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https://doi.org/10.30972/clt.299342

CLRELyL 29 (2026). ISSN 2684-0499


AFECTO Y CRUELDAD: BIENESTAR ANIMAL Y BIOPOLÍTICA DE LA MATERNIDAD EN LA PERRA DE PILAR QUINTANA

Affection and cruelty: animal welfare and the biopolitics of motherhood in La perra by Pilar Quintana

Víctor García Vázquez*

Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

victor.garciav@correo.buap.mx

Recibido: 24/10/2025 - Aceptado: 13/03/2026

Resumen

Este artículo analiza la novela La perra (2017) de Pilar Quintana desde el enfoque del bienestar animal en diálogo con perspectivas biopolíticas y estudios críticos sobre maternidad y afectos. Se sostiene que la relación entre Damaris y Chirli no solo representa una proyección emocional derivada del deseo frustrado de maternidad, sino que expone un régimen de administración de la vida donde la animalidad se convierte en espacio de disputa ética y política. A partir del diálogo con estudios ecocríticos, de devenir animal y de la estética de la (in)felicidad, se propone que el asesinato de Chirli constituye un acto de soberanía doméstica que revela la precarización diferencial de las vidas interespecie. El artículo plantea que el bienestar animal permite interrogar los dispositivos afectivos y normativos que determinan qué vidas son dignas de cuidado y cuáles pueden volverse sacrificables.

Palabras clave: bienestar animal; biopolítica de la maternidad; animalidad; ética interespecie; literatura colombiana contemporánea

Abstract

This article analyzes the novel La perra (2017) by Pilar Quintana from the perspective of animal welfare in dialogue with biopolitical perspectives and critical studies on motherhood and affect. It is argued that the relationship between Damaris and Chirli not only represents an emotional projection derived from the frustrated desire for motherhood, but also exposes a regime of life management where animality becomes a space of ethical and political dispute. Through the dialogue with ecocritical studies, animal becoming, and the aesthetics of (un)happiness, it is proposed that Chirli's killing constitutes an act of domestic sovereignty that reveals the differential precariousness of interspecies lives. The article suggests that animal welfare allows questioning the affective and normative devices that determine which lives are worthy of care and which may become expendable.

Keywords: animal welfare; biopolitics of motherhood; animality; interspecies ethics; contemporary Colombian literature

Afecto y crueldad: bienestar animal y biopolítica de la maternidad en La perra de Pilar Quintana

Introducción

La narrativa hispanoamericana ha representado a lo largo de la historia a los animales, en particular a los domésticos, como parte esencial del horizonte afectivo, funcional y simbólico de las sociedades humanas. Ya sea como acompañantes leales o como víctimas de maltrato y de abandono, los perros protagonizan relatos literarios donde se pueden observar profundos vínculos de afecto, así como situaciones de dominio y de maltrato. No obstante, es poco frecuente que se hayan leído esas representaciones desde el enfoque del bienestar animal, que permita la reflexión sobre lo que los animales significan para los humanos y cómo son tratados, comprendidos y considerados como sujetos con intereses propios: seres sintientes que manifiestan entendimiento, emociones, toman sus propias decisiones y buscan su propio florecimiento.

Si bien es común encontrar estudios sobre la representación y simbolismo de los animales en la literatura clásica, las fábulas y la literatura didáctica, en la literatura contemporánea, estos estudios no han sido muy frecuentes, a pesar de que en la narrativa cada vez los animales de compañía adquieren un papel protagónico, por lo que consideramos necesario abordar el tema desde un enfoque transdisciplinario que aborde la literatura desde el tema del bienestar animal, los derechos que se les han otorgado, el estatus filosófico que han adquirido y la nueva educación de los humanos en el trato con ellos.

Para centrarnos en una obra hemos seleccionado la novela La perra (2017) de Pilar Quintana, que ofrece una oportunidad especialmente prolija para analizar la complejidad de los vínculos entre humanos y animales en una sociedad marcada por el empobrecimiento, la marginación, la subalternidad y la pobreza afectiva. A partir de esta obra, pero también estableciendo un diálogo con otras novelas latinoamericanas, es posible explorar cómo el perro, más que un símbolo, puede ser leído como un sujeto ético, cuya experiencia merece atención literaria, filosófica y jurídica.

