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https://doi.org/10.30972/clt.299337
CLRELyL 29 (2026). ISSN 2684-0499
Universidad Nacional de Mar del Plata / Instituto de Investigaciones sobre Sociedades, Territorios y Culturas / Centro de Investigaciones sobre Archivos y Lenguaje
correo: mbgrisolia@gmail.com
Recibido: 26/08/2025 - Aceptado: 26/11/2025
Resumen
Este trabajo analiza la construcción discursiva de la identidad bilingüe en dos novelas editadas recientemente –Una familia bajo la nieve (2021) y La interlengua (2023)–, en diálogo con expresiones de su autora, Monica Zwaig, compartidas durante una entrevista. En las distintas secciones del trabajo, analizamos cómo la identidad del desarraigo de las protagonistas de ambas novelas (que son también sus narradoras) se configura en relación con la(s) lengua(s) materna(s), la(s) lengua(s) extranjera(s) y la interlengua. Concluimos que, en las novelas de Zwaig, la identidad bilingüe de los personajes se construye como un proceso que escenifica el desarraigo, la ambivalencia y la complejidad de su estar en el mundo.
Palabras clave: lengua materna; lengua extranjera; interlengua; literatura
Abstract
This paper analyzes the discursive construction of bilingual identity in two recently published novels –Una familia bajo la nieve (2021) and La interlengua (2023)– in dialogue with statements made by their author, Monica Zwaig, during an interview. In the various sections of this paper, we analyze how the identity of uprootedness experienced by the main characters of both novels (who are also their narrators) is configured in relation to their mother tongue(s), foreign language(s), and interlanguage. We conclude that, in Zwaig’s novels, the bilingual identity of the characters is constructed as a process that dramatizes uprootedness, ambivalence, and the complexity of their being in the world.
Keywords: mother tongue; foreign language; interlanguage; literature
En ese umbral entre lenguas quedó mucho que no pudo pasar, y eso hizo de ese pequeño espacio uno inmenso y profundo. Pasé allí días perfectos.
Alejandra Kamiya
1. Introducción
En estas páginas presentamos fragmentos de una entrevista con la escritora, actriz, dramaturga y abogada Monica Zwaig, en diálogo con un análisis de sus dos novelas publicadas hasta el momento, Una familia bajo la nieve (2021) y La interlengua (2023).
La entrevista tuvo lugar en el ciclo Hablemos de…, un espacio de conversación con escritorxs impulsado por el Departamento de Letras de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP) junto a organizaciones de docentes y graduadxs,1 el 9 de mayo de 2025. Monica Zwaig, nacida en Francia e hija de argentinxs, llegó al país a los 26 años, por unos meses, y se quedó a vivir. Su primera novela, Una familia bajo la nieve, fue publicada en 2021; La interlengua apareció apenas un par de años más tarde, en 2023, ambas editadas por Blatt y Ríos. Junto a Félix Bruzzone, es autora y actriz de la obra Cuarto Intermedio. Guía práctica para juicios de lesa humanidad, la cual han representado por más de seis años bajo la dirección de Juan Schnitman. La conversación duró casi una hora y media. Aquí, retomamos algunas de las muchas reflexiones que surgieron a lo largo de la charla, especialmente aquellas vinculadas al lenguaje y las lenguas.2
Las dos novelas publicadas por Monica Zwaig introducen la voz de narradoras, protagonistas de sus textos, que nacieron y vivieron en Francia la mayor parte de su vida hasta que llegaron al país de sus progenitorxs, Argentina, lugar en el que decidieron quedarse aún sin dominar el español. Una familia bajo la nieve es una novela estructurada en tres partes: la primera está conformada por 25 capítulos en los que la narradora, Harmonica, cuenta en primera persona escenas de su historia familiar (marcada por el exilio de sus padres en Francia consecuencia de la dictadura militar) que culminan con su decisión de viajar a la Argentina; la segunda parte consiste en un diario de Harmonica, fechado entre mayo y octubre de 2012, ya en el país; finalmente, la tercera y última parte de la novela narra, siempre en primera persona, uno a uno los siete días que pasó con su madre de visita en Argentina. La interlengua, por su parte, cuenta en trece capítulos la historia de Amanda, una francesa que vive en CABA hace 10 años y que empieza un curso de italiano en el CUI, el Centro Universitario de Idiomas de la UBA. Ambos libros ponen en primer plano problemas lingüísticos: la lengua materna, la identidad bilingüe, la interlengua –como queda muy claro en el título de su último libro. Amanda, una de las narradoras, dice:
Yo sé que mi lengua materna es el castellano porque mi madre me hablaba en ese idioma los primeros meses de vida, pero después se pasó al francés porque ya se manejaba mejor y para facilitar mi integración en la sociedad. No importa si su francés estaba plagado de errores y con acentos. Mi lengua materna fue una lengua desarraigada, una lengua rota, una lengua interrumpida. La lengua que no entendés existe igual, hay que tomarla en cuenta. ¿La lengua materna es la que uno escucha ni bien nace o también hay que saber hablar ese idioma? ¿Se puede tener dos idiomas maternos por más que no se entienda a los dos? Tener dos lenguas, una que entiende y otra que no entiende, es también ser bilingüe. No sabía con quién hablar de todo esto. (Zwaig, 2023, p. 47-48)
