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Whigham, Casal, and Ramírez Braschi: LA CUESTIÓN DE PERSPECTIVA EN LOS ORÍGENES DE LA GUERRA DEL PARAGUAY. UNA CONVERSACIÓN ENTRE THOMAS WHIGHAM, JUAN MANUEL CASAL Y DARDO RAMÍREZ BRASCHI



Los profesores Thomas Whigham, Dardo Ramírez Braschi y Juan Manuel Casal tienen experiencia laboral de varias décadas, tanto en la investigación como en la actividad académica, en particular en todo aquello que hace a la historia sudamericana del siglo XIX. Siguiendo los diversos proyectos elaborados, se puede constatar que han explorado decenas de archivos y colecciones documentales en varias bibliotecas de América y Europa, y publicaron sus hallazgos en diversos libros y artículos de revistas científicas. Sin embargo, hay que decir que quedan sin resolver numerosos misterios y acertijos, insertos en la trama de la historia del subcontinente, los que aún no han sido explicados y mucho menos resueltos. Un tema que comparten los tres historiadores es la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), y el impacto de la misma sobre la sociedad platense. Los autores reconocen la importancia de la contienda y admiten que hay mucho aún que no ha sido clarificado, comenzando, por supuesto, con los orígenes, es decir, ¿cómo se inició el conflicto armado y cuáles fueron los factores que se destacaron para comprender aquellas primeras instancias? Recientemente, los tres investigadores decidieron en consuno publicar un escrito en forma de diálogo, desde sus respectivos países, utilizando la tecnología hoy a disposición, iniciando un intercambio de opiniones sobre el modo de tratar la cuestión. Los resultados fueron los siguientes:

Whigham

Buenas noches, Dardo. Buenas noches, Juan Manuel. Me gustaría comenzar nuestra conversación esta noche recordando un episodio de cuando yo era un niño, tal vez de diez años. Estaba sentado alrededor de la mesa con mi hermano y mi padre una noche de invierno. Acabábamos de terminar nuestra comida y mi madre se había ido a una habitación contigua y, por alguna razón -que ahora no recuerdo- empezamos a hablar de la denominada segunda guerra mundial.

Mi padre había sido un veterano de ese conflicto y tenía mucho para charlar. En algún momento, sin embargo, mencioné que la guerra había comenzado en 1939 y tanto mi hermano como mi padre se volvieron bruscamente hacia mí y me preguntaron de qué estaba hablando. Según ellos, todos sabían que la segunda guerra mundial había comenzado el 7 de diciembre de 1941, cuando los japoneses atacaron la flota estadounidense en Pearl Harbor. Pues, en esos días, yo era un gran lector de enciclopedias e insistí en que no: la guerra había comenzado en 1939. Continuaron mirándome desconcertadamente lo que parecía indicar que debía estar un poco errado en mi apreciación. Así que me levanté de la mesa, fui a la sala familiar y saqué el volumen de la enciclopedia que allí encontré para la letra "W" (por World War II). Luego les mostré que allí, en negritas, el libro indicaba que la guerra había comenzado en septiembre de 1939, cuando los alemanes atacaron Polonia, un acto que inmediatamente provocó la declaración de guerra de Gran Bretaña y Francia. Según esta forma de ver las cosas, la agresión japonesa a Pearl Harbor fue un acontecimiento tardío y, ciertamente, todo parece indicar que el ataque a Polonia estaba lejos de las preocupaciones de Estados Unidos. Mi hermano y mi padre se vieron obligados a admitir que ese niño de diez años parecía estar en lo cierto acerca de la fecha de inicio de la contienda. Aun así, me pareció que consideraban que ese modo de definir el asunto era muy artificial e injustificado.

Esto último me lleva al tema de la conversación de esta noche. Me parece que nadie en Uruguay, Brasil, Argentina o Paraguay duda de que la Guerra de la Triple Alianza fue un evento importante en la historia de América del Sur, pero los académicos y políticos de esos países parecen ver las cosas de diferente forma, incluyendo conocimientos básicos. Discuten sus orígenes e incluso enfatizan fechas diferentes al hablar de cuándo habría comenzado el conflicto. Ahora bien; si fuera a consultar esa misma enciclopedia de la sala familiar de la casa de mi padre y buscara "Guerra de la Triple Alianza", diría, "vea Guerra del Paraguay". Luego, al abrir el volumen en la letra "P", encontraría un breve artículo que, por su tamaño limitado, implicaría un evento de menor significación para el público angloparlante, pero que definitivamente indicaría la toma del buque de guerra brasileño "Marqués de Olinda", registrada el 12 de noviembre de 1864, como el evento que desencadenó la guerra.

