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https://doi.org/10.30972/clt.299343
CLRELyL 29 (2026). ISSN 2684-0499
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas / Centro Interdisciplinario de Estudios Políticos, Sociales y Jurídicos - Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires
andresmasan@gmail.com
Recibido: 10/09/2025 - Aceptado: 17/10/2025
Resumen
En este artículo se analiza la revista Ahasverus, dirigida por Camille Duteil y publicada por la Imprenta de Mayo en Buenos Aires en 1854, para dar cuenta de sus particularidades editoriales durante la etapa secesionista del Estado de Buenos Aires. El análisis aborda la publicación como una constelación intelectual que reconfiguró el diálogo literario en el contexto post-rosista, un dispositivo literario-periodístico que construyó una figura autoral para ensayar una poética del saber moderno transnacional. La principal conclusión sostiene que, pese a su breve existencia, Ahasverus no fue un mero proyecto fallido, sino una intervención distintiva dentro del campo cultural porteño en un contexto de expansión del público lector. Su experimentación, aunque efímera, articuló de modo temprano las tensiones centrales de la modernidad cultural rioplatense definida por el conflicto entre la apropiación y la crítica del saber moderno, lo que la convierte en una pieza indispensable para mapear los complejos orígenes de un proyecto modernizador singular a mediados del siglo XIX.
Palabras clave: historia; literatura; prensa periódica; Buenos Aires; siglo XIX
Abstract
This article analyzes the journal Ahasverus, directed by Camille Duteil and published by the Imprenta de Mayo in Buenos Aires in 1854, in order to account for its editorial particularities during the secessionist period of the State of Buenos Aires. The analysis approaches the publication as an intellectual constellation that reconfigured literary dialogue in the post-Rosas context, a literary-journalistic device that constructed an authorial figure to articulate a poetics of transnational modern knowledge. The main conclusion argues that, despite its brief existence, Ahasverus was not a mere failed project, but rather a distinctive intervention within the porteño cultural field in a context of an expanding readership. Its experimentation, though ephemeral, articulated at an early stage the central tensions of River Plate cultural modernity, defined by the conflict between the appropriation and critique of modern knowledge, making it an indispensable piece for mapping the complex origins of a singular modernizing project in the mid-nineteenth century.
Keywords: history; literature; press; Buenos Aires; nineteenth century
1. Introducción
La caída de Juan Manuel de Rosas en 1852 marcó un periodo de inestabilidad política pero también de notable renovación y ampliación de la vida pública en Buenos Aires (González Bernaldo, 1999; Sabato, 1994 y 2009; Gayol, 2000; Bruno, 2011). En un contexto general marcado por la renovación, la prensa periódica se erigió como un instrumento crucial para interpelar, modelar y orientar una creciente opinión pública, siendo fundamental en los debates sobre la identidad local y nacional (Wasserman, 2009 y 2013), así como en los proyectos modernizadores que expandieron una noción iluminista y civilizatoria (Garabedian, Miranda y Szir, 2009).
Tras rechazar el Acuerdo de San Nicolás, la provincia de Buenos Aires se escindió de la Confederación Argentina, marcando el inicio de una secesión que se consolidó institucionalmente en 1854, con la sanción de una constitución propia en donde se autoproclamó “Estado”, se arrogó el ejercicio de la soberanía y delimitó su territorio, afirmando así una entidad política autónoma frente al resto de la nación. Esta secesión del Estado de Buenos Aires (1852-1861) es frecuentemente imaginada como un período de amplia libertad de imprenta, aunque una mirada más atenta evidencia que los distintos gobiernos bonaerenses ejercieron mecanismos de control sobre las voces opositoras (Wasserman, 2013), en una práctica que era, en cierta medida, herencia de una dependencia histórica de la prensa al favor oficial y al sostén económico estatal (Calvo, 2008, p. 578). Este control coexistía con una aspiración política de consenso unánime, fundado en la adhesión a principios y valores que se presumían inherentemente opuestos al modelo urquicista (Sabato y Lettieri, 2003, p. 57; Lettieri, 2006, p. 15; Eujanian, 2015, p. 29) y en cuyas delimitaciones la prensa se erigió como un actor cultural clave, no solo como instrumento de la lucha facciosa, sino también como un ámbito propicio para “crear ciudadanos” y fomentar el “progreso moral” de la sociedad (Bonaudo, 2005). Periódicos como La Tribuna, El Nacional, La Crónica y El Orden dominaron la palestra, con matices dentro del paraguas general de la opinión liberal (Auza, 1978; Lettieri, 1998; Wasserman, 2009; Pasino y Herrero, 2019; Pas, 2017 y 2021), consolidando una libertad de imprenta que, en la práctica, se ejercía dentro de ciertos límites (Wasserman, 2018).
