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https://doi.org/10.30972/clt.299337
CLRELyL 29 (2026). ISSN 2684-0499
Universidad Nacional de Mar del Plata
Universidad Nacional de Mar del Plata
Recibido: 07/10/2025 - Aceptado: 30/10/2026
Resumen
¿Qué y cómo leemos cuando leemos con otros? ¿De qué manera la lectura compartida de textos literarios puede constituirse en una práctica de hospitalidad pedagógica y de desacople respecto de los modos hegemónicos de leer en la academia? En el marco de una serie de presentaciones desarrolladas en formato conversatorio para el Grupo de Apreciación Literaria de la Facultad de Filosofía y Letras, Sede Occidente, de la Universidad de Costa Rica, el presente artículo propone una lectura de textos de autores argentinos del boom latinoamericano –Borges, Bioy Casares, Castillo, Cortázar, Puig, Pizarnik y Ocampo– articulada en torno al amor y el desamor como modulaciones afectivas. Sostenemos que el conversatorio, en tanto espacio de encuentro con los textos desde la experiencia y la subjetividad del lector, habilita modos otros de construir sentidos colectivos más allá del claustro académico.
Palabras clave: literatura argentina; boom latinoamericano; enseñanza de la literatura; hospitalidad pedagógica
Abstract
What do we read–and how do we read–when we read with others? In what ways can the shared reading of literary texts become a practice of pedagogical hospitality and a detachment from the hegemonic modes of reading within the academy? Within the framework of a series of presentations delivered in a conversational format to the Grupo de Apreciación Literaria de la Facultad de Filosofía y Letras, Sede Occidente, de la Universidad de Costa Rica, this article proposes a reading of texts by Argentine authors of the Latin American boom–Borges, Bioy Casares, Castillo, Cortázar, Puig, Pizarnik, and Ocampo–organized around love and heartbreak as affective modulations. We argue that the conversatorio, as a space of encounter with texts from the reader's own experience and subjectivity, enables alternative ways of constructing collective meaning beyond the academic cloister.
Keywords: Argentinian literature; Latin American boom; literature teaching; pedagogical hospitality
1. Introducción
La posibilidad de repensar los modos de leer literatura –tanto en la intimidad del hogar como en la escuela y la universidad– nos invita a volver sobre ella en el tránsito de las letras, entendido como camino de ida a universos posibles de encuentro, interacción y, como consecuencia, significación del cosmos de lo inmediato en tanto conjuro de mundos posibles. La lengua como tal, desde el momento en que define, significa y confiere identidad, es sin lugar a dudas nuestro más valioso bien cultural: sostiene nuestra condición comunitaria toda vez que la realidad existe desde el momento en que podemos nombrarla en el encuentro con la otredad. De allí el juego-posibilidad de volver una y otra vez sobre las oportunidades que nos brinda desde la narración como significado y significante de la realidad inmediata (Bruner, 2013, 2015).