En el ámbito de las ciencias del lenguaje, la categoría lengua materna ha sido revisada en los últimos años (Miazzo, Zapico y Domínguez, 2022). En términos simples, la llamada lengua primera, lengua materna o lengua nativa es “la que se aprende en primer lugar durante la infancia” (Moreno Fernández, 1998, p. 211) y que “normalmente deviene instrumento natural de pensamiento y comunicación” (Centro Virtual Cervantes, 2025). En este marco, bilingüe es la persona que “además de su primera lengua, tiene una competencia en otra lengua y es capaz de usar una u otra en cualquier circunstancia con parecida eficacia” (Moreno Fernández, 1998, p. 212). Estas definiciones son problematizadas en el fragmento citado de La interlengua, en el que la narradora formula interrogantes que ponen en tensión la idea de una lengua materna (¿se puede tener dos idiomas maternos?) y el supuesto de que dicha lengua es instrumento de pensamiento y comunicación (al plantear la posibilidad de tener un idioma materno que no se habla y no se entiende), al tiempo que afirma que el bilingüismo no necesita de una competencia parecida en ambos sistemas lingüísticos (en tanto “tener dos lenguas, una que entiende y otra que no entiende, es también ser bilingüe”). La ficción funciona, en ambas novelas, como un lugar relevante para hablar del lenguaje y la identidad, y para mostrar la complejidad que atraviesa a sujetos que habitan entornos multilingües. En este sentido, la autora menciona durante la entrevista que lo que le parece interesante del ámbito de la literatura es que, en ella, “no es todo negro o blanco. No está solo el bien y el mal. Y ahí está justamente lo que me interesa de la literatura. Porque la literatura es justamente algo que está en el gris. Está en los matices”. Esto justifica el hecho de presentar la ficción como un lugar adecuado para pensar temas complejos y para proponer interrogantes cuyas respuestas no son unívocas, algo que a Monica Zwaig le interesa particularmente: promover espacios para desarrollar, en sus propias palabras, “la capacidad de complejizar juntos”. Así, desde esa “zona gris” de la literatura, se permite abordar categorías y problemas lingüísticos complejos a través de personajes que consiguen representar dicha complejidad.
En las próximas secciones, analizaremos cómo se construye, en ambas novelas, el vínculo entre lengua(s) materna(s), identidad(es) y bilingüismo, y cómo se representa, en ese contexto, el aprendizaje de una lengua extranjera, recuperando no solo fragmentos representativos de ambos textos, sino también algunas de las intervenciones de su autora en la entrevista citada.
2. Lengua(s) materna(s) e identidad
El vínculo entre lengua(s) e identidad ha sido, y sigue siendo, objeto de investigación de las ciencias humanas, en términos generales, y de las ciencias del lenguaje, en términos particulares.3 “Que la lengua hablada por cualquier persona forma parte de su identidad es cosa bien sabida y mil veces testimoniada a lo largo de la Historia” (párr. 1), decía Moreno Fernández en 2004. En el mismo sentido, Pfleger (2018b) señala que
La lengua o las lenguas que se usan en las interacciones tienen un efecto innegable para la construcción de esa identidad porque mucho de lo que somos y quiénes somos se construye a través de mecanismos conceptuales-simbólicos, mediados por y codificados en el lenguaje. La identidad se construye a la par con nuestra lengua materna o identitaria que sirve de instrumento de vinculación, creación de sentido y de valor existencial primario. (p. 11)
Block (2018), por su parte, destaca la “necesidad continua y constante de problematizar lo que entendemos por identidad” y enfatiza, en este sentido, la importancia de concebirla como “un proceso social en curso, y no un producto determinado y fijo” (p. 34). El vínculo entre lengua(s) e identidad es recuperado por las narradoras de Zwaig, de quienes puede decirse, tomando las palabras de Sylvia Molloy (2016), que viven entre lenguas: el español, la lengua de sus padres, y el francés, la lengua del país en el que nacieron y crecieron. En las novelas sobrevuela permanentemente la pregunta por la identidad de sus protagonistas, identidad asociada al (des)arraigo –no solo geográfico, sino también, lingüístico. Amanda afirma, con mucha contundencia, que “no se puede ser la misma persona en dos idiomas” (Zwaig, 2023, p. 86) y que “cambiar de idioma es cambiar de identidad” (Zwaig, 2023, p. 87). Molloy (2016) se pregunta, en la frase con la que cierra su libro Vivir entre lenguas, “¿En qué lengua soy?” (p. 29). Harmonica responde esa pregunta para sí misma: “el carré es francés, el flequillo es argentino. Soy las dos cosas” (Zwaig, 2021, p. 114). La identidad se construye, así, a partir de las lenguas: el verbo ser, en esa primera persona singular que define la identidad de la narradora protagonista de Una familia bajo la nieve, tiene como predicativo tanto la pieza léxica que pertenece a la lengua francesa, carré, como el ítem que forma parte de la lengua castellana, flequillo. Se construye discursivamente, así, una identidad entre dos lenguas, una identidad bilingüe.