En la novela Los perros hambrientos (1939), Ciro Alegría muestra, en un contexto andino de marginación, pobreza extrema, desolación y falta de oportunidades la vida de una familia y sus perros, que juntos padecen el hambre y el abandono. Los perros no sólo se muestran en la total inanición y sufrimiento, sino que se convierten en un reflejo de los personajes humanos, de tal manera que hay una relación empática que se expresa como un desdoblamiento del drama generado por la escasez y la sequía. José Donoso, en El lugar sin límites (2017), muestra cómo la violencia hacia los perros es una expresión que se puede leer como una metáfora del poder, una expresión de dominio que tiene su correspondencia en relación con las personas.

Respecto al perro como narrador, existe una larga tradición en la literatura escrita en español, desde Coloquio de los perros de Miguel de Cervantes Saavedra, hasta Faycán, memorias de un perro vagabundo (2007) de Víctor Doreste y Cecil de Manuel Mujica Laynez; si bien se trata de obras donde el perro se emplea para narrar la historia, la perspectiva sigue siendo humana.

A este respecto, Alejandro Lámbarry ha escrito un texto fundamental: El otro radical. La voz animal en la literatura hispanoamericana (2015), estudio que permite comprender la estrategia literaria de narrar desde la visión de animales.

De la liberación al florecimiento animal

A pesar de la convivencia milenaria, el enfoque de bienestar animal es una herramienta relativamente reciente que considera a los animales como seres sintientes con capacidad de tener sufrimiento físico y emocional, por tanto, se centra en su salud física, mental y emocional en relación con su ambiente, con la capacidad de satisfacer sus necesidades básicas, con la comunidad que forman con los humanos, con otras especies y con la libertad de tener sus comportamientos naturales.

Ya desde 1975, Peter Singer en La liberación animal sostenía que el sufrimiento y el maltrato animal deben ser considerados iguales que el sufrimiento humano. Su arenga contra el especismo, la discriminación por la especie, apela a la ética y la compasión humana, pero también reconociendo las sustanciales diferencias: “El principio básico de la igualdad no exige un tratamiento igual o idéntico, sino una misma consideración. Considerar de la misma manera a seres diferentes puede llevar a diferentes tratamientos y diferentes derechos” (Singer, 2018, p. 12). Comprender al otro es iniciar el camino hacia la compasión.

Los seres más evolucionados deben buscar siempre evitar el dolor y sufrimiento de los demás, porque además de ser un rasgo de superioridad, sería una forma de nivelar el valor de la vida, no sólo de los otros sino la del mismo humano. A este respecto apunta Singer:

Los sistemas nerviosos de los animales evolucionaron como el nuestro y, de hecho, la historia evolutiva de los humanos y otros animales, especialmente los mamíferos, no se diferenció hasta después de que apareciesen los rasgos centrales de nuestros sistemas nerviosos. Obviamente, la capacidad de sentir dolor aumenta las probabilidades de supervivencia de la especie, ya que hace que sus miembros eviten las fuentes del daño. (Singer, 2018, p. 17)

En un mundo que a lo largo de la historia ha buscado la igualdad, la inclusión y la nivelación es indispensable que se comprenda a los animales como seres sintientes que deben vivir libres del hambre, del dolor, de la enfermedad, del miedo y de toda opresión que atente contra su naturaleza. Hemos adquirido, de acuerdo con Martha Nussbaum (2023), desde hace mucho tiempo, una deuda ética con los animales y ahora debemos sentirnos obligados a escuchar los argumentos científicos y filosóficos que abogan por su cuidado. Un cambio de actitud que no se quede solo en la conciencia, sino que aporte al bienestar y autonomía de los animales, porque si bien la cacería, la crianza y la doma son hábitos históricos que los han dañado, ahora también la enorme cantidad de contaminación que generamos y la explotación y depredación de sus hábitats los hace aún más vulnerables.

Martha Nussbaum desarrolla el enfoque de las capacidades, en el que propone que los animales tienen derecho a tener una vida de acuerdo con su naturaleza, en la que tengan libertad de movimiento, interacción social, el juego y pleno desarrollo emocional. La perspectiva de la autora de Justicia para los animales: una responsabilidad colectiva permite analizar si en los textos literarios los animales pueden o no desplegar una vida “digna de su especie”:

Los humanos pensamos que el hecho de encontrarnos aquí nos da derecho a usar el planeta para sustentarnos y para repartírnoslo como nuestra propiedad. Pero negamos a otros animales ese mismo derecho, aun cuando su situación en ese sentido sea exactamente la misma que la nuestra. También ellos se encuentran aquí sin haberlo pedido y tienen que tratar de vivir del mejor modo que puedan. (Nussbaum, 2023, p. 28)

El concepto de justicia compasiva que establece la autora es tan novedoso como polémico, porque se opone no sólo a las visiones utilitaristas sino también especistas sobre los animales, de tal manera que anula las diferencias entre los animales humanos y no humanos, en el hecho de que todos en el planeta tierra tenemos el mismo derecho a florecer.