Pero lo cierto es que aquella efervescencia discursiva contrastaba con una realidad material precaria. La proliferación de publicaciones, a menudo efímera debido a la inestabilidad política y la falta de soporte económico (Auza, 1978; Wasserman, 2009), muchas veces se componía de emprendimientos de pequeña escala o de proyectos que sufrían limitaciones técnicas como la escasez de insumos o el desgaste de los tipos móviles (Ares, 2018; Wasserman, 2018). Sin embargo, la particularidad del momento post-rosista no radica en esta precariedad, que también caracterizó al periodismo revolucionario, sino en el nuevo escenario político en que esta se desarrollaba. A diferencia del período revolucionario, marcado por la guerra y la construcción inicial del Estado (Goldman, 1998), o del romántico bajo el control rosista (Myers, 1995), la prensa de 1854 operaba en una paradoja específica: la de una libertad de imprenta formalmente ampliada pero ejercida dentro de los límites del consenso liberal que el Estado de Buenos Aires buscaba imponer (Wasserman, 2013). Bajo esta premisa, según la cual “había que olvidar el pasado y mirar al futuro” (Auza, 1978, p. 39), la prensa no solo cumplió un rol informativo y pedagógico. Por el contrario, se erigió en el termómetro de una “civilización” en disputa y en el campo de batalla donde se dirimía la tensión entre el proyecto modernizador y las prácticas de control que lo condicionaban.
Dentro de dicha atmósfera intelectual se inscribe la revista Ahasverus, fundada por Camille Duteil en 1854. Lejos de ser un breve emprendimiento editorial, una rareza bibliográfica o una fallida excentricidad, la publicación se presenta como un artefacto cultural que permite descifrar las dinámicas intelectuales de su tiempo, identificando aquello que denominamos como una “constelación intelectual”: una red singular y efímera de saberes, estrategias discursivas y figuraciones autorales que converge en esta publicación. El concepto de “constelación”, en este sentido, no alude a un grupo físico de escritores, sino más bien a un sistema de relaciones donde el mito fundacional del judío errante, la biografía de su editor, el formato bilingüe, la ambición enciclopédica y la gestión consciente de su propia precariedad material se articulan para dar forma a un proyecto cultural tan singular como distintivo. Nuestra hipótesis sostiene que Ahasverus operó como un “personaje-programa”, un dispositivo narrativo-editorial que, encarnado en la voz del “viejo vagabundo”, tradujo imaginarios románticos europeos (como la errancia, el enciclopedismo y el desarraigo) reinscribiéndolos en la cultura letrada porteña como una poética distintiva de modernidad crítica. Para ello, se examinaron los 13 números que componen la revista Ahasverus, publicados entre enero y abril de 1854, cuya colección es parte del acervo hemerográfico de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. La metodología combinó el análisis del discurso enfocado desde la historia cultural, prestando especial atención a variables como la estructura de las secciones, los recursos paratextuales, las estrategias retóricas, los gestos editoriales y la construcción de una figura autoral, con el fin de descifrar el proyecto cultural que la revista encarnaba.
El examen busca, por tanto, reponer parte de la complejidad de un período que comienza a ver la explosión de las publicaciones, alumbrando una revista hasta ahora no estudiada, que arroja valiosas claves para comprender la cultura literaria y el papel de la prensa en los albores del Estado de Buenos Aires. Su estudio permitirá reconstruir una parte del panorama intelectual de la época, permitiendo también reflexionar sobre los desafíos que enfrentó una empresa cultural en contextos de crisis y transformación. El trabajo se organiza en tres secciones. Primero, presentamos los rasgos centrales del proyecto editorial de Ahasverus proponiendo una interpretación de su denominación como clave simbólica de todo el emprendimiento. A continuación, se analiza el contenido y la ambición enciclopédica de la revista. En la tercera parte, examinamos cómo la publicación gestionó retóricamente sus límites materiales ficcionalizando su propia precariedad. Por último, en las conclusiones se sintetizan las reflexiones más importantes de este estudio y los interrogantes que deja abiertos de cara a futuras indagaciones.
2. Ahasverus, mito y constelación intelectual
La elección del nombre Ahasverus fue el primer y más revelador acto editorial de Camille Duteil en su revista. Lejos de ser un título decorativo, operaba como una estrategia paratextual, una declaración de principios de un proyecto que buscaría erigirse simultáneamente en un órgano de saber enciclopédico y en una publicación moderna. Aunque la revista no explicitaba el origen literario de su nombre, limitándose a definirlo como “el judío maldito y condenado a errar” (nº 1, 8/1/1854, p. 2), el contexto intelectual y biográfico de Duteil permite inferir una elección estratégica, en virtud de la cual la selección del nombre radicó en su capacidad de operar en dos registros simultáneos. Para una élite ilustrada, Ahasverus funcionaba como un guiño al poema filosófico de Edgar Quinet (1833), cargado de ideales republicanos y de reflexiones sobre el progreso. Para un público más amplio, el nombre resonaba inmediatamente con el best-seller de Eugène Sue, Le Juif errant (1844), un folletín de enorme éxito transatlántico que circuló ampliamente en Buenos Aires.1 Esta dualidad condensó, según entendemos, el programa editorial en sí mismo, apelando a un receptor bifronte, una suerte de “cómplice ilustrado” a la vez erudito y popular.