Con relación a su propia experiencia, la autora señala durante la charla que lo que buscaba, al momento de escribir su primera novela, era
hacer una novela sobre el desarraigo, pero que lo trate desde el lugar del idioma. O sea, era eso lo que quería hacer: quería que la lengua sea la que explica lo que pasa cuando uno cambia de país, pero que sea realmente desde el lugar de la lengua. Porque uno lo puede explicar de muchas maneras. El cuerpo, por ejemplo. Pero en este caso buscaba transformar la lengua en un protagonista.
Definitivamente, la lengua tiene un papel protagónico en ambas novelas: esto se observa tanto en los temas abordados (la relación problemática con el español como lengua materna, el aprendizaje de una lengua extranjera) como en la escritura misma. Se introduce, con mucha sutileza, una voz narradora que no es totalmente extranjera –porque escribe sobre cuestiones muy caras a nuestro país y utiliza palabras y expresiones muy propias de la variedad rioplatense de español, como mostraremos más adelante–, pero que tampoco es argentina. Sobre esto la autora cuenta que, al escribir Una familia bajo la nieve,
necesitaba que el personaje sea una francesa que vive en Argentina y que empezó a aprender el idioma de grande para justificar la forma de la escritura. Y eso para mí era una limitación. Porque yo no me sentía capaz de escribir como una argentina que se hubiese criado acá toda la vida. Sentía como que iba a sonar falso, poco verosímil. Y lo viví como una limitación, realmente. Y La interlengua, después, iba a ser una francesa en Argentina que aprende italiano (…) Había algo de lo cultural que me preocupaba porque, si bien están esas expresiones muy porteñas, yo siento que mi estructura me la dio Francia y el francés. Entonces siento muy difícil de encontrar el lugar desde dónde escribir. Me cuesta mucho encontrar desde dónde voy a escribir ahora. Y me lo pregunto todo el tiempo, todo el tiempo.
En estas palabras de Zwaig resuena la contratapa de su primer libro: la publicación se presenta ante sus posibles lectorxs como “una hermosa novela francesa escrita en argentino”. La tensión entre el español y el francés se construye en escenas que muestran cómo se va configurando la identidad de las narradoras-protagonistas de ambas historias a partir de dificultades que involucran unidades de los distintos niveles lingüísticos: “Por más esdrújula que sea, mi nombre no lleva acento en castellano, porque fui anotada en Francia y los nombres no se deben traducir” (Zwaig, 2021, p. 13), dice Harmonica. Primer desafío para la ortografía española, no tildar un nombre propio (nombre propio que tiene, además, un papel crucial en la definición de la identidad, pues con él nos presentamos ante el mundo) cuya acentuación es esdrújula. Amanda, por su parte, cuenta:
Yo también le mentí a mucha gente sobre mi identidad. Hasta el día de hoy me queda ese miedo de que los taxistas descubran que soy de otro país y aprovechen para dar vueltas más largas. Depende mucho de la calle a la que tenga que ir. La mentira peligra si tengo que ir a la calle Jean Jaurés, Bonpland, Pedraza o Castro Barros (…) Era el día de mi cumpleaños. Iba a cenar a un restaurante de la calle Gorriti. (Zwaig, 2023, p. 63-64)
A la ortografía, se suman las dificultades en la pronunciación de las vibrantes simples y múltiples –“la palabra masacre se pronuncia prácticamente igual en francés y en español. Salvo, claro está, por esa maldita erre”, decía Molloy (2016, p. 36)– que “delatan” la identidad extranjera (o, al menos, no nativa). También el léxico es fuente de confusiones que afectan las relaciones interpersonales, como se observa en los siguientes fragmentos:
Una vez le dije que era un caradura pero lo que en realidad quería decir era cabeza dura. Confundí las palabras cabeza y cara y ni me di cuenta del error. Él me preguntó: “¿Yo soy un caradura?”. Y le dije: “Sí”. Mucho tiempo después, incluso después de su muerte, entendí la diferencia entre las dos expresiones y eso me impidió dormir. (Zwaig, 2021, p. 132)
La palabra “boluda” parece inofensiva. Hasta que vine por primera vez a Argentina pensaba que se aplicaba solo a mí porque era la forma favorita que usaba mi madre para hablar conmigo. No podés ser más boluda porque no tenés tiempo, me decía, y yo lo vivía como el insulto más grave del planeta y me parecía misterioso el vínculo entre el tiempo y la boludez (…) Por eso cuando una nueva amiga me dijo boluda por primera vez sentí un gran desconcierto. (Zwaig, 2023, p. 77)
En la primera cita, Harmonica recuerda una interacción con su abuelo hispanohablante, a quien no había querido calificar como sinvergüenza, sino, apenas, como testarudo. Tal confusión deriva del intercambio del sustantivo “cara” por “cabeza”, en el contexto de palabras compuestas combinadas con el adjetivo “dura” que, una vez advertida, la hace perder el sueño. En la segunda, Amanda cuenta que no entendía por qué su amiga le decía “Boluda, tené cuidado”, tratándola de una “manera tan despectiva” (Zwaig, 2023, p. 78), cuando intentaba contarle sus problemas –sin reconocer que la forma boluda/o no siempre es un adjetivo usado para desacreditar a la persona a la que se aplica (como lo usaba su madre). Funciona también como vocativo y tiene una función fática, de modo que resulta una “variante de ché –no de tonto/ tonta– y de otras formas para llamar la atención” (Raiter, 2022, p. 100). Entre los fragmentos citados, es relevante mencionar que las dificultades lingüísticas aparecen, como vemos, con relación al nombre propio de la protagonista de la novela, al día de su cumpleaños y enmarcadas en interacciones con seres queridos (abuelo, madre y amiga), todos factores que tienen un papel crucial en la construcción de la identidad social (Pfleger, 2018b).