Nunca la denominación de un objeto precede al reconocimiento de este. Al contrario, la posibilidad de poner en palabras un elemento o suceso depende de la construcción empírica que se establece respecto de él desde la lengua. Es por ello que restituir el sentido de la experiencia a través de la narración, en este caso, no sólo permite una interacción con aquello del orden de lo subjetivo, sino que también facilita que emerjan sentidos otros que enriquezcan la mirada y resignifiquen la forma de concebir el presente. En este sentido, la lectura literaria constituye en sí misma una experiencia estética cuya continuidad con la vida cotidiana la convierte en fuente de conocimiento y transformación (Dewey, 1934; Merleau-Ponty, 1994) Apropiarse de dichos sentidos, aun en la intimidad del hogar o en el bullicio de la clase (como construcción personal y social a un tiempo), constituye la génesis de toda posible transformación. La independencia que se gesta en la muerte de los relatos hegemónicos a partir del nacimiento de narrativas dentro de las narrativas permite una apertura a nuevos modos de leer (Ludmer, 2015) y de ver (Berger, 2023), a nuevas formas de relacionarse con el mundo, de allí el placer de acoger lo que, aun siendo propio, se niega o desconoce, aquello que pone en tensión la vida misma y nos ayuda a crecer (Foucault, 2004). En este sentido, retomamos a Muñoz (2020) para pensar el amor y el desamor no como temas sentimentales sino como modulaciones afectivas de una futuridad posible: el afecto como resistencia a las normas hegemónicas que regulan el deseo, la identidad y la experiencia estética. Esto último reviste particular importancia en un contexto cada vez más globalizado y, sin embargo, dependiente de los modos aún coloniales de constituir significados (Dussel, 2016; Kusch, 2015). Siempre que contar una historia supone rescatar un recuerdo de lo profundo de la memoria como quehacer biográfico y narrativo, es también, a un tiempo, una práctica de la introspección por la que volver sobre nuestras raíces, sobre nuestras cosmogonías, sobre nuestra identidad latinoamericana:
La escritura es un acto propositivo que vuelve hacia el otro para que se complete su ficción, aun en lo incompleto de la lengua. La palabra de uno no acaba por delinearse hasta que sobreviene la palabra del otro: escribir es dejar que otros cierren por sí mismos la propia palabra de uno. (Barthes citado en Skliar, 2015, p. 140-141)
Es en este cerrar la palabra, entendido como la capacidad multi-significante de la narración, donde leer se transforma en una poderosa oportunidad de asumir una postura ontoepistémica respecto del relato de otro que necesariamente nos cambia: implica volver sobre un acontecimiento anclado en el pasado de manera tal que el juego de significantes posible ilumine al presente como conjunto de alternativas, como un estar siendo con las palabras (Carreter, 2023). Leemos para que lo escrito nos transforme, para despertar el conocimiento y la fantasía, la imaginación que todo texto encierra. Leemos para despertar la vida presente en un libro y para luego despertar nosotros a esa realidad a la manera del afable lector que Julio Cortázar construye en “Continuidad de los parques” (1964).1 Toda obra literaria se construye en la convergencia del efecto y la recepción: lo social no se manifiesta en el texto, se reproduce activamente en la performatividad del conflicto (Han, 2021). La literatura refleja la forma en que el discurso de la ideología se hace cargo de los acontecimientos sociales, lo que nos pasa, marca la evaluación propia de la conciencia colectiva. Toda vez que, en tanto experiencia satisfactoria, provoca el deseo de seguir leyendo, deviene en un pasaje de ida.
Es en ese espíritu que el siguiente artículo recupera una serie de presentaciones desarrolladas en formato conversatorio para el Grupo de Apreciación Literaria de la Facultad de Filosofía y Letras, Sede Occidente, de la Universidad de Costa Rica – espacio que opera aquí no como mero contexto sino como condición de posibilidad de la lectura que proponemos.
2. Lecturas posibles: una hermenéutica de la interacción
En La invención de la soledad (2012), una novela de sesgo autobiográfico respecto de la resonancias gestadas alrededor de la muerte de su padre, Paul Auster reflexiona sobre la condición humana y la mortalidad como excusa, quizás, para volver sobre la aventura de narrar entendida no como un simple ejercicio académico, sino como catarsis, como redención: el juego entre la vida y la muerte presente en el relato, lo narrado como oportunidad de habitar una segunda piel, de convocar a un otro (aún en uno mismo) para hacer que al menos algo suceda aún en la oralidad.2 Luego dicha oralidad nos convoca a la reconstrucción de la realidad inmediata desde un mirar otro, curioso, amable, incluso hospitalario –en el sentido de apertura radical al otro que propone Skliar (2015)–, no ya como reproducción mecánica, sino como ejercicio de detenerse en el detalle, de evocar aquello que nos asiste e interpela.