En el mismo sentido, Donna Haraway, en su Manifiesto de las especies de compañía: Perros, gentes y otredad significativa (2017) reivindica la obligación y necesidad de una ética de la convivencia interespecie basada en el respeto y la co-evolución. Su noción de “compañeros de especie” orilla a reflexionar los vínculos humano-animal no como jerárquicos, sino como relaciones complejas y negociadas. Respecto a los perros, nos dice:

… los perros no son nosotros mismos. De hecho, esa es la belleza de los perros. No son una proyección, ni la realización de una intención, ni el telos de nada. Son perros; es decir, una especie con una relación obligatoria, constitutiva, histórica y proteica con los seres humanos. La relación no es especialmente agradable: está plagada de excrementos, crueldad, indiferencia, ignorancia y pérdida, pero también de alegría, creatividad, trabajo, inteligencia y juego. (Haraway, 2017, p. 17)

La autora se deslinda de la visión antropomórfica que se les otorga frecuentemente a los animales de compañía, pero reivindicando la relación horizontal y trato justo que debe prevalecer sobre ellos. Se debe dejar atrás la idea de que los perros son objetos que nos acompañan, escuchan pasivamente o nos transmiten mensajes que tomamos con deliberada abstracción y pasar a una actitud en que se establezca un diálogo horizontal, de una a uno, y aceptemos y nos conectemos con su otredad (Haraway, 2017, p. 244). Su postura nos obliga a asumir que la mejor forma de mostrarnos civilizados es aceptar nuestra igualdad de condiciones con los animales.

Por su parte, Erica Fudge cuestiona la representación literaria como un desdoblamiento o un reflejo de lo humano. Considera que la creación literaria permite la conversación entre especies para restablecer los vínculos entre el ser humano y las especies domésticas (2014). Las mascotas son sometidas a un proceso de antropomorfismo en los hogares, porque se les colocan nombres humanos, se les alimenta de manera muy semejante a nosotros y frecuentemente sirven para llenar vacíos dejados por las personas. Sin embargo, esto abre la posibilidad de: “presentar la relación ser humano-animal doméstico como algo falso” (Fudge, 2014, p. 36). Este simulacro de afectos puede cambiar si lo que aprendemos es a “contemplar al animal” y darle el estatus ontológico y afectivo que realmente le corresponde. Algunas de estas características se pueden apreciar muy bien en la narrativa hispanoamericana y particularmente en la novela La perra.

En el ámbito latinoamericano uno de los aportes más importantes al tema de la animalidad y la ficción lo ha hecho Gabriel Giorgi con su libro Formas comunes. Animalidad, cultura, biopolítica (2014). El crítico argentino sostiene que, a partir de la segunda mitad del siglo XX, la distinción entre humano y animal se vuelve precaria y el cuerpo del animal entra en un continuum orgánico, afectivo y político. Uno de los conceptos interesantes es que la biopolítica es un dispositivo que no sólo categoriza a humanos sino también a animales, porque se distingue qué vidas deben protegerse y cuáles quedan desatendidas en el orden social:

La vida animal empezará, de modos cada vez más insistentes, a irrumpir en el interior de las casas, las cárceles, las ciudades; los espacios de la política y de lo político verán emerger en su interior una vida animal para la cual no tienen nombre (Giorgi, 2014, p. 11)

Su estudio resulta muy interesante y necesario porque se aplica a un corpus diverso de novelas latinoamericanas donde la animalidad, la cultura y lo biopolítico convergen de tal manera que lo humano se animaliza y el animal se humaniza. Su reflexión nos ayuda a comprender mejor la novela La perra, porque nos descubre una nueva proximidad entre humanos y animales, en la que lo animal irrumpe y reconfigura espacios usualmente asignados a la experiencia humana.