En este mismo sentido, aparecen escenificados otros problemas pragmáticos, por ejemplo, con el alcance del tuteo –cuyo uso está mucho más extendido en la variedad rioplatense de español (Rigatuso, 2000) que en francés:
Cuando era chica me llevé una confusión grande la primera vez que vine a Argentina y escuché que tuteaban a mi padre en todos los negocios. Tengo grabado el matambre arrollado y el carnicero que le decía a mi viejo: está muy tierno, te va a encantar. No sabía que era una costumbre, había llegado a la conclusión de que mi viejo tenía vínculos muy fuertes con mucha gente antes de irse. (Zwaig, 2023, p. 96-97)
Esa colección de desencuentros lingüísticos, que se revelan –como muestran los ejemplos anteriores– a través de problemas ortográficos, fonológico-fonéticos, léxicos, morfológicos y/o pragmáticos, construyen una relación problemática con la lengua de la madre (y del padre). Las protagonistas de Zwaig viven estos problemas con el español, con su lengua materna [“la lengua materna es la lengua de la madre”, dice Amanda (Zwaig, 2023, p. 78)], como conflictos de identidad vinculados al desarraigo consecuencia del exilio familiar: “Para mí era una cuestión de honor ya, no tener arraigo. Era más que una forma de vivir, era una identidad” (Zwaig, 2023, p. 127). Ese desarraigo se expresa a través de la lengua: del desconcierto ante las palabras de su madre, estando en Francia; del desconcierto frente al tuteo en la relación vendedor–cliente, estando en Argentina.
3. El aprendizaje de una lengua extranjera
La relevancia de las lenguas en ambas novelas se observa no solo en la tensión de las protagonistas con su(s) lengua(s) materna(s), el español y el francés, sino también en la relación de los personajes con el proceso de aprendizaje de lenguas extranjeras. En el ámbito de la lingüística aplicada y la enseñanza de lenguas, interlengua se denomina al sistema lingüístico que una persona que estudia una segunda lengua desarrolla mientras aprende. La noción fue acuñada por Selinker (1972) y, a pesar de su antigüedad, no ha dejado de tener una enorme productividad en el ámbito de la enseñanza y el aprendizaje de lenguas segundas y extranjeras (Brown, 2021). La interlengua es, entonces, ese sistema lingüístico que se desarrolla mientras se aprende una lengua y que no es ni la lengua de la que partimos ni la lengua meta, que se busca aprender. Esta interlengua es una representación de la lengua meta (la lengua que se está aprendiendo), influenciada por la lengua materna de quien aprende y por sus conocimientos previos.4 Zwaig destaca la interlengua al elegirla como título de su segunda novela, que relata la historia de Amanda y su aventura de aprender italiano, viviendo en Argentina y habiendo nacido y crecido en Francia. Se trata de un texto repleto de reflexiones lingüísticas que involucran distintas lenguas: hay múltiples referencias al vocabulario, la gramática, la pronunciación, la ortografía y la proxemia del italiano (cfr. Zwaig, 2023, p. 13, 25, 51, 52, 81, 138), el español (cfr. Zwaig, 2023, p. 17, 73, 85, 123), el francés (cfr. Zwaig, 2023, p. 19, 85, 131), el alemán (cfr. Zwaig, 2023, p. 51, 81, 110) y el inglés (cfr. Zwaig, 2023, p. 131). En la novela se representan, además, todos los elementos involucrados en la enseñanza de lenguas: las actividades de clase (y las reacciones a esas actividades), el libro de texto, los y las docentes, los exámenes, los compañeros, las compañeras, el grupo, los motivos. Todo ese universo es excusa y vehículo para reflexionar sobre cuestiones complejas: una vez más, las lenguas, la identidad, los vínculos. La novela puede ponerse en diálogo con un texto de Tania Dick –publicado en 2024 por Bosque energético– que la propia Monica menciona en el transcurso de la entrevista: Diario de una aprendiz de señas.5 También en ese texto una narradora en primera persona describe de un modo muy genuino el vértigo que significa lanzarse a la aventura de aprender una lengua: “Me inscribo [en el curso de lengua de señas]. Quizá lo hago de manera arrebatada. Me inscribo en un movimiento, siguiendo algo que se despliega pero que no entiendo del todo: el impulso por nombrar las cosas de nuevo”, dice la narradora de Dick (2024, p. 9). Ambos textos pueden leerse como descripciones etnográficas de la clase de lengua extranjera que, aunque ficcionadas, no dejan de ser representaciones auténticas. En las páginas de La interlengua queda muy claro que aprender una lengua es mucho más que aprender una gramática y un vocabulario: aprender una lengua es indefectiblemente conocer una cultura otra y, en ese proceso, es cuestionar e interrogar, también, la propia lengua y la(s) propia(s) cultura(s) (Kramsch, 1993; Corbett, 2003; Liddicoat, 2006). Este movimiento de extrañamiento frente a la propia lengua aparece también vinculado a la construcción de la identidad, en tanto “la identidad es siempre algo construido con el otro y frente al otro (…) depende siempre de un “otro” que nos hace ver diferencias y similitudes con nosotros mismos” (Pfleger, 2018b, p. 13, destacado en el original). Estudiar una lengua extranjera siempre conduce a mirar con otros ojos la propia lengua; en ese proceso, lo ordinario se transforma en extraordinario, experiencia que se materializa en la lectura de los libros de Zwaig: dicho extrañamiento es contado por sus personajes, pero es también experimentado por lxs lectorxs al (re)descubrir características formales y usos típicos de su lengua materna, y/o de las otras lenguas referidas en las novelas a través de los ojos de personajes-hablantes no nativos.