Este proyecto intelectual encontró su forma concreta en varios gestos de la revista. Fundada y dirigida por el intelectual francés Camille Duteil, con traducciones al castellano a cargo de Manuel Carrillo Aguirre, Ahasverus materializó este programa en un contexto de transición post-rosista. Editada en formato bilingüe y financiada mediante la venta al contado, la publicación reflejó el espíritu de una época donde lo ilustrado y lo romántico coexistían con los urgentes debates de un estado en formación (González Bernaldo, 1999; Bruno, 2011). Ahasverus se insertaba, de esta manera, en un espacio tan dinámico como contradictorio, donde la autonomía editorial se medía no solo contra la censura explícita, sino contra los constreñimientos materiales y los silenciamientos que imponía la nueva ortodoxia liberal.
El alma y núcleo de aquella incorporación fue el propio Duteil, cuya biografía de “sabio errante” no era un mero antecedente sino la clave decodificadora que daba coherencia interna al proyecto. Arribado a Buenos Aires en 1853, Duteil llegó en tiempos de tensiones e inestabilidades, portando un capital cultural como ex conservador del Louvre y editor de revistas científicas en Francia, a la vez que general de una insurrección republicana en 1851 que le valió el exilio. Dicha trayectoria, marcada por un desplazamiento constante entre el activismo político y la erudición académica, ha sido examinada como una figura clave en la mediación cultural transatlántica (Masán, 2026). Parte de esta singular biografía se reflejó de manera orgánica en la publicación, con un nombre que trascendió la mera referencia literaria para convertirse en una potente metáfora autobiográfica. El formato bilingüe, por su parte, fue el gesto natural de un mediador cultural cuyos contenidos oscilaban entre la egiptología y la tecnología, pasando por el ocultismo, la filosofía y la literatura, como un reflejo de una mentalidad enciclopédica con voluntad de intervenir en el debate modernizador porteño de aquel entonces. Es por ello que afirmar que Duteil fue el editor de Ahasverus resulta insuficiente, ya que más bien la revista fue la materialización impresa de su identidad intelectual.
Esta voz se encarnó en el “viejo vagabundo” (nº 2, 15/1/1854, p. 18) que todo lo sabe y todo lo cuenta, un dispositivo narrativo y editorial que tradujo imaginarios románticos europeos, como la errancia y el desarraigo, reinscribiéndolos en la cultura letrada porteña como una poética de modernidad. Consideramos que esta elección, cifrada en la propia publicación, constituye una prueba no solo de sofisticación literaria sino también de conciencia cultural de Duteil y de su temprana inserción en Buenos Aires. Esto porque lejos de ser una maldición, la errancia se transformó en una metáfora de la circulación del saber y en una posición crítica, tal como se señalaba en un pasaje cargado de ironía: “Dichoso y agradecido, se inclina Ahasverus, viejo vagabundo, ante el artículo de la futura Constitución de la Provincia de Buenos Aires” en donde “solo asimilan al vagabundo con el tramposo, demente y perezoso”, mientras que “en todas las legislaciones del antiguo mundo nos confunden con los ladrones y asesinos” y “nos acosan como a las bestias feroces” (nº 2, 15/1/1854, p. 18). Esta exaltación de la vagancia, en tiempos donde se discutía esta figura social siempre problemática, llega incluso a ser equiparada con una estampa religiosa de máximo calibre, señalando que “(sic) el Redentor de la especie humana, era un vagabundo!” (nº 2, 15/1/1854, p. 19).
De este modo, aunque la elección del nombre no se explicaba directamente en las páginas de la revista, el tono editorial y la figura del propio Duteil permiten pensar que Ahasverus encarnaba una forma moderna de saber crítico, itinerante y universal. El nombre era, en sí mismo, una declaración simbólica de principios en donde el saber ilustrado y errante caminaba sin patria pero con propósito. Esta elección, estratégicamente ambiciosa, representa el guiño de un editor situado entre dos mundos, el europeo y el rioplatense, que solo una figura como Duteil podía ejecutar. La efectividad de este programa simbólico, sin embargo, dependía de su materialización concreta, la cual se verifica en la arquitectura interna de la propia publicación, cuya organización constituye un caleidoscopio de saberes. A continuación analizaremos cómo esa promesa de universalidad inscrita en el nombre encontró su correlato en una práctica editorial que articuló, de manera consciente, la ambición enciclopédica con una posición crítica.