Este conjunto de perspectivas no solo redefine el estatuto moral del animal, sino que permite leer, en la novela de Pilar Quintana, el vínculo entre el animal y el humano como un escenario donde se disputa la administración afectiva de la vida. En este sentido, el bienestar animal no es un mero criterio ético, sino una categoría interpretativa capaz de revelar la dimensión biopolítica del vínculo. Son diversas las áreas del conocimiento que nos proporcionan herramientas para comprender el estatus ontológico que ahora tienen los animales, particularmente los de compañía, y el texto literario nos permite una comprensión global de esta relación de afecto y dominación.

Análisis literario de La perra de Pilar Quintana

La novela de la escritora colombiana narra una historia que se desarrolla en un pueblo costero del Pacífico, pleno de paisajes bellos e inusitados y, al mismo tiempo, desgarrado por una marcada desigualdad social. Es un auténtico paraíso marítimo del que para los lugareños es difícil salir o trasladarse, pero que periódicamente es abarrotado por turistas que sólo llegan a dejar basura y depredar el ambiente. Cuando es temporada baja, la soledad se apodera de los personajes confinados a ese paraíso del que tampoco quieren salir.

Los protagonistas, Damaris y Rogelio, viven como cuidadores en una casa de gente rica que la ocupa como lugar de descanso, pero prácticamente no llegan al lugar. Eso aumenta el contraste entre los personajes cuidadores y el ambiente, porque tienen que vivir al día de la pesca y de la limpieza del hogar. Son pareja desde hace muchos años, pero no han podido tener hijos. Esta circunstancia genera en Damaris frustración, porque a pesar de buscar por varios métodos, no logran concebir. El esposo, un tanto indiferente a la paternidad, la apoya en las diversas búsquedas para lograr el objetivo, pero no lo consiguen. Una mujer que no quiere o no puede ejercer la maternidad no encaja del todo en una sociedad donde se la relega a su función reproductiva. Cobran sentido en este contexto las preguntas que se hace Lina Meruane en su ensayo Contra los hijos: “¿No nos habíamos liberado, las mujeres, de la condena o de la cadena de los hijos? ¿No habíamos dejado de procrear con tanto ahínco?” (Meruane, 2014, p.15). Aunque la dinámica social y familiar de Damaris está muy bien definida y no parece faltarles nada, la infertilidad le pesa como una prisión de la que quiere liberarse. No tanto porque el hijo venga a fortalecer el afecto entre ella y su esposo, sino porque viene a cubrir el vacío que abren los otros.

Un día que Damaris pasó al lado de la casa de su vecina Elodia, vio que intentaba darles de comer a una decena de cachorros de seis días de nacidos, porque su madre había muerto por envenenamiento. Damaris, conmovida por la actitud de la vecina que intentaba ayudar a la camada, decide impulsivamente llevarse un cachorrito hembra, porque son las que menos quieren adoptar las personas. A partir de este momento el relato nos permite delimitar la relación de las mascotas con el humano y analizar los conceptos que hemos enunciado líneas arriba. El primer gesto de compasión lo encontramos en la actitud de la protagonista, por intermediación del narrador, cuando se entera de la muerte de la perra:

Muchos perros del pueblo morían envenenados. Alguna gente decía que los mataban aposta, pero Damaris no podía creer que hubiera personas capaces de hacer algo así y pensaba que los perros se comían por error las carnadas con veneno que dejaban para las ratas o a las ratas que estando envenenadas eran fáciles de cazar. (Quintana, 2017, p. 9)

El acto de matar a un animal, que apenas había tenido sus cachorritos, demuestra la maldad y la falta de límites para ejercer dolor sobre las criaturas. Por tanto, la responsabilidad humana es alejar a los animales de ese riesgo porque somos responsables de las injusticias y los horrores que sufren los animales todos los días (Nussbaum, 2023). Damaris se muestra como un sujeto ético respecto a la violencia hacia los animales porque por su focalización sabemos que, aunque Rogelio criaba a los perros “era solamente para que ladraran y cuidaran la propiedad” (Quintana, 2017, p. 12). En la cabaña tiene tres perros: Danger, Oliva y Mosco, este último recibió el nombre porque llegó con la cola agusanada donde ya estaban reventando las larvas y Rogelio le quita la cola de un machetazo, recibiendo la condena de su esposa. Él argumentó que lo había hecho para detener la infección, pero “ella siempre creyó que lo había disfrutado” (p. 13). La esposa descalifica la forma en que el varón trata a las mascotas y se puede entender una antropomorfización del animal, porque ella también se asume como víctima de la violencia de su esposo.