Ahora bien, como creación, los relatos dan por sentado la plena libertad artística: libertad para construir desde una historia que también se elige vivir y recordar. Se trata de un ejercicio constante y engorroso, hermenéutica de interacciones posibles sumergidas en una forma de mirar: la introspección (Eco, 1993; Piglia, 2005). Contar historias, por lo tanto, es tratar de entender lo extraño, es dar una razón a aquello que nos ha interpelado: contamos lo que vale la pena contar (Bruner, 2013). Si la cultura de lo hegemónico prescribe lo habitual en favor de los modos coloniales de concebir lo inminente, la narrativa, por el contrario, busca dar coherencia a la adhesión personal a aquello que nos seduce desde la identidad, desde nuestro sentir latinoamericano (Quijano, 1992; 2000). Narrar es transgredir el canon obligado de lo mal llamado habitual, es construir desde un lugar propio más allá de lo prescripto, lindante con las propias cosmogonías (Litwin, 1998; 2016; Rivera Cusicanqui, 2018). Es, ante todo, conformar el ideario personal en íntimo encuentro con lo comunitario ya que toda cultura sobrevive de acuerdo con su capacidad de resolver las discrepancias aún hacia dentro de sí; allí, memoria e imaginación constituyen un oficio necesario entre ese pasado que se reconfigura como quehacer de creación y sentido. Reconstruir el ayer es reinventar el mañana en el devenir fáctico de un presente eterno, es crear mundos posibles donde lo familiar, lo próximo a nuestro universo de significación, nos abstrae de la sofocante realidad y nos tienta con un sinfín de posibilidades que trascienden lo usual y redefinen el hábito (Auster, 2012).
Por otra parte, volver sobre tales relatos a través de la lectura –tanto en la intimidad del hogar como en la escuela y la academia– nos reúne alrededor de un fuego metafórico cuya lumbre nos invita a repensar juntos los modos de transitar las letras de manera tal de que estas supongan un camino de ida a universos posibles de encuentro e interacción con esa otredad que nos interpela y define, aún nuestra propia condición de latinoamericanos. Para Jorge Luis Borges, la lectura era una de las inefables formas de la felicidad (2007), para Eduardo Galeano (2016), el modo último de que algo efectivamente suceda, para Roland Barthes (2007), el lugar por el que la estructura (ideológica y represiva) sangra. Urge, entonces, preguntarnos en nuestra condición de lectores y promotores de la lectura, cómo interactuamos y respecto de quiénes ejercemos ese privilegio, en términos del quehacer performativo propio de los espacios literarios (Han, 2015).3 Luego, leemos para que lo escrito nos transforme, para rescatar el conocimiento y la fantasía encerrados en el texto. Leemos para cuestionar, discutir, encontrar sentidos otros: leemos para despertar a la vida.
3. El Boom Latinoamericano
Para contextualizar brevemente las lecturas sugeridas en la presentación inicial del conversatorio que gesta luego el presente escrito, es menester definir aunque más no sea desde los bordes aquello que entendemos por Boom Latinoamericano. En tanto tal, fue un fenómeno literario surgido entre las décadas del 60 y 70 que supuso el aflorar de las narrativas latinoamericanas y su difusión por el mundo entero. Signados por sendos contextos sociales y económicos a su vez complejos e inestables, el leitmotiv de este grupo de autores radicó en la oportunidad de representar sus respectivas cotidianidades mediante relatos en los que el desafío de las convenciones literarias, la fusión entre la ficción y lo real, lo folclórico, la duda constante respecto de los límites de lo verosímil, lo extraño como cotidiano, son moneda corriente. La voz otrora silenciada de todo un pueblo se expresa libremente en las páginas de cuentos y novelas que surcan nuestra condición latinoamericana con igual frescura y brutalidad.