3. Un proyecto caleidoscópico
La efectividad de este programa simbólico encontró su correlato en la arquitectura interna de la propia publicación, que constituye un verdadero mosaico del saber decimonónico que reflejaba los intereses de su editor y creador. En efecto, Ahasverus se inscribía en una tradición de las revistas decimonónicas con “función epistemológica” (Romano, 2022, p. 92) y de carácter enciclopédico, pero distinguiéndose por una tensión constante entre divulgación, elogio y crítica. Desde su primer número, la revista se presentó con un tono que equilibraba erudición y accesibilidad, con un espíritu pedagógico y polémico, definiéndose como “literato sin pretensiones, armonioso sin pedantería, ingenioso sin mordacidad” (nº 1, 1854, p. 2), apostando por un “lector modelo” (Eco, 1981) al que se ofrecía una publicación “al alcance de todas las fortunas” (nº 1, 8/1/1854, p. 2). Como característica adicional de Ahasverus cabe señalar que utilizó la literatura (en su sentido amplio de prensa, crítica y ensayo) como un instrumento para impulsar la modernización, lo cual se ve tanto en la crítica a la rutina como en la continuidad ideológica con el programa romántico de la Generación del 37 a la que se insertaba y del republicanismo francés del cual provenía.
Aunque en su prospecto inicial Ahasverus declaraba abstenerse de opinar sobre política local, so pretexto de no entender “absolutamente nada a este respecto” (nº 1, 1854, 8/1/1854, p. 2), pronto abandonaría esa neutralidad para sumergirse en el debate público doméstico, ya sea para ponderar la gestión del gobernador Pastor Obligado, evaluar acciones materiales concretas o lanzar críticas sobre algunos proyectos que se estaban desarrollando. Este es un aspecto central, ya que el programa editorial de la publicación se concibió desde sus orígenes con una clara vocación modernizadora, dedicando espacios de importancia a la divulgación de innovaciones técnicas cruciales para el progreso material como el ferrocarril (nº 3, 22/1/1854, p. 34-37), el telégrafo (nº 1, 8/1/1854, p. 4-7; nº 2, 15/1/1854, p. 21-24) y el empedrado de las calles (nº 1, 8/1/1854, p. 7-8; nº 11, 19/3/1854, p. 169-170), este último un tema de urgente debate en el Buenos Aires de entonces. En esta vertiente pronto se sumaron artículos de diverso carácter sobre temáticas como los métodos para obtener hielo en verano (nº 6, 12/2/1854, p. 86-88), la forma correcta de templar el acero (nº 7, 19/2/1854, p. 102-103), el análisis sobre la canalización de los ríos (nº 2, 15/1/1854, p. 24-26) o apreciaciones sobre el alumbrado a gas (nº 10, 12/3/1854, p. 154-155), consolidando un itinerario de fomento a la infraestructura y la industria local. En algunos casos, se incluían recomendaciones muy específicas al señalar que: “El alumbrado de gas puro es el que debe preferirse para la Ciudad, tanto bajo el punto de vista de ser la luz más brillante, como de la economía” (nº 10, 12/3/1854, p. 155). Esta clase de recomendaciones coexistían, con pasajes de una fe cientificista que llegaba a lo provocativo: “Aun dado caso que el sol se extinguiese, la ciencia humana podría artificialmente reemplazarlo” (nº 2, 15/1/1854, p. 32). Pero lejos del elogio tecnocrático, Ahasverus cultivaba una mirada pragmática que denunciaba el desequilibrio entre retórica del progreso y condiciones materiales, señalando que: “En este país se proyectan ferrocarriles sin haber aprendido aún a empedrar las calles. Se invoca el vapor sin conocer el drenaje” (nº 2, 15/1/1854, p. 7). De hecho, aquí aparece una de las líneas más claras y centrales del pensamiento técnico de Duteil en Ahasverus: la denuncia del desequilibrio entre retórica del progreso y condiciones materiales reales, algo que recorre implícitamente gran parte de la publicación y sobre el que volveremos en el próximo apartado.
Aunque este compromiso cientificista era de importancia, se trataba de una revista miscelánea que cultivaba un amplio espectro temático, constituyendo un auténtico “caleidoscópico” del saber (Goldgel, 2010) donde convivían la divulgación con el análisis político, la arqueología con la filosofía, con el arte. Precisamente, el ámbito de la política internacional tuvo su epicentro en la publicación con el examen recurrente de la denominada “Cuestión de Oriente” (nº 1, 8/1/1854; nº 4, 29/1/1854; nº 8, 26/2/1854; nº 12, 26/3/1854). Lejos de ser una mera crónica de actualidad, la insistencia en este tema puede leerse como un reflejo subtextual de la biografía de Duteil, ya que para un republicano francés exiliado tras el golpe de 1851, el análisis de la guerra, la decadencia imperial y las maquinaciones de las grandes potencias europeas funcionaba como un espejo distante de su propia experiencia: una forma de procesar el trauma de la derrota y educar, desde su nueva posición marginal en Buenos Aires, sobre las mecánicas del poder que modelaban el mundo decimonónico. Además de este análisis, también tuvo lugar análisis de filosofía política y la reflexión sobre la organización social, desarrolladas en ensayos que abordaban desde la crítica al socialismo (nº 2, 15/1/1854, p. 19-21) hasta la naturaleza de la libertad (nº 10, 12/3/1854, p. 145-148), pasando por la importancia estratégica de los ejércitos para una nación (nº 9, 5/3/1854, p. 129-133), el sentido filosófico del carnaval (nº 11, 19/3/1854, p. 170-175) o las implicancias del concepto de “vagancia” en el argot local (nº 2, 15/1/1854, p. 17-19).