El anhelo de protección y al mismo tiempo el deseo de la maternidad, llevan a la protagonista a humanizar a la mascota: “Como no tenía dónde meter a la perra, se la puso contra el pecho. Le cabía en las manos, olía a leche y le hacía sentir unas ganas muy grandes de abrazarla fuerte y llorar” (Quintana, 2017, p. 13). En las noches de tormenta la protagonista no sólo proyecta en el animal sus sentimientos, sino que se funde en la misma existencia para que la perra no sintiera temor: “sintiéndose diminuta, más pequeña y menos importante en el mundo que un grano de la arena del mar, hasta que la perra dejaba de chillar” (p. 17). El afecto se muestra tan profundo y singular que la perra lleva el nombre que Damaris siempre quiso ponerle a la hija que nunca pudo tener: “Chirli”. A decir de García, Ospina y Hernández: “Damaris materializa sus deseos en la perra, lo que permite vislumbrar, con mayor crueldad y sensibilidad, las luchas internas de ella misma como mujer, madre no concebida y mujer que deviene animal” (García et al., 2025, p. 26). Esto genera críticas de sus parientes que descalifican y hacen mofa del afecto que la protagonista muestra con el animal. Sin embargo, la mujer está decidida a querer y proteger a su cachorrita contra todas las adversidades que se le presenten, pero sobre todo se propone defender un afecto en que el humano y el animal hacen comunidad o en palabras de Florencia Garramuño (2012) esa región compartida donde se da el pliegue de lo animal-humano.

Diversas lecturas han subrayado la maternidad frustrada de Damaris. Leonardo Loayza (2020) sostiene que la novela evidencia la presión de los mandatos sociales de la maternidad y cómo la infertilidad sitúa a Damaris en un margen simbólico que deriva en violencia. Vanegas Vásquez (2020), por su parte, interpreta la obra como una pesadilla de la felicidad, donde el ideal materno fracturado conduce al deterioro afectivo de la protagonista. No obstante, ambas aproximaciones privilegian la dimensión subjetiva y sociocultural del conflicto, dejando en segundo plano la condición específica de la vida del animal como vida administrada dentro de esa estructura afectiva. Este estudio propone desplazar ese eje; la tragedia no radica únicamente en la frustración materna, sino en la conversión de la vida del animal donde se decide qué vidas merecen protección y cuáles son sacrificables.

Al principio la relación de la protagonista con la perra es de afecto y protección, la protagonista espera lealtad y sumisión, y reacciona con evidente frustración ante la autonomía del animal. La gradualidad del personaje humano se da en la medida en que va perdiendo control del animal. Cuando es cachorrita, le brinda un cariño y protección enmarcada por el llanto que genera el desamparo, el odio del mundo y el riesgo permanente que las rodea. Chirli, en cambio, en cuanto se sabe capaz de descubrir el mundo por sí misma, reclama esa libertad para atravesar el monte y conocer otras poblaciones donde establece vínculo con otros perros, lo que genera sufrimiento, arrepentimiento y odio en su dueña.

La maternidad frustrada de Damaris constituye un eje central en la novela y representa el núcleo de su deterioro afectivo (Vanegas Vásquez, 2020). Esta interpretación resulta iluminadora en tanto evidencia la dimensión melancólica del deseo insatisfecho; sin embargo, limitar el conflicto a la esfera subjetiva invisibiliza la redistribución interespecie del cuidado que el texto pone en escena. Más que un drama íntimo, la relación con Chirli permite observar cómo el afecto opera como dispositivo que administra la vida.

Desde la perspectiva de Nussbaum, debido a los atavismos de su dueña, la perra no puede ejercer su libertad ni desarrollar sus capacidades: es atada, castigada, encerrada y finalmente abandonada. La novela muestra cómo una relación aparentemente amorosa puede ocultar formas de violencia simbólica y material hacia el animal. Si se aplica el enfoque de las capacidades, puede advertirse que Chirli ve restringidas las condiciones fundamentales de su florecimiento: su capacidad de movimiento se limita mediante el encierro; su capacidad de afiliación se fractura al negarle la exploración de otros lugares y la relación con otros perros; su capacidad reproductiva es sancionada cuando su gestación se convierte en motivo de rechazo y su integridad corporal queda vulnerada en el abandono y el asesinato. La novela demuestra que el afecto no garantiza justicia cuando no reconoce la autonomía de otro ser sintiente.