En sintonía con la idea de interlengua, las novelas de Zwaig ponen en primer plano el error, un elemento ineludible en la clase de lengua extranjera que, además, se interpreta como fundamental para que se produzca el aprendizaje (Blanco, 2002). El estudio de los errores, en general, y su vinculación con la interlengua, en particular, posee una larga tradición en el ámbito de la enseñanza, el aprendizaje y la evaluación de lenguas segundas y extranjeras (Fernández López, 1995; Vázquez, 2009; Muñoz Muñoz, 2021; solo por citar algunas referencias). Fernández López (1995, p. 204) señala que el error es “paso obligatorio, indicio y estrategia en el proceso de aprendizaje, proceso que pasa por una serie de estadios o ‘interlengua’ hasta llegar a la lengua meta”. El error es inevitable. Esa centralidad se recupera en ambos textos de Zwaig. La portada de La interlengua incluye una serie de imágenes seguidas de la palabra que les corresponde en italiano (el famoso vocabolario), la lengua que aprende la protagonista, y, en muchas de ellas, aparecen distintos tipos de tachones para remarcar la presencia del error. Dicha presencia es recuperada en múltiples instancias de la novela, entre ellas las siguientes:
Creo que es por eso que me dejó con estas palabras: hablás mal. Era verdad que hablaba con acento, que a veces no encontraba las palabras, a veces no entendía lo que decían él o los otros. ¿Hablar con acento es hablar mal? (Zwaig, 2023, p. 52)
De vez en cuando me pide que le hable de mi colega Rodrigo, porque sabe que no puedo pronunciar bien ese nombre, porque dos “r” en un nombre es algo ridículo. (Zwaig, 2023, p. 59)
Las preposiciones que indican el origen y el lugar son siempre un motivo de error para mí pero no podía prever que algunos adjetivos de nacionalidad (Francia, China o Canadá) se terminan en “e” sin importar el género, como si fuese un lenguaje inclusivo de la identidad nacional. Los demás también se equivocaron en su presentación. (Zwaig, 2023, p. 62)
En la novela se alude explícitamente a errar, a “hablar mal”, a equivocarse; como vemos, se narra la frustración que se siente cuando, a veces, no se encuentran en una lengua las palabras necesarias para compartir los significados que se quieren expresar o no se es capaz de interpretar un chiste o de pronunciar un sonido determinado. También la narradora de Diario de una aprendiz de señas (Dick, 2024) se detiene en esta cuestión cuando reflexiona: “Estoy en la zona del error, como una traductora buscando lenguaje. En la zona que cruza de una lengua a otra” (p. 12). Esa zona de cruce es, precisamente, la interlengua, y una de sus características es el error. La narradora protagonista de La interlengua afirma que “aprender un idioma es inevitablemente errar” (Zwaig, 2023, p. 7) y elogia a la artista italiana Raffaella Carra “por haber logrado insertarse así en los programas de tele de otros países, con su acento y sus errores” (Zwaig, 2023, p. 146). La elogia, precisamente, por lo que la hace única, esa interlengua que le es propia. Durante la entrevista, le preguntamos a la autora cómo se llevaba con el error y cómo manejó dicha presencia durante el proceso de edición de sus textos. Sobre eso nos contó, entre risas, que le “corrigieron muchos subjuntivos”. Y recordó que en una oportunidad habían corregido tan prolijamente el texto que ella misma decía “la narradora no puede hablar tan bien. Algunos los tenemos que volver a poner mal”, justamente porque la identidad de esa narradora-personaje se construye desde la interlengua que presupone, como decíamos antes, instancias de errores –no solo con la lengua extranjera que aprende (el italiano), sino también, con la lengua de su madre y de su padre (el español). La autora contó, respecto del nacimiento de sus narradoras protagonistas, Harmonica y Amanda, que la construcción de personajes que narran su historia desde la tensión con las lenguas –que heredaron, que adquirieron, que aprenden– era una necesidad. La identidad del desarraigo se construye en ese vínculo con la(s) lengua(s) y con la interlengua. Y la interlengua presupone error, por eso los errores debían estar representados.
