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https://doi.org/10.30972/clt.299344
CLRELyL 29 (2026). ISSN 2684-0499
Universidad Nacional de Hurlingham
carolina.rossini@unahur.edu.ar
Recibido: 22/09/2025 - Aceptado: 04/11/2025
Resumen
El presente trabajo busca analizar Mudanzas de Hebe Uhart bajo la perspectiva de la teoría de los afectos (Ahmed, 2014; 2019; 2024). El relato de las sucesivas mudanzas hacia los centros urbanos manifiesta cómo determinados personajes adoptan distintas orientaciones afectivas hacia la novedad de los recorridos. El cuerpo que se adhiere al camino del ascenso social no presenta figuraciones de lo extraño, y el cuerpo que se desvía del camino trazado, debido a afecciones disímiles, sí encarna la extrañeza. Se abordará la forma en que María, a diferencia de Domingo, abre la posibilidad de la desviación de la direccionalidad impuesta por la modernización presuntamente inevitable, a través de las afecciones y las orientaciones que toma respecto del lenguaje y de los objetos. Su falta de adecuación a la migración interna desplaza las representaciones tradicionales de la inmigración italiana en la Argentina hacia el terreno de los afectos.
Palabras clave: migración; afectos; inadecuación; literatura; mudanzas
Abstract
This paper aims to analyze Mudanzas by Hebe Uhart through the lens of affect theory (Ahmed, 2014; 2019; 2024). The narrative of successive relocations to urban centers reveals how certain characters adopt different affective orientations toward the novelty of their journeys. The body that adheres to the trajectory of social mobility does not register estrangement, whereas the body that deviates from the prescribed path, shaped by divergent affective experiences, comes to embody it. The analysis will address how María, unlike Domingo, expresses the possibility of deviating from the supposedly inevitable directionality imposed by modernization through her affective engagements with language and objects. Her lack of adaptation to internal migration reconfigures traditional representations of early twentieth-century Italian immigration in Argentina within an affective framework.
Keywords: migration; affects; inadecuation; literature; movings
1. Introducción: migración, cuerpos y afectos
Mudanzas de Hebe Uhart se publica en 1995 por Editorial Bajo la Luna Nueva. A diferencia de otros textos de la autora, se vuelve a editar en 1996 por Ediciones de la Banda Oriental, en 1999 por Editorial Mondadori y en 2010 se publica dentro de la colección Relatos Reunidos por Alfaguara. En el período reciente, conforma la antología de novelas editada por Adriana Hidalgo Editora (2019) dando a la autora un tardío reconocimiento a pesar de su larga trayectoria iniciada en los años sesenta (Perassi, 2023).
Ciertos aspectos distintivos de la novela –que atraviesan gran parte de la narrativa y de las crónicas– son el movimiento migratorio, el traslado y la movilidad social. Se enmarca en un tipo de literatura vinculada a la migración distanciada de las representaciones decimonónicas y de principios del siglo XX (Perassi, 2023), situándose junto a textos como El libro de los recuerdos de Ana María Shua y Diario de ilusiones y naufragios de María Angélica Scotti.
Mudanzas narra las afecciones de las y los personajes frente a los desplazamientos que impone el avance de la modernización, las pequeñas escenas cotidianas que las y los caracterizan y cómo se posicionan frente a los nuevos objetos. En efecto, las afecciones de los personajes prevalecen sobre la valoración de la voz narrativa. Se diferencia, de este modo, de la literatura decimonónica que proyectaba la extranjería en la inmigración como amenaza para el desarrollo de la Nación (Bravo Herrera, 2017) y también de la literatura de principios de siglo XX que asociaba la heterogeneidad cultural con la contaminación nacional (Laera, 2006). Es decir, no reproduce la carga ideológica que articulaban la migración y la Nación. Configura, de otro modo, lugares de enunciación en tercera persona que se presentan como ideológicamente neutrales.
Por otra parte, como sostiene Emilia Perassi (2023), la novela participa de aquella literatura escrita por mujeres que se sitúa en las experiencias y memorias del origen “para desambiguar las subjetividades femeninas, para encontrar espacios, genealogías e historias a las que pertenecer ‘exactamente’” (p. 170). Su estilo, agrega, antes que definirse por la secuencia de acciones que plasman un crecimiento económico ligado a la modernización o a tensiones propias de la variabilidad cultural en la construcción de la Nación, se caracteriza por la ironía y el minimalismo de un punto de focalización situado en lo sutil, por la observación “de lo nimio y de lo sencillo” (p. 181).