La pregunta que se plantea Derrida en El animal que luego estoy si(gui)endo, (2008) respecto a ¿qué significa estar con el animal o qué buscamos con su compañía? Se responde con claridad en la relación entre Damaris y Chirli, porque el humano muestra que no le preocupa que el animal llegue a ser, ni florecer, sino que sea sólo en relación con el humano. No es una perra sino SU perra, su doble sometido, por eso cuando el animal encuentra el camino para llegar a ser, deviene la monstruosidad del animal humano.

La perra no responde a las expectativas de Damaris: se escapa, se reproduce, actúa por instinto. Esto activa una respuesta punitiva que termina en el abandono definitivo del animal en condiciones extremas. De acuerdo con Peter Singer, este sufrimiento innecesario es moralmente condenable; y según Donna Haraway, se trata de un fracaso en la ética de la convivencia interespecie.

Mientras la perra se muestra indefensa y dependiente de su cuidado, la protagonista expresa un amor que raya en lo enfermizo y una defensa aguerrida de las críticas y burlas de los otros que tratan de opinar o descalificar ese vínculo afectivo, porque se humaniza a la mascota al convertirlo en un “animal hombre”. Al principio, Damaris muestra que los animales sufren no por su propia naturaleza sino por las injusticias cometidas por los humanos. Comprende también que las travesuras o daños que causan es una reacción a una actitud violenta hacia ellos y muestra compasión frente a esta circunstancia, porque cuando la perra rompió unas prendas íntimas tendidas al sol, ella le promete no volver a bañarla porque reconoce que esa es la causa de su enojo. Ella misma ha experimentado la pérdida, la violencia, la marginación y la soledad, por eso busca darle un sentido distinto a esa relación. A decir de Erica Fudge, convivir con una mascota requiere no sólo la comprensión de su significación externa sino el sentido del ser interior del animal (2014, p. 60). En términos biopolíticos, esta conversión de la perra en animal humano puede entenderse como la inscripción de su cuerpo en un régimen afectivo que redefine lo visible, en el sentido que propone Giorgi (2014), cuando señala que la animalidad desestabiliza la forma misma de lo humano.

El “antropomorfismo animal” del que habla Fudge se revela inestable en la relación entre Damaris y Chirli. La protagonista ama a la perra mientras esta cumple sus expectativas: depende enteramente de ella, le permite proyectar una maternidad compensatoria y llena el vacío afectivo producido por los mandatos sociales. Sin embargo, cuando el animal se interna en el monte, explora otros espacios, queda preñada y rehúsa alimentar a sus cachorros, la benevolencia inicial se transforma en frustración y rechazo. Damaris primero sufre la ausencia de la perra y luego la expulsa de la cabaña hasta terminar regalándola en un gesto desesperado.

En este sentido, puede leerse el vínculo como una forma extrema de lo que Donna Haraway denomina “demanda de parentesco”: la perra es asumida como la hija que nunca tuvo, el ser sintiente que legitima una identidad materna. No obstante, ese parentesco no reconoce la alteridad del animal. Se quiere a la perra como proyección afectiva, pero no se acepta su autonomía. Desde la perspectiva de Nussbaum, el problema no radica en el cuidado mismo, sino en la negación del florecimiento del otro ser: la libertad de movimiento, exploración y reproducción que Chirli busca ejercer resulta intolerable para su dueña. Lo que emerge entonces no es un afecto desinteresado, sino una necesidad de control que subordina la vida animal a expectativas humanas. Esta tensión entre cuidado y control ha sido advertida por lecturas centradas en la maternidad frustrada; sin embargo, aquí se propone entenderla como negación del florecimiento interespecie.

Al final de la historia, Damaris pierde progresivamente la razón cuando la perra deja de ajustarse al modelo de maternidad que ella había proyectado sobre el vínculo. El deseo de filiación –más que el simple afecto– organiza su relación con Chirli: la perra es asumida como hija sustituta, como compensación ante la imposibilidad de gestar y sostener una maternidad biológica. Sin embargo, esa maternidad es condicional. Mientras el animal depende de ella, la confirma como madre; cuando adquiere autonomía, queda preñada y rehúsa alimentar a sus cachorros, el modelo afectivo se resquebraja. En este punto, la maternidad debe comprenderse no sólo como deseo afectivo, sino como tecnología de regulación del cuerpo femenino. Desde una perspectiva biopolítica, la maternidad opera como dispositivo normativo que otorga legitimidad y reconocimiento social: el cuerpo de la mujer adquiere valor en tanto reproductivo. La imposibilidad de gestar sitúa a Damaris en una posición de exclusión simbólica. La adopción de la perra no constituye únicamente un acto compasivo, sino el desplazamiento del mandato reproductivo hacia el cuerpo animal.