Ahora bien, ¿por qué el boom dentro del boom? Porque el análisis que sigue propone una lectura de autores argentinos articulada en torno a un eje específico: las vicisitudes del amor y el desamor como modulaciones afectivas que atraviesan sus obras y que, en el marco del conversatorio, operaron como punto de encuentro entre los textos y la experiencia de los lectores. No se trata, entonces, de un recorrido exhaustivo por la literatura argentina del período, sino de una invitación a la lectura compartida como quehacer de encuentro con nuestras propias emociones y con la otredad que nos interpela (Ogeda Guedes y Ribeiro, 2019): un mirar otro en la curiosidad de las formas próximas.
4. De amores y otras yerbas. Borges, Castillo, Cortázar, Pizarnik y Puig: el boom dentro del boom
Disertar sobre las vicisitudes del amor, y por consiguiente del desamor, en las letras argentinas es, ante todo, un intento de estructurar lo imposible: los textos que siguen no son otra cosa que sugerencias cordiales sobre lecturas otras que, aun desde la argentinidad más notoria, dan cuenta de esa forma de vivir la vida que nos atraviesa y define. Su lectura compartida no tiene otra aspiración que la del encuentro con uno mismo que entraña, a un tiempo, el encuentro con esa otredad con quien compartimos el aula, no ya según las dinámicas intrínsecas al claustro, sino como espacio vital; puertas abiertas a la hospitalidad. Así, lo que antes era un ámbito de promoción de la lectura deviene en mediador, docentes y estudiantes, lectores; y los libros, un camino de ida hacia universos de posibilidad.
En Las versiones homéricas, Jorge Luis Borges (2007) nos dice: “El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio” (p. 280). Como autor, él creía que un texto no se agota en sus múltiples traducciones, sino por el contrario es en ellas donde se convierte en un viaje a la eternidad, un documento de los avatares a los que el acontecer de la posteridad somete a todo escrito: la vida misma y sus oportunidades también infinitas. Dada la naturaleza performativa de la narración, quizás lo definitivo no sea aquello que supo alguna vez contar sobre los hermanos Nilsen, sino la ocasión de volver una y otra vez sobre el relato como una forma de entender los sentidos detrás del sentido: “En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba” (Borges, 1970, p. 25). Para ellos, forjados en la cruda dureza del arrabal, la Juliana no es otra cosa que un objeto concebido para el goce del hombre. Transgredir los límites de ese goce es, ante todo, una concesión que no están dispuestos a negociar. La humillación de sentirse atravesados por algo más que la práctica conciencia del sobreviviente los empuja hacia los bordes de un final inevitable; la víctima, una mujer indefensa, el victimario, la espuria invocación del vínculo sagrado entre hermanos: “Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla” (Borges, 1970, p. 28). El amor, en Borges, no redime ni libera, sino más bien somete y destruye. Que ese amor se nombre apenas, que exista en la vergüenza y el silencio, dice quizás más sobre las estructuras patriarcales que lo rodean que sobre los propios hermanos Nilsen. Volver sobre este relato en el conversatorio fue, en ese sentido, una oportunidad de preguntarse en qué medida esas estructuras siguen siendo las nuestras.
Si en Borges el amor existe entre la vergüenza y el silencio, en Bioy Casares adopta otra forma igualmente oscura: la de la trampa. En El lado de la sombra (1962), Adolfo Bioy Casares nos convida a “Cavar un foso”, un relato oscuro en el que discurre tras los caprichos de una pareja exiliada de la gran ciudad que se obsesiona por sostener a como dé lugar su libertad amorosa y financiera. Desde el comienzo, la relación entre los protagonistas está atravesada por una asimetría que el narrador presenta con calculada neutralidad: ella seduce, él obedece; ella decide, él ejecuta. El amor, en este universo, no es un vínculo entre iguales sino una geometría del poder en la que uno de los dos siempre lleva las de perder. “A menudo la conciencia de las propias limitaciones es una sabiduría triste” (Bioy Casares, 1969, p. 55), nos dirá tiempo después el autor en Diario de la guerra del cerdo; hacia el final del relato, el pobre Raúl Arévalo lo aprenderá por las malas. Lo que hace particularmente inquietante a Bioy Casares es la elegancia con que narra la crueldad: no hay villanos explícitos, no hay momentos de quiebre dramático, solo la acumulación silenciosa de pequeñas traiciones que van configurando un final inevitable. El deseo, en sus relatos, siempre promete más de lo que puede dar, y esa promesa incumplida es precisamente el mecanismo por el cual el amor se convierte en trampa. En ese territorio oscuro donde el deseo se confunde con la posesión, “Cavar un foso” instala una pregunta que no tiene respuesta cómoda y que el conversatorio no eludió: ¿hasta dónde puede llevar el amor cuando el miedo a perder se vuelve más poderoso que el amor mismo? Este relato permite gestar una discusión que trasciende el texto, los lectores son capaces de reconocer en esa geometría del poder formas propias del deseo contemporáneo, vínculos en los que la libertad proclamada encubre dependencias más profundas y difíciles de nombrar.