En paralelo, una de las columnas vertebrales de Ahasverus fue la egiptología en combinación con la astrología, con una detallada serie en formato folletín sobre “Las momias del Louvre”, que se extendió a lo largo de todos los números, demostrando el bagaje especializado en astrología egipcia de Camille Duteil, quien había escrito algunas obras sobre estas temáticas, incluyendo un Diccionario de jeroglíficos de amplia circulación en Francia (Duteil, 1838 y 1839). Posiblemente esta deriva hizo que en Ahasverus se combine un interés por lo oculto y experimental, expresado en la sección “Ciencias secretas”, donde se publicaban investigaciones sobre “magnetismo animal” (nº 1, 8/1/1854), “poseídos, convulsos y dementes” (nº 8, 26/2/1854; nº 10, 12/3/1854; nº 12, 26/3/1854), “telegrafía simpática” (nº 3, 22/1/1854, p. 44-47), los templarios (nº 13, 16/4/1854, p. 193-196) o la “oniromancia” (nº 1, 8/1/1854, p. 10-12). Esta vocación por develar los misterios del hombre y la naturaleza se complementaba con lecciones de astronomía (nº 3, 22/1/1854, p. 37-41), nociones de fisiología (nº 8, 26/2/1854, p. 117-120; nº 9, 5/3/1854, p. 133-135; nº 10, 12/3/1854, p. 148-151), reflexiones sobre el alumbrado público (nº 10, 12/3/1854, p. 154-155) o apuntes históricos sobre el pararrayos (nº 7, 19/2/1854; nº 8, 26/2/1854, p. 115-117), entre otras. La textura literaria y satírica la aportaban secciones fijas como “Los proyectistas” (nº 1, 8/1/1854, p. 12-15; nº 4, 29/1/1854, p. 62-64; nº 5, 5/2/1854, p. 74-76), críticas de costumbres como “Señores peinadores” (nº 5, 5/2/1854, p. 71-73, nº 6, 12/2/1854, p. 88-91; nº 7, 19/2/1854, p. 103-106) y la publicación de la obra autobiográfica, “Tres días de generalato”, desde el número 5 (nº 5, 5/2/1854, p. 76 y ss.), que conectaba metafóricamente, el presente de empresario editorial con el pasado revolucionario y militar de Camille Duteil en Francia.
Entendemos que esta constelación múltiple y aparentemente dispersa de la revista ejerció una “militancia cultural” (Tarcus, 2020) a través de una sintaxis miscelánea, cumpliendo con el programa anunciado en su primer número: ofrecer una “abundante y selecta cosecha” de saberes que, cubriendo desde la historia hasta las innovaciones técnicas, contribuyera al “progreso moral de la sociedad” (nº 1, 8/1/1854, p. 1-2). En este sentido, Ahasverus enfatizaba nutrirse de la “inteligencia activa” (nº 3, 22/1/1854, p. 43) y el conocimiento científico para aplicarlo a la realidad local, en un acto modernizador y heredero del pragmatismo ilustrado. Situándose como antagonista de lo que consideraba una “modernización fantástica” o “embrolladilla” (nº 3, 22/1/1854, p. 33), apelaba a un racionalismo pragmático que debía ser aplicado “gradualmente y de una manera general y conveniente” (nº 3, 22/1/1854, p. 34).
Por otra parte, considerando que “la inteligencia, el valor y sangre fría” (nº 7, 19/2/1854, p. 99) son las dotes que deben regir a una sociedad, el autor reafirma su fe liberal en la civilización diferenciando la libertad de la licencia y definiendo a la “libertad social” como el derecho de “seguir el camino trazado por la ley sin perjudicar en nada a la sociedad” (nº 6, 12/2/1854, p. 81). Este postulado resuena con la necesidad de un ordenamiento posterior al régimen rosista, un tema central en la política de la época que buscaba establecer un sistema político que no degenere en anarquía. Ahasverus parecía ser consciente de este desafío, proponiendo nociones de filosofía política y apelando al pasado de manera recurrente con distintas notas, dejando en claro que
así, pues, en los estudios que preparamos de las constituciones comparadas de la antigüedad, no hay que formarse la idea de que es nuestro ánimo preconizarlas en detrimento de las actuales. Si en arqueología exaltamos lo pasado, jamás será en la intención de criticar lo presente, el que aceptamos filosóficamente. (nº 7, 19/2/1854, p. 100)
El legado de Ahasverus perdura no tanto por la totalidad de su ambición enciclopédica –compartida con otras publicaciones precedentes y de su época– sino por la agudeza con que articuló esta miscelánea con la autoconciencia crítica. Lejos de ser contradictorias, estas estrategias resolvían la paradoja central de su proyecto: ser a la vez divulgadora e iniciática. La revista operaba en dos niveles de lectura simultáneos, ofreciendo contenidos enciclopédicos accesibles (sobre el telégrafo, el ferrocarril) que cumplían con su mandato ilustrado de instruir a un lector amplio. Al mismo tiempo, construía mediante guiños y un sofisticado marco simbólico (empezando por el enigmático título) un circuito de “complicidad” para un lector modelo más restringido: aquel “cómplice ilustrado” capaz de descifrar la autoconciencia literaria del proyecto y de sentirse partícipe de la “comunidad intelectual” que la revista performaba en sus páginas. Esta misma autoconciencia crítica que regulaba su contenido se proyectaría sobre la gestión de su propia materialidad