Particularmente, la novela relata las sucesivas mudanzas de una familia de ascendencia italiana y el impacto de las distintas generaciones ante el inminente avance de la modernización en la Argentina de principios del siglo XX, visible a través de la construcción del ferrocarril, la ciudad y sus protocolos de comportamiento. El proceso de modernización involucra distancias y arraigos, tradiciones y rechazos, obstrucciones o adhesiones al crecimiento económico. Por este motivo, expresa, desde su constitución, una incomodidad en el cuerpo y los procesos de adaptación distintos.
La multiplicidad de los focos enunciativos visibiliza las diferencias en las afecciones frente a los cambios. Importan tanto la voluntad del camino recto hacia la modernización como la extrañeza de la desviación del camino presuntamente natural. No obstante, son los afectos y los estados de ánimo de la incomodidad (el enojo, la ira, el mal humor) los que hilan la trama de la adecuación y del extrañamiento que acompaña, indefectiblemente, al movimiento migratorio. Es decir, la extrañeza se manifiesta ya desde el momento mismo del traslado (Seifert, 2021) y ocurre como consecuencia de las incompatibilidades entre las formas de orientarse ante los nuevos acontecimientos.
Asimismo, argumenta Perassi (2023), si bien se destacan los eventos del orden de lo cotidiano, la novela no narra la migración como un acontecimiento individual, sino “como evento colectivo que altera el esquema originario de las relaciones intra y extrafamiliares” (p. 181). La familia, entonces, comienza como una unidad y sus recorridos disímiles atraviesan procesos de adaptación e inadecuación particulares. Habitar distintos espacios de forma simultánea supone también un cambio en los roles de género, en las relaciones de poder y en los procesos afectivos y subjetivos de adecuación. En efecto, el rápido pasaje de una zona rural –en donde la familia tiene una condición campesina– a la ciudad y su nueva inscripción de clase media altera los recorridos: Domingo migra pero sostiene económicamente al resto, el padre se queda en Paso del Rey, aislado; María y la madre permanecen en Moreno pero no se adecúan a las tareas de cuidado que propone Domingo. Se trasladan de forma dispersa y, antes que aportar a la convergencia de la asimilación, entablan relaciones incómodas con el resto. Toman direcciones que responden a formas particulares de orientar el cuerpo y los afectos. Como indica Ahmed (2019), la orientación afectiva implica “no sólo cómo habitamos el espacio, sino también cómo aprehendemos este mundo que habitamos de forma compartida, así como a quién o a qué dirigimos nuestra energía y atención” (p. 14). Si el espacio se configura desde las orientaciones que toman los cuerpos, la adecuación también es configurada por los modos de las acciones que entran en contacto con objetos: tienen que ver con la intimidad, con lugares que se habitan y la forma en que se comparte el espacio vivible. Así como los objetos conocidos se ubican en la proximidad de los cuerpos, también “algunas cosas quedan relegadas a un segundo plano para mantener una cierta dirección; en otras palabras, para mantener la atención en lo que se tiene delante” (p. 51).
Según Ahmed (2019), en la medida en que las orientaciones implican direcciones y formas de implicación, tales movimientos prometen una continuidad y reproducción de las líneas que se siguen. Asimismo, si reproducen modos y direcciones, instauran patrones, valoraciones y límites precisos. El camino recto de Domingo marca una valoración sostenida también por la felicidad del recorrido: la promesa del asenso, la adaptación a la modernidad y a la ciudad como territorio del progreso. La desviación del camino de María respecto de la modernización a partir del rechazo, el aislamiento y el enojo, produce una amenaza. En este sentido, las orientaciones afectan la forma en que se habita no solo el espacio sino las relaciones entre los cuerpos y lo circundante: “nos movemos hacia los objetos y nos alejamos de ellos según las emociones que nos producen” (p. 46). El deseo, así como la voluntad, según Ahmed (2024), también implican orientaciones y formas de habitar el mundo con otras personas: “Un sujeto deseante se inclina hacia lo que es deseado. Ponerse detrás de algo es orientar el cuerpo de esa manera” (p. 63). El sujeto obstinado, por el contrario, que no adhiere al camino recto trazado por la línea del progreso a través de la negativa o el rechazo, implica tanto una oposición como una desobediencia que, como se analizará, necesita ser intervenida.