Esta lógica se ve radicalizada en la obra de Castillo, en sus relatos el deseo adolescente opera sin ninguna conciencia del daño que produce. Los relatos de Las otras puertas (1961) dan cuenta de un Abelardo Castillo veedor de una época de transiciones políticas y sociales. A través de su pluma, los cuentos de este libro son una invitación a umbrales otros en los que la condición humana se muestra sin artilugios ni prejuicios: en “Hernán” y “La madre de Ernesto”, los protagonistas son jóvenes sin escrúpulos atravesados por el deseo que no reparan en daños con tal de salirse con la suya. En el primero, la víctima es una gastada profesora de Literatura, en el segundo, la madre ausente de uno de ellos. Castillo no juzga ni redime a sus personajes: los expone en su brutalidad cotidiana y deja que sea el lector quien se incomode. Ese deseo adolescente, crudo y sin contemplaciones, fue en el conversatorio una puerta inesperada hacia una discusión más amplia sobre los límites difusos entre el amor, la manipulación y el daño que nos hacemos unos a otros sin siquiera advertirlo.
En Castillo el daño es deliberado y el deseo opera sin conciencia del otro, mientras que en Cortázar el daño es producto del exceso de cuidado: la familia miente porque ama, y en esa mentira construye una realidad paralela que termina siendo más verdadera que la verdad misma. “La salud de los enfermos” (Cortázar, 1966) narra el trabajoso acontecer de una familia obsesionada por la salud de la matriarca: el hijo favorito muere en un trágico accidente y cada uno hará lo imposible para que mamá no se entere. El amor filial aparece aquí en su forma más paradójica: como práctica colectiva de la mentira piadosa, como cuidado que al mismo tiempo suprime y protege, como devoción que no sabe distinguirse del miedo. Cortázar construye con una precisión quirúrgica el retrato de una familia que ama tanto que es capaz de sostener una ficción entera para no destruir a quien más quiere. Lo notable del procedimiento cortazariano es que la mentira no es un acto de cobardía sino de amor: cada miembro de la familia asume su parte de la ficción con una dedicación que roza lo heroico. En ese sentido, el relato pone en crisis la oposición entre verdad y mentira, entre cuidado y control: ¿es posible amar sin ejercer alguna forma de poder sobre el otro? ¿El cuidado puede existir sin la vigilancia que lo sostiene? El amor, aquí, no es ausencia de violencia sino su forma más sofisticada –la que se ejerce con ternura. Este relato tiene la potencia de suscitar algunos debates: ¿hasta dónde el cuidado puede volverse una forma de control? ¿Qué implica sostener una ficción colectiva en nombre del amor? Esas preguntas, lejos de cerrarse en el texto, se prolongan en la experiencia de los lectores, que pueden reconocer en la familia cortazariana sus propias formas de amar y callar, sus propios silencios piadosos, sus propias verdades guardadas en nombre de quien más quieren.