4. La identidad del desarraigo
Con relación a la representación del error en la ficción, la narradora de Una familia bajo la nieve dice: “hace 5 años que estoy en Argentina, sigo hablando mal y tengo el corazón roto” (Zwaig, 2021, p. 109). Los errores que aparecen en el uso de la lengua de ambas narradoras, ilustrados mediante los ejemplos citados en las secciones anteriores, están vinculados a la construcción de una identidad del desarraigo: los usos –que presentan construcciones agramaticales, en algunos casos, o incorrectas, en otros–6 escenifican esa identidad porque, en palabras de Alejandra Kamiya (2025), construyen un estar desde afuera a partir de la lengua.7 Las mismas narradoras que cuentan que tienen problemas con la erre y vacíos de palabras, que hablan permanentemente de historias de –lo que ellas llaman– fracasos lingüísticos, emplean una gran cantidad de vocabulario y de expresiones rioplatenses,8 que aparecen de manera muy orgánica en sus discursos, como “las cosas importantes se dicen de un tirón, como se saca una curita” (Zwaig, 2021, p. 97), “para nosotros fue un balde de agua fría” (Zwaig, 2021, p. 76), “Moreau nos dio una mano grande” (Zwaig, 2021, p. 69), “en mi casa no me daba para preguntar” (Zwaig, 2021, p. 38), “nos hicimos los boludos” (Zwaig, 2021, p. 73), “me enojaba conmigo misma por ser tan cortamambo” (Zwaig, 2023, p. 98), “había que cortar por lo sano” (Zwaig, 2023, p. 121), “el carnicero le decía a mi viejo: está muy tierno, te va a encantar” (Zwaig, 2023, p. 96), “te deja en Pampa y la vía” (Zwaig, 2023, p. 45), “el horno no está para bollos y estoy con pocas pulgas” (Zwaig, 2023, p. 133), entre muchas otras. Sobre esta última expresión, la autora recuerda durante la entrevista el desconcierto que ella misma sintió cuando una amiga argentina le envió un correo electrónico diciendo
‘hoy no vamos a cenar, estoy con pocas pulgas’. Ese y ‘el horno no está para bollos’ [risas]. ¿Qué es esto? O sea, no tenía idea de lo que me estaba hablando. No tenía idea. Realmente, yo creo que si hay capacidad de asombro, está bueno mantenerla. Que pase por el idioma, que pase por otras cosas. Pero me parece que es un lindo motor para crear algo.
Ese motor de la extrañeza la llevó a construir lingüísticamente la identidad ambivalente de estos personajes que, por un lado, explicitan todos los vacíos y problemas que tienen con el español y, por otro, emplean expresiones que usaría una argentina de Buenos Aires. La ambivalencia, sostiene Block (2018), constituye un elemento clave en la formación de identidad. En sus palabras, es
el estado afectivo de la incertidumbre de sentirse a la vez parte de y aparte de lo que rodea a uno, en que los sentimientos de pertenencia y la exclusión, comodidad e incomodidad, y el amor y el odio existen simultáneamente. (p. 38)
Si la lengua es un lugar, ese lugar nuevo del migrante se construye desde la ambivalencia de una nueva lengua en la que Amanda, por ejemplo, no entiende del todo el significado de las cábalas del fútbol (de hecho, las interpreta como TOC) o traduce literalmente la expresión francesa se casser les dents sur (cuyo significado, en español, podría formularse como “fracasar”), pero utiliza naturalmente expresiones rioplatenses como te deja en Pampa y la vía, según se observa en el siguiente fragmento: “¡Cuántas veces mis amigas y yo nos rompimos los dientes sobre uno de estos italianos que te invita a comer pastas y después de deja en Pampa y la vía!” (Zwaig, 2023, p. 45).9 La construcción discursiva de la ambivalencia –de ser parte de lo que la rodea y, al mismo tiempo, sentirse excluida– no solo afecta la relación de Amanda con el español, sino también, con el francés: menciona explícitamente ese temor a estar, pero desde afuera, cuando vuelva a su país de origen, Francia, temor que se configura, una vez más, a partir de la lengua. En palabras de Amanda: “una vez hice un listado de palabras en francés que me representan y que al usarlas poco me hace perder un poco mi identidad” (Zwaig, 2023, p. 85) o “me olvido de las palabras. Un día voy a volver a Francia y no voy a saber hablar con mi familia” (Zwaig, 2023, p. 91). A propósito de la construcción discursiva de la identidad, Pfleger (2018a) señala que
Definir lo que es identidad (en singular) resulta ser una tarea imposible y poco fructífera. Lo que nos queda es estudiar el constructo complejo de la identidad en los múltiples discursos que a lo largo de la vida tejen un universo de significación alrededor de un ser humano, significándolo no solamente en su autoconcepción, sino también en su relación con otros en ambientes específicos. (p. 8)
Cuando esos “múltiples discursos que tejen un universo de significación alrededor de un ser humano” involucran dos sistemas lingüísticos, la identidad se construye definitivamente entre dos lenguas, entre dos culturas, entre dos historias lingüísticas.
En el caso de las novelas de Zwaig, la identidad del desarraigo está relacionada, como dijimos, con el exilio consecuencia de la migración a Francia de lxs padres de las narradoras-personaje, Harmonica (Una familia) y Amanda (La interlengua), en el contexto de la última dictadura militar que sufrió la Argentina. Block (2018) señala que el estado de ambivalencia se vuelve
particularmente fuerte cuando uno se ve obligado por determinadas vicisitudes de la vida (en particular las relacionadas con el cambio de un lugar a otro) (…) a vivir en un constante estado de tensión (a menudo inconsciente) inducido por la constante necesidad de negociar posicionamientos. (p. 38-39)
Esa es la situación de los padres de las protagonistas de ambas novelas, situación que ellas mismas heredan, como se advierte en la siguiente escena de Una familia bajo la nieve, en la que Harmonica discute con su madre:
–¡Mamá, es un tupper lleno de tierra!