De este modo, los afectos circulan entre los cuerpos y los objetos, y también entre los proyectos migratorios, porque ocupan la brecha que se abre en la orientación del cuerpo y su direccionalidad:
cuando hay esperanza y confianza, la brecha parece reducirse; cuando estamos preocupados o ansiosos, la brecha parece agrandarse […] En otras palabras, un estado de ánimo volitivo podría no simplemente atribuir un sentimiento a un objeto […], sino ser un juicio de la proximidad o distancia relativa entre un sujeto y lo que se busca. Lo que sentimos acerca de aquello que buscamos se ve afectado por lo cerca que nos sentimos de ese “aquello”. (p. 67)
De esta manera, en primer lugar, cobra relevancia el vínculo con los objetos y las orientaciones afectivas que dan cuenta del cambio de época: la cocina a gas, los adornos y el uso de vajilla específica, o el alquiler, el auto y lo prescriptivo de sus usos. Además, se destaca cómo la familia pasa de ser un núcleo a habitar el espacio de forma dispersa de acuerdo a las distintas orientaciones que sus integrantes toman y dónde eligen residir por comodidad. Antes que pensar a la familia en su desintegración, se trata del paso de lo nuclear a la conformación de una familia multisituada producto de la migración interna (Pedone, 2023): habita distintas localidades, se mueve entre las nuevas territorialidades en las que se establecen sus integrantes y permanece, aun así, articulada y gestionada.
Como ocurre en La elevación de Maruja (1974) y Camilo asciende (1987), otras de las novelas de Uhart, un personaje determinado atraviesa un cambio que garantiza el ingreso de la familia a lo moderno en los centros urbanos. En Mudanzas, Domingo vive y disfruta del ascenso social. No obstante, Mudanzas, en particular, configura lugares de enunciación múltiples que, si bien giran en torno a la direccionalidad recta que atraviesa Domingo hacia la modernización, anuncian cómo la familia se arraiga y se sostiene en distintos lugares simultáneamente de acuerdo a distintas afecciones, encuentros y orientaciones respecto de la novedad.
Por lo tanto, dado que, según la autora, la novela se define más por “lo que hacen [los personajes] que por lo que piensan”, “prima el afecto” (Ferrero y Uhart, 2015, p. 183). Sus movimientos y la forma en que se sitúan en el espacio, sus reacciones y adhesiones, hacen de la inadecuación y el extrañamiento el conflicto central. El estado de ánimo y los afectos funcionan como ejes vertebradores porque manifiestan la sintonía compartida o no por la familia frente a los cambios que atraviesan como colectivo. Como indica Ahmed (2014), los estados de ánimo son fenómenos sociales y, por lo tanto, atraviesan los objetos compartidos, aseguran o no estar a “tono” con el resto, así como también manifiestan una forma de orientar el cuerpo o de estar en sintonía con el resto. Un estado de ánimo o afecto puede generar cercanía entre los personajes, así como puede romper una intimidad construida.
Determinadas posturas de la crítica literaria argumentan que, puesto que el estilo literario de Uhart tiende a la observación de lo nimio, los personajes carecen de trasfondo (Nin, 2024). Asimismo, sostiene Yelin (2020), existe cierta simplicidad como principio técnico en la narrativa de Uhart: “un modo de decir sin afectación, el trabajo artesanal con una prosa afín a los objetos de su interés, coherente con esa forma de mirar y oír despojada de prejuicios y poco presuntuosa en términos de definiciones” (p. 151). No obstante, en el presente artículo se toman en cuenta los detalles nimios no como una superficialidad aparente, sino como parte de una perspectiva que pone en valor los espacios de mediación y afección. La voz narrativa no busca lo absoluto u omnisciente de su función narratológica, sino reconocer el límite y presentar, como sustituto, una diversidad de enfoques a través de las acciones de distintos familiares. En este sentido, los encuentros con lo material y las orientaciones afectivas funcionan como las puertas de entrada a la intimidad de los personajes, puesto que determinan su especificidad.