Puig lleva esa dimensión colectiva del amor a su forma más radical: la celda como único espacio posible de libertad. El beso de la mujer araña (Puig, 1976) narra el devenir cotidiano de dos presos, recluidos en una misma celda por motivos diametralmente opuestos. Molina, homosexual y preso por corrupción de menores, y Valentín, acusado de subversión, conviven en una cárcel cualquiera mientras matan el tiempo con minuciosas reseñas de películas, reflexiones políticas y una atmósfera de sentimientos encontrados respecto del amor. Automáticamente prohibida en Argentina por el gobierno militar de turno, la novela se ha convertido en una lectura obligada para comprender la mirada del autor sobre su propia militancia. En el espacio más inhóspito posible, Puig construye una forma de vínculo que desafía las categorías con las que solemos pensar el deseo y la solidaridad: el amor como acto de resistencia, como la única forma de libertad que dos cuerpos encarcelados pueden todavía ejercer.
Pizarnik, en cambio, no encuentra en el otro esa posibilidad de resistencia compartida: su afecto es solitario, fronterizo, sostenido al borde. En “Cenizas” ([1958] 2014), el amor y la muerte se entrelazan hasta volverse indistinguibles: la voz poética no encuentra en el otro una salvación sino un espejo de su propia fractura, un abismo que fascina precisamente porque nombra lo que la vida cotidiana prefiere callar. Pizarnik escribe desde un lugar donde el deseo no redime sino que expone, donde amar es ante todo una forma de reconocer la propia incompletud. En ese sentido, su poesía opera en las antípodas del amor romántico que promete plenitud: lo que ofrece, en cambio, es la lucidez dolorosa de quien sabe que el otro no puede salvarla y elige nombrarlo igual. La singularidad de Pizarnik en este corpus reside en que su escritura no busca comunicar una experiencia sino habitarla: cada poema es menos una representación del amor que un acto de amor en sí mismo, un gesto de entrega hacia un lenguaje que también la traiciona. El suicidio quizás no sea otra cosa que un cuchillo sin filo al que le falta el mango, escribiría alguna vez la autora. Fiel a su convicción, Pizarnik atentó con éxito contra su vida en 1972 a los 36 años. Sus poemas nos permiten atisbar, ocultos detrás del umbral de su tortuosa vida, las oscuras pasiones que atormentaban su alma en constante pena. Aún en la tristeza de sus versos, la delicadeza manifiesta detrás de cada palabra nos convida a reconfigurar los sentidos respecto de los cuales pensamos nuestro mundo. Es aquí donde el diálogo con Muñoz (2020) resulta productivo: si la futuridad antinormativa implica sostener el deseo aun cuando el presente no lo habilita, Pizarnik lo lleva al límite –su poesía es el registro de ese sostenimiento imposible, de una subjetividad que persiste en el afecto precisamente porque no encuentra lugar en las formas hegemónicas de amar y existir. En el conversatorio, “Cenizas” fue quizás el texto que más silencio produjo: no el silencio del desconcierto sino el del reconocimiento. Leer a Pizarnik con otros es descubrir que hay formas de la experiencia afectiva que solo la poesía puede nombrar, y que ese nombramiento, por sí solo, ya es una forma de resistencia.