Esta descripción reflejaría, por lo tanto, la opinión de que la guerra fue iniciada por los paraguayos bajo el mando de Francisco Solano López y él era el hombre que debía asumir la responsabilidad histórica de lanzar un conflicto que resultó perjudicial para su país. Ahora, muchos años después, como Uds. saben, me embarqué en un estudio exhaustivo de la guerra y sé que sus orígenes fueron mucho más complejos de lo que sugería el artículo de aquella añeja enciclopedia. Pero este es un buen lugar para preguntarles, mis amigos, sobre los orígenes de la guerra y si las historiografías de sus respectivos países imputan a Solano López o a otros personajes del momento, la grave acusación de "soltar a los perros de la guerra". Y también me gustaría preguntar si sus propios estudios respaldan o rechazan esa historiografía, sabiendo muy bien que, al referir a una pregunta tan compleja, es probable que nadie tenga todas las respuestas claramente de su lado.

Ramírez Braschi

La anécdota de Thomas es muy ilustrativa y da pie a un análisis sobre los orígenes de la guerra del Paraguay. Personalmente considero que se podría explicar el origen de la denominada Guerra del Paraguay, a través del estudio de una serie de hechos concatenados que llevaron al inicio de la contienda. Sin duda, el primero de ellos es la captura del buque de guerra brasileño "Marqués de Olinda" por las fuerzas paraguayas, pero cinco meses después, la ocupación efectiva de las fuerzas militares del presidente Solano López a la provincia de Corrientes, a través de dos fortísimas columnas militares, donde una de ellas también ocuparía Uruguayana, terminaron por potenciar definitivamente el conflicto, que alcanzó rango continental.

Es decir que la toma del buque de guerra brasileño por los paraguayos es el inicio de los eventos militares, pero la invasión a Corrientes actuó como efecto catalítico, impulsando a la Administración del presidente Mitre a declarar la guerra, aunque era evidente que el Gobierno argentino tenía dificultades para dar ese paso. Los conflictos internos del Gobierno de Mitre con las provincias hacían difícil la cuestión para el presidente argentino. La ocupación a Corrientes forzó declara la guerra; es una situación si se quiere similar a la que enfrentó la Administración demócrata de Franklin D. Roosevelt en 1941: el ataque a Hawaii hizo que Estados Unidos entrase concluyentemente en la guerra, que se hizo definitivamente mundial.

La toma de un barco de guerra y la invasión de parte del territorio de un país vecino son engranajes de un mismo mecanismo, los cuales, combinados, iniciaron el camino sin retorno de una guerra regional. Desde luego que las acciones bélicas del presidente del Paraguay abonaron una tierra fértil en condiciones de hostigamientos, ya que las disputas políticas gubernamentales entre los cuatro países hicieron que se arme y consolide rápidamente la alianza para enfrentar al jefe paraguayo.

Lo que quiero decir es que esos mecanismos se registraron en un momento en que el contexto histórico favorecía el desarrollo de una guerra. Los Estados participantes estaban consolidando sus fronteras y Argentina y Brasil tenían que definir el poder de influencia regional. La guerra con un enemigo común fue la excusa para solucionar los límites territoriales, no definidos desde los tiempos del descubrimiento. Creo necesario aclarar que estamos analizando los orígenes y no las causas, porque estas últimas tienen una ramificación mucho más compleja y tal vez más confusa, lo que merecería un detenido análisis. Los hechos originarios de la guerra fueron desencadenados por Francisco Solano López, que creyó conveniente el uso de la fuerza militar para solucionar las conflictividades políticas y territoriales que tenía con los restantes países de la región.

Casal

Buenas noches, amigos. No cabe duda de que la Guerra del Paraguay fue un acontecimiento de la mayor importancia en la historia sudamericana, considerada en conjunto, durante la segunda mitad del siglo XIX. Puede decirse que fue el acontecimiento más importante de esa época para los países de la Cuenca del Plata -Paraguay, Argentina, Brasil y Uruguay- pues es el único que involucra y entrelaza a todos ellos con la magnitud y alcance con que éste lo hizo. Hubo sin duda en la época otros acontecimientos sumamente importantes y quizás más definitorios para las historias individuales de estos países (con excepción del propio Paraguay) pero estas historias, por su propia naturaleza, no alcanzan las dimensiones continentales que aquella guerra tuvo.