En efecto, el trabajo tiene por objetivo analizar el personaje de María, sus orientaciones afectivas y el tránsito por los espacios porque, a diferencia del resto de los personajes, el movimiento surge a la par que las reacciones agresivas hacia el resto, que las incomodidades a las formas que impone la modernización y que el extrañamiento respecto del nuevo lenguaje en uso. Su recorrido se caracteriza por la desviación obstinada y repercute conflictivamente en el vínculo con Domingo, representante del proyecto modernizador. Asimismo, las direcciones que toma el cuerpo y los afectos que moldean la relación de María respecto de lo diferente, de cosas y personas, modifican las representaciones literarias tradicionales sobre la migración. Por un lado, refiere a una migración interna de descendientes de italianos de una zona rural a una urbanizada producto de la construcción del ferrocarril en 1860 en Moreno, Buenos Aires. Por el otro, desplaza la representación literaria tradicional porque no marca una postura ni una ideología que condene o favorezca el desplazamiento (Bravo Herrera, 2017). Si, como sostiene Uhart, se define a los personajes “más por lo que hacen que por lo que piensan” (Ferrero y Uhart, 2015, p. 183), el cuerpo y las direcciones que toman resultan centrales. De este modo, la distribución de los cuerpos y los afectos, así como la dispersión de la familia hacia formas multisituadas otorgan sentido y valoración a la migración y a la extrañeza aparejada, sus efectos y expresiones.
2. Mudanzas, orientaciones y afectos
La novela narra sucesivas mudanzas que metaforizan la migración, en primer lugar, desde Italia a la Argentina y desde la zona rural a los centros urbanos de principios del siglo XX. Permanecen en la superficie del relato los cambios que atraviesan los personajes que transitan por Paso del Rey, Moreno y el barrio del Once, en el centro porteño, y cómo se posicionan afectivamente respecto de los espacios y los objetos. La imposición coyuntural del avance económico modernizador marca el ritmo del movimiento, las direcciones y las nuevas valoraciones que las motivan: “Así, la novela se abre con la primera casa, en la que los animales se mezclaban con la gente, y culmina con la moderna casa de Domingo y su mujer, Teresa, en donde los objetos antiguos se hallan prácticamente escondidos” (Salaris Banegas, 2024, p. 185).
Resulta distintivo, de este modo, cómo la novela traza desde el inicio una dirección: desde lo rural hacia lo urbano; desde la sentencia “los animales no deben vivir con la gente” (Uhart, 2019, p. 245) hacia la materialización del esmero por vivir “como la gente” (p. 245). Se delinea un movimiento recto y uniforme. El movimiento tiene su sistema de valoración e indica un progreso hacia nuevos estilos de vida presuntamente mejores. Indica Salaris Banegas (2024) que la forma en que los personajes se vinculan con los objetos como, por ejemplo, la cocina a gas, la pileta de natación, los colectivos o la balanza para pesarse, marca materialmente el ingreso de lo moderno en la vida cotidiana. No obstante, antes que el uso de los objetos o su ingreso en la vida de los personajes, es la orientación afectiva de los personajes hacia las cosas la que pone en evidencia los conflictos que trae aparejada la migración. Es decir, la forma en que las y los personajes se dirigen –y de qué modo– hacia los objetos.
En efecto, Domingo encarna la direccionalidad recta, voluntariosa y uniforme de la modernización –su deseo, sus emociones y sus vínculos lo sostienen en este sentido–. Como argumenta Ahmed (2024), “lo volitivo […] implica orientaciones hacia las cosas y contra las cosas. En efecto, lo que se siente en lo volitivo no es la voluntad como tal sino un ‘de’ y un ‘hacia’, es decir, un cuerpo en acción” (p. 50). Domingo, en este punto, se dirige hacia el ascenso de forma metódica y sin turbulencias: “fue quien pagó la casa y llevó a vivir a la familia al centro del pueblo” (Uhart, 2019, p. 245). Pero el extrañamiento y la incomodidad resultan relevantes para el desarrollo de la trama puesto que dejan al descubierto que la modernización no se trata de una movilidad dirigida en línea recta, sino de una dispersión y reordenamiento de lo común:
Su hermana María no se había adaptado del todo a la casa nueva y para limpiar se ponía un pañuelo en la cabeza, se lo ataba como un moño a la altura de la oreja y no se sabía si era una capota o un pañuelo. Para limpiar se ponía un vestido hecho trizas y no quería desprenderse de él: limpiaba con los labios metidos hacia dentro, en un gesto que deformaba su boca, como si esta, en vez de ser un medio de comunicación hacia fuera, le mandara mensajes internos a su cabeza. (p. 245)
En particular, cabe destacar que la desviación o la falta de adaptación de María no se trata de la ruptura metódica de las reglas establecidas, sino de una imposibilidad afectiva de adhesión a la imposición modernizadora que la devuelve constantemente al lugar de extraña o extranjera. Esto demuestra, en palabras de Ahmed (2024), la posibilidad de la desviación. De todos modos, su obstinación desafía conflictivamente el camino recto trazado por Domingo.