Ocampo comparte esa lucidez sobre el deseo, pero encuentra en la escritura lo que Pizarnik buscó en vano: una forma de emancipación. En el tomo III de Autobiografía, La rama de Salzburgo (2006), Victoria Ocampo escribe sobre ese que fue el gran amor de su vida. A la distancia en el tiempo, escribe sobre Julián y sobre esos años de dicha furtiva y peligrosa desde un quehacer propio donde aquello del orden de lo íntimo y privado, más allá de ese juego casi perverso con lo público y sus prejuicios de época, no deja de ser tal: escribe asumiendo un pacto que ante todo es un pacto consigo misma, escribe la verdad que le pesa y en la narración descarga las lágrimas durante mucho tiempo guardadas. El silencio implícito, impuesto por su contexto inmediato –las antiguas institutrices, su padre, su esposo, la criada celosa de sus deberes morales– y por las estructuras sociales del momento, era un tormento que necesitaba exorcizar a través de la escritura. Ella misma lo explica: “Dije que escribía por escribir (…). Dije que escribía para aliviarme, y porque me gustaba escribir” (Ocampo, 2006, p. 54); “¿Qué palabras, qué caricias hubieran podido derribar ese muro carnal que a él me unía y de él me separaba a la vez? ¿Qué vocabulario me hacía falta para lo que me acongojaba?” (Ocampo, 2006, p. 64). Esa congoja, largos años resguardada, se traduce en preguntas hechas no ya a un confidente sino a sí misma a través de su propia narración. La corporeidad representada en estos escritos es, de alguna manera, un grito de rebelión respecto de aquellas corporeidades que la clase patricia argentina de principios de siglo y sus aspiraciones cosmopolitas supieron conseguir. Esa Victoria criada por institutrices francesas que le transmitían hasta el mínimo detalle del deber ser en sociedad necesitaba rebelarse contra esa estructura social manifiesta en el mandato paterno y extender sus límites tanto más allá como sus infinitos recursos –físicos, económicos e intelectuales– se lo permitieran. Así, relata cómo, durante años, vive en las sombras una vida que, tras el fingido respeto a las normas de la época, a su familia y en menor medida a su sagrado voto matrimonial, está plagada de aventuras de todo tipo: de las intelectuales, pero también de las corpóreas. En su amor pasional por Julián, construye un yo tan pleno de rebeldías y caprichos que esa Victoria original ya no puede ser reconocida: emerge mucho más rica de saberes, vivencias, recuerdos. De todos los textos del conversatorio, la autobiografía de Ocampo es quizás el más perturbador en su honestidad: una mujer que elige escribir la verdad de su deseo como acto de liberación, y que en esa escritura descubre que el amor puede ser, al mismo tiempo, sometimiento y emancipación.
5. Conclusiones
Somos el tiempo […].
Somos el agua, no el diamante duro,
la que se pierde, no la que reposa.
Jorge Luis Borges
Tiempo. Presos de un eterno presente, el juego por el cual la narración evoca un pasado inmediato nos enfrenta a la posibilidad de construir nuestro futuro como la suma de ambos: lo hecho y lo que queda por hacer. Para Borges (1994), el tiempo es en gran medida la razón primera del discurrir filosófico; el devenir del agua, entonces, aparece en su pluma como la metáfora por excelencia: como el tiempo, esta fluye sin detenerse hacia futuros insondables. Como tal, nunca es la misma.
Bajo ninguna circunstancia la denominación de un objeto precede al reconocimiento de este. Al contrario, la posibilidad de poner en palabras un elemento o suceso depende de la construcción empírica que se establece respecto de él desde el lenguaje (Merleau-Ponty, 1994). Restituir el sentido de la experiencia a través de la narración no sólo permite una interacción con aquello del orden de lo subjetivo, sino también facilita el emerger de sentidos otros que enriquecen la mirada y resignifican el presente. Apropiarse de dichos sentidos, aún en la intimidad del hogar o en el bullicio de la clase (como construcción personal y social a un tiempo), constituye la génesis de toda posible aventura lectora.
La narración y la lectura son, a un tiempo, percibir y significar. Aún en las pasiones del amor y el odio, la narración supera la emoción, la asiste, la estructura desde una subjetividad necesaria, eje del saber social, comunitario. Somos en las posibilidades ilimitadas de la interacción artesanal que supone el encuentro de la escritura con la vivencia como productora del saber, somos en la búsqueda de caminos alternativos de indagación y comprensión de lo cotidiano. Descubrir en los márgenes gastados de las hojas de un libro cualquiera tantas vidas como la vida misma implica encontrarse frente a frente con la oportunidad de repensar las dinámicas del estar siendo como conjuro: horizontes de posibilidad. Estos, a veces, solo a veces, a la manera de un registro de sangre alfabético nos convocan desde una simple historia, presta para construir puertas-puentes hacia la utopía.