Ella quiso explicarme: para sanar un exilio muy doloroso, hay que tragar tierra. (…) Le dije que era un asco comer tierra de ese lugar. Entonces me dijo:
–Así no vas a resolver nunca tus problemas de desarraigo. (Zwaig, 2021, p. 178-179)
El destierro, el cambio de lugar forzado, implica cargas emocionales (ligadas al abandono abrupto de su país), físicas (asociadas al clima, por ejemplo), pero también, y principalmente, lingüísticas. La traumática situación de sus padres, de haber tenido que aprender una lengua (el francés) en un campo de refugiados, es una presencia constante sugerida con distintos grados de sutileza en ambas novelas, como se observa claramente en el siguiente fragmento de Una familia bajo la nieve (novela cuyo título remite directamente a este hecho):
ellos habían tenido que aprender el idioma una vez allá, bajo la nieve. Es de las pocas cosas que contaba mi papá sobre esa época. Todo lo demás lo tenía que descubrir (...) conseguí una pasantía en una asociación que trabajaba temas de dictadura y los recientemente reabiertos juicios de lesa humanidad. Me hice pasar por una europea que quería conocer el tercer mundo y sus dictaduras. También llevaba un disfraz de detective en la valija.
En mi mochila tenía un diccionario para aprender el español. No era un idioma totalmente desconocido para mí. Había escuchado a mamá de vez en cuando y también a Julio Iglesias. Conocía la palabra “boludo” pero no entendía la expresión “la puta que te parió” a pesar de haberla escuchado de la boca de mi madre todas las veces que dejaba escapar al perro o cuando volcaba un vaso sobre la mesa. El español era un poco mi lengua materna y por eso me daba miedo (…) sentía que aprender el español iba a ser como subir una montaña con los pies enyesados. (Zwaig, 2021, p. 102-103)
La historia familiar, y la historia argentina que subyace, está atravesada por la lengua: por haber tenido que aprender un idioma nuevo en un centro de refugiados, en el exilio, bajo la nieve; por haber elegido volver al país del que tuvieron que exiliarse sus padres a completar los vacíos de una historia, con un diccionario de español en la mochila. “Yo en unos días volveré a Argentina, que ya no sé cómo nombrar. Ya no sé si es mi país, o su país” (Zwaig, 2021, p. 114), el país de su madre, dice Harmonica. En la lengua, en la imposibilidad de decidir el posesivo (¿corresponde la primera persona o la tercera?) se materializa el desarraigo, de la madre –que tuvo que abandonar su país de origen consecuencia de la dictadura– y de la hija –que abandonó por elección su país de nacimiento para buscar esa parte de la historia familiar que no pudo conocer de sus progenitorxs.
Es importante mencionar, sin embargo, que las dos novelas, a pesar de aludir a temas complejos y difíciles, no dejan de ser divertidas. El humor caracteriza la búsqueda de Monica Zwaig, como señala en varios momentos de la entrevista (y como se deja ver en algunos de los fragmentos citados en las secciones anteriores): “El humor en general es algo que me gusta mucho y que está muy presente en mi vida desde muy chica”. En este mismo sentido, cuando le preguntamos por el epígrafe de su primera novela, el verso icónico del pop I will survive (“sobreviviré” en español), dice:
la novela tiene personajes que son sobrevivientes. En realidad, son todos casi sobrevivientes de alguna manera. A mí me gusta esa figura del sobreviviente como para reflexionar, porque me parece que hay muchas formas de agarrar esos personajes. Y la canción me parece que le da también una liviandad al tema. Y es también lo que estaba buscando porque el sobreviviente no está todos los días diciéndose ‘soy un sobreviviente’, ‘tengo que sobrevivir’. Bueno, hay un momento donde hay que dejarse vivir. Y también me gustaba sacarle la solemnidad al tema. Y me gusta la referencia a la música pop.
La reflexión lingüística y, a través de ella, la reflexión sobre la migración y el exilio, no dejan de lado el humor, la ironía, el sarcasmo y el pop. En los textos de Zwaig, el pop y el humor sostienen con frescura la existencia compleja de personajes que sobreviven –al exilio y los traumas de la dictadura–, pero que también viven –historias de amor, amistades profundas, complicidades con extraños, “romances con lenguas romance” (Zwaig, 2023, p. 134).
Comentarios finales
La lengua materna, la interlengua y la identidad bilingüe son temas clásicos de los estudios lingüísticos. Monica Zwaig, abogada, actriz y escritora, se permite abordarlos desde la literatura, a partir de personajes que representan la complejidad de los entornos multilingües, en términos generales, y de la identidad migrante, en términos particulares: las dificultades lingüísticas, y los errores que muchas veces devienen de ellas, configuran –en las novelas de Zwaig– una identidad del desarraigo. Es desde las lenguas –la lengua materna, la interlengua, la lengua extranjera– que se configuran las identidades bilingües, complejas y ambivalentes de las protagonistas de ambas novelas, que son, además, sus narradoras. La búsqueda de construir una novela del desarraigo desde la lengua es señalada explícitamente por la autora de ambos textos en la entrevista citada. En las distintas secciones de este trabajo, buscamos mostrar cómo se construye dicha búsqueda a partir del análisis de algunos fragmentos clave de sus novelas.