Mientras Domingo, específicamente, gestiona y se acomoda naturalmente al ritmo del desarrollo económico y personal –gestiona las mudanzas, los alquileres, el matrimonio con Teresa y las vacaciones en Mar del Plata–, María queda relegada al lugar de la necesidad de la corrección porque no se adecúa a lo esperado:
Convencer a María para que fuera a almorzar a la confitería del Once desempeñando el papel de hermana del novio fue ardua tarea para Domingo. Cuando la convenció –y ya era trabajo grande para María, que nunca había almorzado fuera de su casa–, vinieron los consejos de cómo debía comportarse delante de la que si Dios quiere sería su novia: debía ser sencilla, sin parecer una simple, simpática con prudencia y de postre que no pidiera manzana, porque hay que saber cortarla. (p. 250)
Su incorrección, a medida que avanza la novela, se visibiliza en el lenguaje, en los momentos de interacción y comunicación, y en la orientación hacia los nuevos objetos que dispone la modernización. Se visibiliza la inadecuación porque Domingo representa el orden y la dirección, ejerce presión sobre ella y busca, de forma posterior, una intervención médica. El control sobre lo que sucede con María evidencia, asimismo, que la desviación afectiva del recorrido trazado por la modernidad supone una amenaza.
3. Lenguaje e inadecuación
La cuestión del lenguaje se problematiza porque los cambios que traen las ciudades garantizan cruces con culturas disímiles. En Paso del Rey, la ciudad de origen en donde permanece el padre, había quintas “pobres y trabajadas por quinteros recién llegados de Italia: no hablaban castellano y no mandaban a los chicos a la escuela” (p. 273). El padre, en efecto, se expresa mayormente en italiano: sostiene una tradición de inmigrante que permanece ajena a los cambios que traen las nuevas generaciones de la familia. Por otra parte, Domingo y Teresa, quienes mantienen el proyecto de mudanza a la ciudad con más entusiasmo y dirección, se rigen por el uso formal del lenguaje y, como expresa la voz narrativa: “hablaban con mucha seriedad” (p. 252). De este modo, el castellano y la formalidad son adquisiciones que se alinean al sistema de valoración de la modernización: “Domingo y Teresa eran todo lo felices que se puede ser en este mundo” (p. 297).
María, por su parte, contrasta con el camino trazado por la pareja porque, si bien se mueve dentro de los mismos espacios, lo hace con la incomodidad suficiente como para generar una reacción agresiva. Además, no aporta ni participa de las conversaciones, no entiende el registro de las instancias de interacción ni los nuevos objetos que adquiere Domingo por su pertenencia de clase. Según Ahmed (2014), una experiencia de inadecuación puede referirse a cómo estar en el mundo con otros con los que se tiene una relación poco receptiva. No estar en sintonía o a “tono” con el resto ubica al personaje en un lugar de extrañeza. La obstinación de María que se niega a participar de los recorridos novedosos crea, así, su propia extrañeza frente al resto.