4. Límites materiales: ficcionalizar la precariedad
Debe señalarse que la ejecución material del proyecto editorial no estuvo exenta de los desafíos propios de la incipiente industria editorial porteña. Precisamente, uno de los aspectos que consideramos más salientes de esta singular publicación fue el tono irónico y la conciencia de la precariedad editorial que ponían de manifiesto en diversos números. Esta dimensión subyace en muchos pasajes de la revista, revelando una tensión entre ambición cultural y precariedad material que se hizo evidente de múltiples maneras. Desde su presentación en sociedad Duteil se mostraba consciente del singular contexto en que se inscribía su proyecto, expresando que “no hay en Buenos Aires periódico que no nazca con la pretensión de durar, y ninguno que sobreviva más allá del cuarto número. Yo, que he leído a Séneca, comienzo por anunciar el final” (nº 1, 8/1/1854, p. 2). Con franco realismo se preguntaba “¿quién tendría la arrogante audacia de garantir (sic) la duración por un tiempo dado de una empresa cualquiera, en las circunstancias que atravesamos y en el país en que vivimos?” (nº 1, 8/1/1854, p. 2).
Lejos de ocultar estas adversidades, la revista transformó las limitaciones en contenido literario y gestos de complicidad con sus lectores. Este proceso puede entenderse como una estrategia paratextual (Genette, 2001), donde avisos, prospectos y notas dejan de ser meramente informativos para construir activamente una figura editorial que, consciente de sus límites, se transforma en el motor de su voz irónica y moderna. Un buen ejemplo de esta operación lo constituye el aviso publicado en el tercer número, en donde se revelaba de manera elocuente que: “Ahasverus ofrece cincuenta números de su Revista, al que le proporcione un autómata mecánico para servirle de repartidor” (nº 3, 22/1/1854, p. 48). Este guiño operaba como una confesión pública de un obstáculo concreto (la distribución) y a la vez como una muestra de la sofisticación literaria con la que Duteil y Ahasverus navegaron tales contradicciones, un gesto que resumía la tensión entre la ambición cultural del proyecto y los límites materiales de su ejecución.
Esta estrategia de autoconciencia editorial alcanzó su expresión más refinada en el cuarto número, donde se pudo leer que “a pesar de la atención que prestamos a la pureza del texto y regularidad en la ortografía, no hemos podido aún, a pesar nuestro, llegar a la perfección que deseamos” (nº 4, 29/1/1854, p. 64). De suerte que, “imitando la práctica de los célebres editores Aldes, Manus y Elzevir (sic)” se proponían “exponer todos los viernes a la puerta de la imprenta, las pruebas, ofreciendo un real a los Escolares que se dignen a corregir una falta de ortografía” (nº 4, 29/1/1854, p. 64). Este aviso, lejos de ser una mera disculpa por erratas, operaba como un acto editorial por medio del cual, invocando legendarios impresores como el veneciano Aldo Manucio y la familia neerlandesa de los Elzevir, se situaba simbólicamente a Ahasverus en una tradición cultural específica, de carácter humanista y transnacional. La confesión del impedimento técnico se sublimaba, al mismo tiempo, en un ritual de comunidad intelectual, ofreciendo un real a los “Escolares” que encontraran errores, en lo que puede considerarse como una estrategia que revelaba una concepción moderna de un público lector activo, transformando la lectura en un juego de erudición compartida y construyendo identidad cultural. Este último aspecto no constituye un hecho aislado sino un elemento que se venía reforzando en números anteriores, con interpelaciones directas a los “niños de 10 a 12 años” mediante enigmas científicos, ofreciendo como recompensa “un cartucho de dulces al primero que resuelva el siguiente problema” (nº 2, 15/1/1854, p. 7), en sintonía con la reinvención decimonónica de la niñez en la segunda mitad del siglo XIX.
La cumbre de esta autoconciencia editorial se alcanzó en el noveno número, donde un anuncio publicado exclusivamente en francés desvelaba la arquitectura interna del proyecto, advirtiendo que “Ahasverus ha transferido la administración de su Revue Universelle al Sr. Alejandro Bernheim” (nº 9, 5/3/1854, p. 144). Esto no era una simple nota administrativa, sino la explicitación de una sofisticada escisión funcional, un reparto de roles que cifraba toda una nueva matriz, en donde el célebre impresor Alejandro Bernheim encarnaba la materialidad del emprendimiento, es decir, la administración, la distribución, lo comercial. La dupla Duteil-Carrillo asumió, en tanto, la responsabilidad sobre lo textual y literario, incluyendo la corrección de los errores de impresión. A partir de entonces, Ahasverus, ya liberado de las ataduras logísticas y burocráticas, podía consagrarse a su vocación literaria, prometiendo incluso una expansión de la revista al anticipar que “se establecerá un servicio regular para nuestros suscriptores en Montevideo” (nº 9, 5/3/1854, p. 144).
