radical que plantearía la tabula rasa de los objetos, este análisis demuestra un gesto de apropiación realista (en el sentido filosófico y no figurativo del término). Esa literatura (la “escritura del vacío”) y no otra será la protagonista de esta andanada “épica”. Resta en este momento una pregunta, para nuestra teoría, sobre las restricciones (y posibilidades) que impone la serialización y el recorte de objeto sobre nuestras hipótesis como críticos. Pero el punto de interés de las affordances fue localizado.

Conclusión: una nueva vuelta sobre la enumeración caótica

La teoría de las affordances permite moverse en un lugar gnoseológico a la vez contrastable, virtual, material y real. Se yuxtapone, por momentos, con el dominio de una pragmática de la literatura. Pero es precisamente la importación de un nuevo concepto la que permite ampliar el campo de interrogación. La pensamos como una continuación de nuestro intento de considerar la literatura desde su entrecruzamiento con categorías de la filosofía de la técnica (Mosquera, 2020). Tanto los trabajos de Caroline Levine como los de Peter Khost, aun con algunas diferencias, nos sirvieron de anclaje teórico-crítico para delinear una teoría que mantuviera una saludable distancia con su uso técnico original (en la psicología ambiental), pero que recuperara sus inducciones. En este sentido, aunque resulte una perogrullada, la filología todavía tiene un interés central en el análisis de la literatura, pero con la recomendación que se abra hacia otras disciplinas que le permitan recortar el objeto de una manera expandida.

Se entiende ahora por qué comparábamos los trabajos de Spitzer y los de la OOO al principio del artículo. No solo porque nos permitió argumentar en contra de la hipótesis de la neutralidad de los procedimientos literarios, sino porque nos ayuda a pensar qué affordances específicas podemos atribuirle a la enumeración caótica. En este sentido, es la descripción de la OOO la que caracteriza de manera eficaz nuestra teoría. Si desde lo semiótico podemos hablar de la yuxtaposición de heterogéneos en la linealidad de las letras, si desde lo cultural podemos pensar en el ritual del conquistador (trascendente o no, resulta indiferente), desde lo técnico, junto con la OOO, podemos hablar de una affordance, entre otras, que apunta a la “aplanabilidad del mundo”. Se trata de un problema para proyectar si, en su interacción con los otros niveles, se pueda reestablecer cierta jerarquía (prototípicamente, dios con su creación en la letanía religiosa, la posición gnoseológica-etnocéntrica del conquistador). La enumeración caótica puede permitir la actualización de la horizontalidad ontológica de los objetos, su democracia como decían tanto Spitzer como la OOO. Quizá eso sea lo que espanta también a Borges, la indiferencia óntica del infinito mundo. Curiosamente, un everything goes “a la” Khost. El afinamiento de la teoría y la práctica de las affordances todavía está en su infancia. Pero su desplegamiento sugiere nuevos vocabularios y nuevas asociaciones interdisciplinares. Y en eso se juega nuestra práctica.

Referencias bibliográficas

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*Mariano Ernesto Mosquera es Doctor en Literatura por la Universidad de Buenos Aires (UBA). En el momento se encuentra transitando una beca posdoctoral cofinanciada entre la Universidad Nacional de Hurlingham (UNAHUR) y el Consejo Nacional de Investigaciones Técnicas y Científicas (CONICET). Su investigación actual versa sobre las concepciones de literatura en la era digital, en particular, la intermedialidad, sobre la que publicó variados artículos teóricos y críticos en diversas revistas especializadas. Su principal actividad docente es como parte del plantel de la Maestría en Humanidades Aumentadas en la Universidad Nacional de Rosario (UNR).


  1. El idealismo de Spitzer fue rastreado hasta la influencia en su temprana obra por el filósofo Benedetto Croce (Bentivegna, 2021). Pero no se trata estrictamente de un idealismo filosófico, sobre todo teniendo en cuenta sus giros argumentales posteriores. De lo que se trata es de un idealismo lingüístico-discursivo, basado en la necesidad de colocar en el centro la intención del autor.↩︎