Si los extraños son los que aún no son miembros, entonces los extraños pueden convertirse en miembros si son voluntariosos de la manera correcta. […] aquellos que no se despojan de lo extraño podrían ser diagnosticados como obstinados, como los que se niegan a ceder. (Ahmed, 2024, p. 196)
Cuando Domingo lleva a María a conocer a Teresa a una confitería del Once, la voz narrativa manifiesta: “María no dijo otra cosa: estaba lejos de ellos en la mesa, su conversación no le llegaba” (p. 252). Además, en un viaje en auto que realizan, también comenta: “María se ubicó atrás, se sintió arrinconada, como si la hubiesen dejado de lado y ella misma se arrinconó más aún, estaba muy callada en un huequito” (p. 256). Cuando muere el padre, María no le cree a Domingo y se aleja: “María se retiró lejos, al fondo de la casa” (p. 290). La escasa participación en la conversación sucede al mismo tiempo que el relato de la distancia y de la extranjería, así como el relato de la extranjería sucede a la par que la distancia afectiva del enojo y la incomodidad.
Las escenas ejemplifican la manera en que, si bien María transita el mismo espacio que el resto de los personajes, si bien es convocada a conocer a la novia, a ser la madrina, a participar activamente del casamiento de Domingo, no comparte con el resto ni el lenguaje ni la oralidad. Su cuerpo queda relegado de la escena y pasa a ser una extraña frente a los objetos que los otros comparten armoniosamente y frente al resto, a quienes causa incomodidad. Solo habita el espacio de forma intercalada porque, si bien la familia se asienta de forma simultánea en varios espacios, su experiencia emocional se desvía de la del resto.
En este punto, en la narración de los detalles de escenas que parecen demasiado particulares para poner en evidencia los efectos de una migración interna, se expresan los efectos de la inadecuación: la voz y el cuerpo como soportes materiales de los cambios bruscos que impone la modernización.
En específico, el uso del lenguaje y la escucha incómoda delinean una cuestión similar. Sostiene Beatriz Sarlo (1996) que la relación con la lengua tiene connotaciones distintas en tanto sea una lengua adquirida o una lengua buscada: “la relación ‘mala’ o ‘buena’ con la lengua extranjera se define desde el origen: la biografía social e intelectual pone el marco dentro del cual se establece la legitimidad de una lengua” (p. 7). El padre, en la novela, usa los códigos de la lengua extranjera inmigratoria. La madre también, pero su inclinación inmigratoria sucede en la práctica –como quedarse en la cocina– antes que en la lengua:
la tía Copeta vino muy cariñosa a decirle a la madre por qué no hablaban un poco en italiano. Ella, que había olvidado hablar en italiano le dijo que sí, cómo no. Además la tía Copeta era de otra región y la madre se hacía la que entendía para terminarla de una vez, finíshela. (Uhart, 2019, p. 255)
Domingo se aleja del uso de la lengua extranjera heredada. Adopta los matices de la lengua castellana, la formalidad y la solemnidad del hablante de ciudad. Por su parte, María permanece en un territorio neutral. Se aleja de ambos extremos. Como argumenta Gorodischer (1996):
María nunca supo cuántas arañas de caireles había en la confitería, ni por qué Teresa decía ‘francamente’ y ‘justamente’ al principio de cada oración. Pero esas perplejidades y la adhesión de Domingo a las costumbres de los ingleses que regían el ferrocarril, la van llevando de la mano, poco a poco a una región propia y salvaje de la que nadie la puede traer de vuelta. (p. 286)
Su inadecuación lingüística puede pensarse en los términos que propone Sarlo (1996): “la pluralidad lingüística puesta en escena por la inmigración […] parecía una heterogeneidad conflictiva” (p. 7). No se trata de una diversidad deseable porque su cuerpo y la distancia afectiva que mantiene respecto del resto de los personajes expresan que está en conflicto: no se acomoda ni a la lengua italiana ni al registro formal de la lengua adquirida dentro del nuevo escenario urbano. En este punto, la migración, antes que pensarse en términos del correcto ascenso social familiar, se propone como un recorrido disperso en donde los distintos personajes mantienen inclinaciones afectivas propias, configurando, de este modo, la extrañeza característica de los relatos literarios sobre migraciones y Nación de principios del siglo XX, en sus propios términos.