Creemos que, además de constituir una reorganización práctica, este gesto consagraba simbólicamente la escisión entre el espíritu y el cuerpo, entre la voz y el impreso, entre el nomadismo intelectual del judío errante y las contingencias del taller y la calle. A su vez, la elección del idioma francés para este comunicado (ausente en la traducción de Carrillo) operaba como un fino mecanismo de segmentación, revelando los entresijos de la gestión únicamente al público francoparlante, capaz de descifrar tanto la lengua como el guiño metalingüístico, reservando el español para los contenidos de divulgación general.
Podría decirse que el legado de Ahasverus perdura no tanto por la totalidad de su ambición enciclopédica –compartida con otras publicaciones precedentes y de su época– sino por el modo con que se valió de su propia precariedad, transformando las limitaciones materiales en el motor de una voz editorial moderna, irónica y profundamente consciente de sí misma. Lejos de ser contradictorias, estas estrategias resolvían precisamente la paradoja central de su proyecto: la de ser a la vez divulgadora e iniciática. Esto porque, según consideramos, la revista no se dirigía a un público homogéneo, sino que operaba en dos niveles de lectura simultáneos. Por un lado, ofrecía contenidos enciclopédicos accesibles (sobre el telégrafo, el ferrocarril) que cumplían con su mandato ilustrado de instruir a un lector amplio. Por otro lado, y de manera complementaria, construía mediante sus guiños, su ironía y su sofisticado marco simbólico (empezando por el enigma de su propio título) un circuito de complicidad para un lector modelo más restringido: aquel “cómplice ilustrado” capaz de descifrar la autoconciencia literaria del proyecto y de sentirse partícipe de la “comunidad intelectual” que la revista performaba en sus páginas. Así, la ficcionalización de su precariedad no solo remediaba limitaciones, sino que era el dispositivo clave para segmentar su público y construir una élite lectora moderna, aquella que podía valorar no solo el saber transmitido, sino la forma literaria de su transmisión.
Esta ficcionalización de la precariedad que Ahasverus ejecutó con tanta agudeza adquiere su significado pleno al contrastarla con la rápida y exitosa inserción de su editor en los círculos de poder porteños. Lejos del editor marginal que su revista performaba, Duteil mantuvo vínculos estrechos con los sectores dirigentes de Buenos Aires, lo que sugiere que su proyecto periodístico también perseguía fines políticos. Esta sospecha se confirma si consideramos que, al finalizar la publicación, Duteil halló una significativa inserción en el ámbito pedagógico y dirigencial de Buenos Aires, siendo catedrático titular de Física experimental en la Universidad de Buenos Aires en 1854 (Piñero y Bidau, 1889, p. 12), compartiendo espacio con prominentes figuras del relanzamiento universitario de entonces como Rafael Casagemas, Miguel Puiggari, Mariano Larsen y José Barros Pasos. Además, aquel año fue miembro del Instituto Histórico y Geográfico del Río de la Plata, junto a las personalidades más destacadas del ámbito cultural porteño de entonces como Valentín Alsina, Dalmacio Vélez Sarsfield, Bartolomé Mitre, José Mármol, Carlos Pellegrini y Carlos Tejedor, entre otros. Para 1855, Duteil integraría el Consejo Consultivo del Gobierno de Buenos Aires (Prado y Rojas, 1878, p. 187) y el Consejo de Instrucción Pública para la dirección de la enseñanza primaria y universitaria (Prado y Rojas, 1878, p. 164-165). En ambos casos, el nombre de Duteil figuró junto a los que por entonces constituían el círculo intelectual más exclusivo de Buenos Aires, con figuras como Juan Bautista Peña, Felipe Senillosa, Francisco Balbín, Manuel José Guerrico, Domingo Faustino Sarmiento, Nicolás Anchorena, Felipe Lavallol, Carlos Pellegrini, Domingo Olivera, Juan José Montes de Oca, Bernabé Sáenz Valiente, Nicanor Albarellos y Amancio Alcorta, entre otros. Remarcamos estas inserciones para subrayar que su presencia en este círculo intelectual demuestra que su integración se cristalizó como una aceptación política e ideológica, de la cual Ahasverus constituyó uno de sus primeros puntales. Aquel exiliado republicano francés encontró su lugar entre los proscriptos antirrosistas de la Generación del 37 que ahora diseñaban el Estado porteño, revelando la sintonía entre el republicanismo europeo exiliado y el proyecto liberal modernizador local.