Es evidente, por otra parte, que el impacto de la Guerra del Paraguay no fue el mismo para otros países sudamericanos ajenos a la región del Plata. Chilenos, bolivianos y peruanos, por ejemplo, fueron testigos y no actores y sin duda muchos de ellos ven la Guerra del Pacífico como más consecuencial que la del Paraguay. Las cosas siempre son según “el cristal con que se mira” (para usar un dicho popular), es decir, la perspectiva desde donde se observan los hechos. Y esto también es válido para los cuatro países protagonistas de la guerra donde, como Thomas ha dicho más arriba, académicos y políticos discrepan sobre asuntos básicos, como, por ejemplo, la fecha de comienzo del conflicto y las causas del mismo.

En cuanto al aspecto especifico de los orígenes del conflicto, concuerdo con Dardo en que debe verse en una concatenación de hechos que llevaron, como él bien dice, al camino sin retorno de una guerra regional. Los estudiosos uruguayos, sin embargo, en general han atribuido las causas a otra sucesión de hechos, cuyo escenario fue el Uruguay mismo. Hay que tener presente que, para los uruguayos, la Guerra del Paraguay no fue una causa nacional, sino el emprendimiento de una facción del partido colorado uruguayo: la facción que respondía al general Venancio Flores. Esto quiere decir que en un país bipartidista desde sus orígenes (blancos y colorados), donde cada uno de estos grupos políticos representaba más o menos la mitad de la población, uno de esos grupos (los blancos) estaba totalmente en contra de la guerra y, más aun, era aliado de los paraguayos, y otro (los colorados) estaba dividido entre los floristas, favorables a la guerra, y otra facción que estaba contra la participación en la misma pero que se cuidaba de declararlo abiertamente, pues el caudillo Flores seguía siendo el jefe histórico del partido.

La progresión de hechos que vieron los historiadores y analistas uruguayos era aproximadamente así: en 1863, con apoyo militar argentino, el general Flores invadió Uruguay para derrocar a sus enemigos, los blancos, que estaban en el Gobierno. Esto desató una guerra civil que se agravó en octubre de 1864 con la intervención del Imperio del Brasil, también en apoyo de Flores, y terminó con la victoria de este último en febrero de 1865. Como el presidente del Paraguay, el Mariscal López, había declarado en agosto del 64 que no toleraría una intervención brasileña en Uruguay, prisionero de sus palabras procedió a capturar en represalia el buque brasileño “Marqués de Olinda” en noviembre.

Así, pues, para los historiadores uruguayos, las causas del envolvimiento de Uruguay en la Guerra del Paraguay y las causas inmediatas de la guerra misma son vistas como una consecuencia de la perenne guerra civil entre colorados y blancos. Y en cuanto a la fecha de comienzo del conflicto, predomina el concepto de que fue la de la firma del Tratado de la Triple Alianza (y no la de la captura del “Marqués de Olinda”) la que debe considerarse. Esto tal vez deriva de un formalismo jurídico muy a gusto de los uruguayos, similar a aquél que data el nacimiento de la Nación, el 18 de Julio de 1830, cuando se firma la primera Constitución, y no el 27 de Agosto de 1828, cuando Brasil y Argentina, para poner fin a una guerra, firmaron la denominada “Convención preliminar de paz” que declaró independiente de ambos países al Uruguay, que había sido provincia argentina (la Provincia Oriental) y brasileña (Provincia Cisplatina).

Whigham

Podemos ver que los orígenes de la guerra siempre tomaron un giro controvertido debido a una diferencia en la orientación nacional. Es que decir, los paraguayos, argentinos, brasileños y orientales tienden a favorecer las interpretaciones que colocaron a sus respectivos países en el centro. Sin embargo, debemos tener en cuenta que siempre había más que eso. Hubo y hay postulaciones ideológicas también. Como académicos, nosotros estamos bastante comprometidos con un método empírico que enfatiza el uso de documentos históricos para establecer prioridades en nuestros argumentos, en este caso, sobre los orígenes de la Triple Alianza. También se debe poner en esta lista a nuestro amigo brasileño Francisco Doratioto, autor de Maldita Guerra. Aquí está el punto: nosotros no pensaríamos en basar lo esencial en la acción de complots cuya existencia es dudosa o para los cuales no podemos encontrar pruebas documentales.