4. Objetos y extrañeza
La inadecuación de María a los nuevos registros y su incapacidad de responder como lo hacen sus hermanos a los cambios la sitúan en un lugar incorrecto, pasible de ser intervenido. Domingo insiste en dirigir su rumbo, pero ella lo rechaza:
Dijo que María no se adaptaría a ninguna casa nueva, porque ya había cosas que desconocía en su propia casa vieja. Les ponía nombres extraños a las cosas comunes, como si fueran otras, ¿qué pasaría en una casa nueva, con todo desconocido? Ella se comprometía, con la ayuda de Dios, los medicamentos y con el auxilio de ese vecino piadoso (tan piadoso como su mentira en relación a la ayuda: Dios no castiga esas pavadas) a hacer esfuerzos para enderezarla. (p. 298-299)
María, en la medida en que avanza el cambio de localidad, cobra el matiz de la torsión. La metáfora espacial es significativa en este sentido, puesto que contrasta con la direccionalidad que impone Domingo, como representante de la movilidad ascendente. Sucede, por ejemplo, con los objetos:
Cuando los novios se fueron de viaje de bodas, el auto quedó parado en el garaje. María lo miraba de reojo y la madre pensaba en la inutilidad de ese animal parado; solo sería para juntar palomas que tomaban el techo del auto por pista de aterrizaje o como un remanso para bajar. (p. 264)
El hecho de “mirar de reojo” con cierta distancia o de “hacer esfuerzos para enderezarla”, en el relato, tiene que ver con sus nuevas percepciones corridas de la razón prevalente. María, a medida que avanza la narración, adopta cualidades paranoicas y teme a brujos aliados en su contra: “Era como María pensaba: los brujos de adentro estaban completamente aliados con los brujos de afuera” (p. 295). Asimismo, rechaza palabras específicas y sus prácticas (baldear las paredes, encerrar a las gallinas) resultan incómodas para el resto de los personajes, en cualquier escenario presente en la novela. La inadecuación a los nuevos espacios y la falta de dirección a la par de la modernización, paulatinamente, se inscriben en su propio cuerpo y construyen su extrañeza:
“Tut, parachín, tut, parachín”. Así sonaban las piedras que María oyó caer sobre el techo y se alarmó: no era un ruido corriente que hicieran piedras al caer, aparte nunca había oído caer nada sobre esa casa. Era un ruido a intervalos regulares, como sincronizado. No parecía el efecto de alguien que tira piedras, ya que cada pedrada sonaría en forma distinta: era un ruido organizado, producido por un agente inusual. No se podía percibir la intención del tirador. Se levantó a ver qué sería y todo a su alrededor seguía igual que antes; que todo siguiera igual que antes reforzó su miedo: todo el espacio cercano a ella era aliado de ese ruido, no le cupo ninguna duda de que ese ruido le estaba dirigido, por eso a la mañana siguiente no contó a nadie que oyó caer piedras, seguramente ella sola lo había oído. Eso sí: no quiso comer porque tal vez la comida estuviese distorsionada; es más: la comida se le aparecía como lejana e irreal y el ruido de las piedras como real y verdadero, a pesar de ser extraño. No comió y no durmió durante dos días seguidos, pero nadie le dio importancia a eso: correspondía a la tristeza propia del duelo. Al segundo día de insomnio y ayuno, desapareció el ruido de las piedras y apareció otra cosa. Ella desde la cama veía su imagen en el techo, como un ectoplasma. Eran dos: una María en la cama y otra en el techo. (p. 293)
Como se argumenta, si bien la extrañeza tiene que ver con la falta de direccionalidad externa hacia el cambio y la adquisición de lo moderno y la orientación afectiva incómoda hacia nuevos objetos, formas del lenguaje y personas específicas, se desplaza hacia sí misma y hacia los otros. Ocurre desde la alucinación hasta la paranoia, desde la incomunicación y la locura hasta la objetivación. Ella pasa de ser extraña y vivir con extrañamiento las nuevas experiencias modernas, a ser extrañamente observable para el resto:
–Esta casa es mía –dijo María–. Nosotros vivíamos antes aquí.
Ahí la señora Brown rumbeó un poco más y dijo:
–Ah, pero yo soy inquilina.
María, roja de ira, le dijo:
–No repita esa palabra.
La señora Brown rumbeó todavía más y con extrema cortesía le dijo:
–¿Quiere entrar para ver?
María vaciló: espió por la entrada del comedor. Alcanzó a ver el jardín desde ahí: el jardín era otro, el mismo comedor era otro. No quiso avanzar, le dieron ganas de llorar.
–Siéntese, siéntese –dijo la señora Brown.
No, no quería sentarse; quería irse; habían transformado su casa en otra; sabía que era su casa, pero era otra. Cuando se estaba por ir, la señora Brown le dijo al mayor, que se había acercado:
–George, la cámara.