En años venideros, Duteil tendría una participación nodal en distintas ramas del quehacer provincial. Si para 1855 formaba parte de la plana mayor inactiva del ejército, con el grado de Coronel de ingenieros, al año siguiente sería pieza fundamental del Consejo de obras públicas de Buenos Aires, dependencia directa del Ministerio de Gobierno y encargada fundamentalmente del empedrado de las calles, la reparación de caminos, la refacción de establecimientos y otras actividades vinculadas al mejoramiento de la ciudad. Para octubre de 1858, Duteil fue nombrado como presidente de la Comisión de Ingenieros con un sueldo de 4.000 pesos mensuales, cargo que ocupó hasta su fallecimiento, en noviembre de 1860 en Buenos Aires, aquella ciudad elegida para reconstruir su vida tras el exilio y dar a luz a su Ahasverus.
Conclusiones
El análisis de Ahasverus revela que esta publicación fue mucho más que una revista de corta duración para inscribirse como un dispositivo cultural donde convergieron la errancia, el saber enciclopédico y la autoconciencia editorial. Lejos de ser un mero repertorio de curiosidades, conformó una escena de enunciación donde la elección del nombre operó como un núcleo simbólico que articuló un programa intelectual: traducir al contexto rioplatense imaginarios románticos europeos y reinscribirlos como una poética de modernidad alternativa, encarnada en un saber itinerante, crítico y, por momentos, satírico.
Esta constelación intelectual se expandió, además, hacia una red estratégica de referentes. La revista construyó un panteón ecléctico donde convivieron la autoridad de los antiguos (Moisés, Homero, Solón) con los íconos de la ciencia y la política modernos (Franklin, Montesquieu). Esta selección y combinación estratégica no fue mera erudición, sino una operación de legitimación que definió su singular posición en el campo intelectual: un diálogo crítico donde el “progreso” local debía anclarse tanto en la sabiduría práctica como en los inventos modernos.
Y aunque el recurso de la ficcionalización no era novedoso, su combinación con la mitificación de su propia condición le permitió transformar la precariedad en un principio estético. Así, lejos de ser una rareza bibliográfica, Ahasverus constituyó una intervención cultural diferenciadora en la que Camille Duteil –un personaje a la postre influyente en el Estado de Buenos Aires– convirtió su exilio en programa. Revisitar aquella voz no es, por tanto, solo un acto de recuperación historiográfica, sino una invitación a repensar los gestos editoriales menores y los proyectos efímeros como espacios de innovación y crítica cultural.
Quedan, asimismo, preguntas abiertas para futuras investigaciones: ¿Cómo operó el bilingüismo en la construcción de un público lector segmentado? ¿De qué modo los avisos y la máscara de Ahasverus funcionaron como paratextos que fundaron una complicidad cultural? ¿Cuál fue el impacto real de su desaparición? Y, en un nivel más amplio, ¿cómo su variedad temática compuso una poética enciclopédica capaz de modelar un imaginario de progreso heterodoxo?
En definitiva, la lectura de Ahasverus como “constelación” permitió superar el análisis atomizado de sus contenidos para revelar el sistema de conexiones que le daba coherencia. Lejos de ser una compilación caótica, la revista se erigió como un espacio activo donde textos y conceptos aparentemente dispersos entraban en diálogo, y es precisamente en ese entramado donde reside parte de su valor: un modelo singular de intervención crítica que, desde los márgenes de la prensa porteña de 1854, contribuyó a una modalidad intelectual que encontraría eco en las décadas siguientes. Ahasverus nos demuestra que no hay proyectos fallidos, sino oportunidades efímeras que iluminan con singular intensidad los procesos culturales de su tiempo.
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*Lucas Andrés Masán es Doctor en Historia por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), Magíster en Ciencias Sociales y Humanidades por la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), y Profesor en Artes Visuales por el Instituto del Profesorado de Arte de Tandil Nº 4 (IPAT) y de Ciencias Políticas por el Instituto Superior de Formación Docente y Técnica Nº 10. Actualmente se desempeña como becario posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y es profesor adjunto en la Maestría en Arte y Sociedad en Latinoamérica de la Facultad de Arte de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN). Es autor del libro Estrellas y amapolas, donde analiza la obra de Prilidiano Pueyrredón en relación con las sensibilidades rioplatenses de mediados del siglo XIX. Su campo de investigación se especializa en la historia de la cultura visual y los circuitos de circulación de imágenes, con énfasis en los procesos materiales y simbólicos que configuran los imaginarios locales desde una perspectiva global. Ha publicado diversos artículos sobre la intersección entre prensa, técnica y cultura letrada en revistas especializadas nacionales e internacionales.
El trabajo de Quinet abordaba el mito del judío errante desde una reflexión sobre la historia, el progreso y la redención, en lo que representa “una búsqueda de lo Absoluto, una búsqueda heroica que nunca termina” (Crossley, 1982, p. I), sustentada en la fe en el progreso (Cantero, 2007), y que es enteramente consecuente con los objetivos declarados de la publicación porteña. Por otro lado, es posible que Duteil también haya apelado a Le Juif errant (1844), el folletín de Eugène Sue que se transformó en un fenómeno editorial global y uno de los best-sellers más populares de mediados del siglo XIX (Pas, 2018).↩︎