Como comentario final, queremos resaltar la importancia de las ficciones –de esa manera “absolutamente particular de conocer” que es la literatura (Bodoc, 2024, p. 18)– que permiten contar esos lugares intermedios, esas zonas grises de la interlengua, las lenguas en movimiento y la identidad bilingüe, en un mundo en el que, por motivos diversos, la población migrante es cada vez más voluminosa y hay cada vez más sujetos bilingües y en dónde, consecuencia de lo anterior, los escenarios de lenguas en contacto son cada vez más frecuentes (Fishman, 2001). Las novelas de Monica Zwaig vienen, junto a muchos otros textos, a cubrir esa necesidad.
Referencias bibliográficas
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*María Belén Grisolía es Profesora en Letras por la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMdP) y Doctora por la Universidad de Buenos Aires (UBA) en el área Lingüística. Se desempeña como Profesora Adjunta en las materias Lingüística I y II del Departamento de Letras (Facultad de Humanidades, UNMdP) y como docente a cargo de Lingüística y Gramática III en el Instituto Superior de Formación Docente N°19 de Mar del Plata. Durante más de diez años cumplió funciones, además, como Jefa de Trabajos Prácticos y Profesora Adjunta en las materias Gramática I y II del Departamento de Letras (FH, UNMdP). Es investigadora categorizada en el Programa de Incentivos a la Investigación. Ha participado en numerosos proyectos de investigación cuyos resultados han sido compartidos en reuniones científicas nacionales e internacionales y en diversas publicaciones. Desarrolla estudios sobre pragmática, cortesía, análisis del discurso, lingüística sistémico-funcional, lenguaje inclusivo de género y ELSE.
La actual gestión del Departamento de Letras, conducido por la Dra. Agustina Ibañez en la Dirección y la Esp. Mariana Domínguez en la Secretaría, impulsa este ciclo de charlas que tiene, hasta el momento, dos años de antigüedad. El ciclo ha contado con la presencia de escritorxs de la talla de Ariana Harwicz, Guillermo Saccomanno, María Teresa Andruetto y Carlos Gamerro, solo por nombrar algunas de las muchas personalidades que participaron recientemente del evento. La entrevista a Monica Zwaig fue moderada por la Prof. Keila del Fiore, graduada de nuestro Departamento, y por la autora de este texto.↩︎
La entrevista fue grabada en formato mp3, con el consentimiento de la autora, y tiene una duración de 1 hora 2 minutos. Fue pasada, primero, por un programa estándar de transcripción de audio a texto (Word) y luego se corrigió manualmente. La transcripción es ortográfica, para facilitar el seguimiento de la lectura. En este texto, seleccionamos algunas de las respuestas de la autora, específicamente aquellas relacionadas con la reflexión en torno a las lenguas, la identidad y la literatura. Es importante explicitar que la entrevista es inédita. La autora leyó la primera versión de este trabajo y contamos con su autorización para publicar dichas respuestas.↩︎
Cfr. Fishman (1995 [1972]), Labov (1980 [1972]) y Gumperz (1982) como referencias fundacionales en el ámbito de la sociología del lenguaje, la sociolingüística variacionista y la sociolingüística interaccional, respectivamente. Para una revisión histórica de los estudios dedicados a la categoría “identidad” en el ámbito de la lingüística aplicada ver Block (2018).↩︎
Uno de los profesores de italiano de Amanda define la interlengua de una manera mucho más coloquial, y directa. Dice “[la interlengua] es este periodo de no entender, de no tener las palabras para nombrar los sentimientos y las cosas. No se asusten, bánquensela” (Zwaig, 2023, p.14). La última frase marca claramente que se trata de una parte ineludible del camino: todo aprendizaje de una lengua involucra ese tránsito, dinámico y en constante desarrollo, que se recoge técnicamente en la noción de interlengua.↩︎
Monica Zwaig cuenta en la entrevista que, junto a Tania Dick, hicieron una performance: “quedamos en que queremos seguir trabajando para armar algo performático juntas sobre el aprender idiomas”.↩︎
Las construcciones que no siguen las propiedades formales intrínsecas de un sistema lingüístico se evalúan como agramaticales; la incorrección califica a aquellos usos que la normativa (definida por autoridades lingüísticas reconocidas como tales por una determinada comunidad hablante) recomienda evitar.↩︎
El texto de Alejandra Kamiya al que nos referimos (y al que pertenece el epígrafe elegido para este artículo), Estar desde afuera, forma parte del libro La lengua es un lugar, editado por Gris tormenta en 2025. En dicho texto, Kamiya habla de su relación con la lengua japonesa.↩︎
Resaltamos en bastardilla palabras y expresiones típicas de la variedad rioplatense de español.↩︎
Amanda traduce literalmente la expresión francesa se casser le dents sur como nos rompimos los dientes sobre (cuando, en rigor, su significado aproximado podría formularse como nos sentíamos frustradas con).↩︎