–Te dije veinte veces que nos olvidamos de comprar rollo, ma.
Y mientras la señora Brown veía a María que se alejaba cansada, con sus flores en la mano, la cartera antediluviana y la revista bajo el brazo, con su absurdo vestido (fascinante, pensó), protestando con su voz de muchacha irritada, le dijo a George:
–Nunca está preparada la cámara cuando yo la necesito. (p. 323-324)
Al no poder adaptarse a los sucesivos cambios que atraviesan con las mudanzas, pasa de ser un agente que se encuentra con lo distinto a ser la diferente, fotografiada por su extrañeza. Su dirección a lo largo de la novela se presenta de forma oblicua e inconsistente. En la escena, la casa del inicio es habitada por gente ajena. Quien debe ser extraña –la señora Brown– pasa a formar parte de la normalidad y María, quien pierde, a causa de los movimientos y mudanzas, la cercanía con lo propio y la pertenencia del origen, pasa a ser una extraña, susceptible de ser fotografiada.
5. Conclusiones
En conclusión, en Mudanzas de Hebe Uhart, al narrar el movimiento de una familia hacia localidades urbanas a principios del siglo XX en la Argentina, se configura un estilo narrativo en donde priman las afecciones del cuerpo. La voz narrativa se sitúa en la presencia del detalle y de lo nimio, y en el relato de las acciones por encima de los pensamientos e ideologías.
En la novela, resulta distintivo cómo la migración se observa desde las particularidades de determinados personajes que transitan el espacio sin otorgar un sistema de valoración marcado por las opiniones, ideologías o juicios. Se destaca, sobre todo, cómo los afectos dibujan tanto las direcciones que toman como las valoraciones respecto del progreso, el ascenso social y la modernización.
Domingo y María presentan orientaciones distintas al cambio. Domingo, por su parte, representa el parámetro de la adecuación a la novedad: gestiona las mudanzas, los alquileres, se casa con Teresa, tiene una hija. Desde el inicio, decide, por la familia, mudarse para dejar de convivir con los animales y empezar a vivir “como la gente”. Traza la dirección recta hacia la vida en la ciudad desde la voluntad. Asimismo, no presenta complejidades ni se incomoda frente a los nuevos objetos: el auto, el ferrocarril, la vajilla, la confitería del Once o la cocina a gas; ni respecto del lenguaje o el uso de términos formales. Teresa y Domingo se mueven con una feliz facilidad.
María, por el contrario, traza un camino incómodo y representa la posibilidad de la desviación. A diferencia de la dirección recta que sigue Domingo, María transita la migración y el cambio de localidades de la familia a través del rechazo: se queda lejos, se aísla, no comparte las conversaciones, no se integra ni se adapta. Su obstinación mueve su cuerpo en contra de la linealidad del progreso hacia las ciudades. Se abstiene de los nuevos objetos, los mira con extrañeza y evita su uso. No entiende el lenguaje citadino de Teresa y termina paranoica, con prácticas extrañas e incómodas para el resto.
De este modo, se pone en evidencia que, si bien el extrañamiento comienza a la par que el recorrido de las mudanzas, su inscripción en el cuerpo y en el relato se debe a las desviaciones cometidas, principalmente, por María. La extrañeza, aquí, no se corresponde únicamente con la aparición de la otredad producto de la migración, sino con la forma en que el cuerpo toma orientaciones afectivas distintas a la pautada por la inevitable modernización. Mientras Domingo demuestra felicidad y consecución, María recorre los espacios con incomodidad e inadecuación, con rechazo y enojo. La dispersión obstinada que propone garantiza no solo la falta de adecuación a la expectativa, sino también, en conjunto con la ausencia de juicio de valor de los lugares de enunciación, permite la posibilidad de la desviación en un tipo de literatura de migración que trabaja, también, con la altisonante construcción de la Nación y la movilidad social.
Referencias bibliográficas
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*Carolina Rossini es Profesora y Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Actualmente se desempeña como becaria doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y de la Universidad Nacional de Hurlingham (UNAHUR). Sus líneas de investigación rondan la relación entre afectos y género en la obra narrativa de Hebe Uhart, Aurora Venturini y Ariana Harwicz.