La frase “Esta había sido su perra…” (Quintana, 2017, p. 108-109) condensa esa apropiación: la insistencia en el “había sido” marca el tránsito de posesión a pérdida. El recrudecimiento del vínculo no ocurre de manera súbita, sino gradual: del cuidado excesivo se pasa a la vigilancia, de la vigilancia al reproche y del reproche a la expulsión. El asesinato final no puede entenderse únicamente como desbordamiento emocional, sino como culminación de una maternidad frustrada que no tolera la alteridad. Cuando la perra ejerce su propio florecimiento –movimiento, reproducción, exploración– el sujeto humano se enfrenta a la imposibilidad de controlar esa vida.

En este punto la novela invierte los términos: el animal, que había sido humanizado como “animal hombre”, mantiene su lealtad y coherencia afectiva, mientras la protagonista, incapaz de aceptar la autonomía del otro, se animaliza en su reacción violenta. La escena final abre así la pregunta central del bienestar animal: ¿es posible amar a un ser sintiente sin subordinar su vida a nuestras expectativas? La tragedia no radica sólo en la muerte del animal, sino en la revelación de que el afecto, cuando se articula desde la posesión, deviene en un dominio inmoral donde sólo importa el orgullo personal y no la vida del otro.

La crueldad es un lugar sin límites

Pilar Quintana construye en La perra un espacio narrativo donde el afecto y la crueldad no se oponen, sino que se entrelazan. El entorno del acantilado, cercano a Buenaventura pero percibido como margen del mundo, intensifica la sensación de precariedad que atraviesa tanto a los humanos como a los animales. En este escenario, la maternidad frustrada de Damaris no es sólo un drama íntimo, sino el eje que organiza la relación interespecie.

Como ha señalado Richard Leonardo-Loayza (2020), la adopción de Chirli materializa el deseo pospuesto de ser madre; la perra se convierte en hija sustituta. Esta lectura ilumina la dimensión afectiva del vínculo, pero si se atiende al desarrollo de la trama, se advierte que esa maternidad es condicional. Mientras el animal depende de ella, la confirma como madre; cuando ejerce su autonomía –se interna en el monte, queda preñada, rehúsa alimentar a sus cachorros– el vínculo se recrudece. La autonomía del animal desestabiliza el orden emocional de la protagonista y revela el carácter instrumental de su cuidado.

Esta tensión puede comprenderse mejor si se la sitúa en el marco de lo que Gabriel Giorgi (2014) denomina la inscripción de la animalidad en un continuum material y político que desestabiliza las fronteras entre vida protegida y vida abandonable. La relación entre Damaris y Chirli no es sólo proyección afectiva; es un umbral donde se decide qué tipo de vida merece sostenerse. Cuando la perra deja de encarnar la promesa de maternidad, su vida se vuelve sacrificable.

En este punto, la novela no sólo dramatiza la frustración individual, como han subrayado lecturas centradas en la melancolía y el territorio (Cabrera, Rincón y Julio, 2022), sino que exhibe la redistribución ética de lo viviente. La humanización inicial del animal –convertido en “animal hombre”– da paso a una inversión: el animal mantiene coherencia afectiva, mientras la protagonista, incapaz de aceptar la alteridad, deriva hacia la violencia. El asesinato final no constituye únicamente un arrebato psicológico, sino la culminación de una forma de soberanía doméstica donde el poder de decidir sobre la vida del otro se ejerce en nombre del afecto.

La inversión final resulta decisiva: mientras el animal mantiene coherencia con su naturaleza, porque explora y se reproduce, la protagonista traspasa el límite ético que define lo humano. La humanización inicial de la perra no la dignifica, sino que la vuelve más vulnerable al quedar sujeta a expectativas identitarias; en cambio, la animalización del humano no implica retorno a lo instintivo, sino pérdida de la contención moral. La frontera humano-animal se revela en este sentido como frontera ética determinada por la capacidad de reconocer la alteridad.