Entonces, jamás seremos el agua que reposa indiferente en un estanque perdido en la inmensidad de la pampa. Somos la que se pierde en el devenir incesante, tortuoso, del río como evocación al infinito posible que es la oportunidad de narrar. Creemos en la utopía no como aquello del orden de lo imposible, sino como la reposición de lo que no está, como el estímulo constante que nos invita a continuar. Luego, los recuerdos del amor, quizás de la vida misma, a la manera de los Cronopios de Cortázar (2010), deambulan sin criterio alguno por los pasadizos del corazón, aún del alma. Nos susurran cosas al oído, nos conversan en los momentos más inoportunos, nos estremecen, nos interpelan. Y ahí va uno, caminando por la calle a través de ese espacio entre los espacios que es la vida misma, ese hueco cotidiano que, en el recuerdo, nos roba, casi imperceptiblemente, una sonrisa; y comprendemos, entonces, que bien vale la pena el proceso de lo vivido. O, en palabras del propio Borges, leído. En el mejor de los casos, el conversatorio –ese espacio de hospitalidad pedagógica donde los textos y los lectores se encuentran fuera de los modos hegemónicos del claustro– nos regala exactamente eso: el contagio de las ansias de leer, de sentir, de seguir buscando en las letras aquello que la vida a veces no alcanza a decir.
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*Jonás Bergonzi Martínez es Doctor en Educación por la Universidad Nacional de Rosario (UNR), Especialista en Docencia Universitaria por la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP) y Profesor de Lengua y Literatura por el Instituto de Formación Docente Nº19 (ISFD Nº19). Se desempeña como docente de la asignatura Problemática Educativa (Departamento de Ciencias de la Educación, Facultad de Humanidades, UNMdP). Integra el Grupo de Investigaciones en Educación y Estudios Culturales (GIEEC-CIMED) y el Grupo de Investigación “Estudios Antropológicos” (CESyS), ambos de la UNMdP. Es docente de Literatura en la E.E.S. N°5 “Nicolás Avellaneda” (Dirección General de Cultura y Educación, Mar del Plata).
**Geraldina Goñi es Profesora de Inglés y Especialista en Docencia Universitaria por la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP). Actualmente, está cursando el Doctorado en Ciencias Sociales de la UNMdP. Es docente de la asignatura Problemática Educativa (Departamento de Ciencias de la Educación, UNMdP) y de la asignatura Discursos Escritos (Departamento de Lenguas Modernas, Facultad de Humanidades, UNMdP). Integra el Grupo de Investigaciones en Escenarios y Subjetividades Educativas (GIESE-CIMED, UNMdP).
El relato –en el devenir tortuoso de dos historias que quizás sean una sola– es una invitación a repensar cómo la literatura es un juego constante de posibilidades que sostienen sentidos propios y a la vez ajenos, una convocatoria a reescribir el mundo personal aun en la individualidad comunitaria.↩︎
Para el autor, el profundo dolor que produce la inexplicable y repentina ausencia de uno de nuestros progenitores no encuentra consuelo más que en el cobijo de los recuerdos. Allí, la literatura emerge como una posibilidad de mantener la vida aún en la memoria, en el detalle de los recuerdos: lo vivido como un estar-siendo en la eternidad.↩︎
El exceso de virtualidad propio de esta época pone de manifiesto la fragilidad de la condición humana ante ciertas eventualidades. El carácter performativo del hecho literario reside, entonces, en su capacidad de poner en tensión la realidad no ya desde el exceso de comunicación y consumo sino desde la resistencia a ello. Así, el estar-siendo en la lectura posibilita la conformación de un ente paralelo donde deshabitar la vorágine insensible de lo cotidiano (Han, 2017) y habitar dicha fragilidad como oportunidad a la manera de grieta entre las grietas, de surcos de construcción y consolidación de sentidos otros.↩︎