Desde la perspectiva del bienestar animal y del florecimiento propuesto por Nussbaum, la tragedia no radica sólo en la muerte de Chirli, sino en la imposibilidad de reconocer su autonomía como condición de cuidado. Amar al animal por lo que proyecta del sujeto humano implica negarle su propia forma de vida. Así, la novela muestra que la crueldad no surge de la ausencia de afecto, sino de su transformación en dominio cuando la alteridad resulta intolerable.

Conclusiones

La lectura de La perra desde el enfoque del bienestar animal permite desplazar la interpretación de la novela más allá del drama íntimo de la maternidad frustrada y situarla en el terreno de la relación interespecie como problema ético y político. A lo largo del análisis se ha mostrado que el vínculo entre Damaris y Chirli no constituye únicamente una proyección afectiva compensatoria, sino un espacio donde se negocia el valor de la vida animal. La maternidad proyectada sobre la perra funciona como dispositivo normativo: mientras el animal confirma la identidad materna de la protagonista, el cuidado se sostiene; cuando ejerce su autonomía, el vínculo se recrudece hasta desembocar en la violencia.

El asesinato de Chirli no puede leerse sólo como desbordamiento emocional o locura individual. Constituye la culminación de una forma de soberanía doméstica que administra la vida animal en función de expectativas afectivas y reproductivas. En este sentido, la novela dialoga con una tradición crítica que ha enfatizado la melancolía y la fractura subjetiva, pero amplía el campo de indagación hacia la redistribución ética de lo viviente: el problema no es únicamente la frustración humana, sino la condición sacrificable de la vida animal cuando deja de ser funcional al deseo.

Desde la perspectiva del bienestar animal y del florecimiento, el texto literario evidencia que amar al animal por lo que proyecta del sujeto humano implica negarle su alteridad. La humanización inicial de Chirli deviene, paradójicamente, en su vulnerabilidad extrema. Así, la novela no sólo expone la precariedad emocional de sus personajes, sino también la fragilidad política de las vidas no humanas en contextos de marginalidad y dominio.

En este sentido, La perra invita a repensar críticamente la noción misma de cuidado. Si el afecto no reconoce la autonomía del otro ser sintiente, se convierte en una forma de control que puede derivar en crueldad. La pregunta que deja abierta la novela no es únicamente cómo los animales acompañan la soledad humana, sino qué riesgos enfrentan cuando su existencia queda subordinada a las frustraciones, expectativas y límites de quienes ejercen poder sobre sus vidas.

En suma, la novela no sólo problematiza la maternidad frustrada, sino que evidencia cómo el afecto puede convertirse en dispositivo de control cuando se somete a expectativas normativas. La muerte de Chirli no es únicamente el desenlace trágico de una relación deteriorada, sino la manifestación de una lógica biopolítica que administra la vida según criterios de utilidad simbólica y reproductiva. Desde esta perspectiva, el enfoque del bienestar animal amplía el análisis literario al mostrar cómo la violencia interespecie no es accidental, sino estructural, inscrita en una economía afectiva que regula el valor de lo viviente.

Referencias bibliográficas

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*Víctor García Vázquez es Doctor en Literatura Hispanoamericana por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1. Ha publicado Mujer de niebla (Premio Nacional de Ensayo, 2001), Raíces de tempestad (2001), Tejidos (2003), Tajos (2011), Vuelta del húngaro (2020), Barrancas y desfiladeros, crítica y senderismo por la poesía poblana (2024), Un mundo enfermo de inquietud (premio La terrestre raíz de las palabras, 2023), Derecho poética y lenguaje, diálogos desde la interdisciplinariedad (2025). Algunos de sus trabajos han sido compilados en los siguientes libros de ensayos: Aristas: acercamiento a la literatura mexicana (2005), Caminata nocturna. Híkuri ante la crítica (2016), Antología del ensayo moderno en Chiapas (2018), Una tradición frente a su espejo. Estudios críticos por los 50 años del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (2019), El silencio que yace desnudo. Violencia y política en las artes (2025), Tierra de terrores. Violencias extremas y fosas clandestinas desde el necrohumanismo (2025), Las hijas del umbral. Arte monstruosidad y esoterismo (2026). Algunas de sus líneas de investigación son: cruces de la violencia y la literatura, la poesía originaria escrita por mujeres, geopoética de la frontera sur, y testimonio y memoria en la poesía forense. Es profesor de la BUAP y de la Universidad de las Américas Puebla (UDLAP).