No digo que siempre debamos evitar la especulación en todo lo que hacemos como historiadores. De hecho, no podemos prescindir de algunas especulaciones para unir los hechos. Es justo, por ejemplo, argumentar que el presidente Mitre ofreció dinero y quizás armas para apoyar a la intervención de Venancio Flores en Uruguay en 1864; la mayoría de los estudiosos aceptan que hubo algo de esto - la pregunta es, ¿cuánto? o ¿cómo? No lo sabemos, porque hay poca o ninguna documentación sobre el tema. Entonces, lo que nosotros tendemos a hacer en nuestros escritos es etiquetar cuidadosamente tales afirmaciones como especulativas, diciendo, por ejemplo, que "parece que Mitre ofreció apoyo material a Flores" y dejarlo así de esta forma.

Pero hay una postura muy distinta hacia la historia que en esta parte del mundo generalmente se identifica como "revisionista", lo que sugiere la existencia de una conspiración masiva, o una serie de conspiraciones, que guiaron el curso de la guerra. Se nos dice que esta conspiración explica mucho más sobre los orígenes del conflicto de la Triple Alianza que cualquier cosa que los amantes de los documentos hayamos afirmado. El argumento revisionista, que tiene el beneficio de la claridad ideológica (o simplicidad), por lo general, aunque no siempre, afirma que Inglaterra estaba detrás de la guerra, con los capitalistas británicos financiando clandestinamente una lucha militar y política contra el Paraguay de Solano López, que supuestamente representaba un sendero alternativo hacia al desarrollo. Ahora, esto suena interesante, especialmente la noción de que en América del Sur existió un enfoque contrario al cambio económico clásico que podría presentar una amenaza concreta para el orden capitalista del siglo XIX.

Desafortunadamente, como Uds. saben, existe una escasez casi absoluta de evidencia en los archivos para probar o incluso ilustrar este argumento. No hubo un desarrollo real en Paraguay que beneficiara a la sociedad en su conjunto y, como lo demuestra cualquier examen de los propios registros del Gobierno de López, fueron el Estado y los militares los que obtuvieron las recompensas de esa estructura mercantilista y no el pueblo.

Esto, sin embargo, no les importa a los seguidores de la escuela revisionista que se sienten cómodos encasillados en su intelectualidad. Creen que la ausencia de pruebas en realidad favorece su interpretación e ilustra cuán inteligentes fueron los ingleses en la gestión de los documentos a su favor, como si el mundo estuviera siendo administrado por una junta colectiva o bajo el arbitrio de grandes empresarios.

Supongo que podríamos encontrar algo infantil en esta forma de ver las cosas, pero si lo etiquetáramos así, muchos nos reprenderían por ser desdeñosos y egoístas. Podrían exigir que ofrezcamos más respeto a una corriente historiográfica que, después de todo, ha sido bastante productiva y enriquecedora a lo largo de los años, con representantes como León Pomer, Atilio García Mellid y, más recientemente, Julia Rosemberg, hablando en voz alta a su favor. También me gustaría señalar que la interpretación revisionista ha encontrado seguidores tanto de la derecha como de la izquierda intelectual y las variaciones en su forma de pensar han inspirado una grande e impresionante historiografía que merece atención. Se han escrito muchos libros al respecto.

Ahora, la mayor parte del trabajo revisionista inicialmente salió de los círculos de derecha de la Argentina, en la década de 1930, aproximadamente, al mismo tiempo en que la figura del gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, se estaba reconsiderando. En mi opinión, estas reconsideraciones, tanto de Rosas como del Paraguay lopista, explican más sobre el sentimiento anti-británico durante la época del Pacto Roca-Runciman que sobre el Paraguay de 1860. De hecho, ni en los documentos ni en los periódicos regionales se encuentra a Inglaterra interviniendo en el contexto paraguayo, ni antes ni durante la década cuando la guerra se estaba librando. Sólo sesenta años después, el Paraguay será presentado como una víctima de "la pérfida Albión ", y esa presentación fue el trabajo de hombres con una orientación de extrema derecha. Los izquierdistas vendrán, después, cuando la Editorial “Claridad” ofrezca una nueva interpretación del Paraguay como víctima del capitalismo moderno durante la guerra del Chaco (otra etiquetación que carece de documentación).

Como Uds. saben, esto es sólo una parte de la complejidad del problema. Hubo versiones peronistas y antiperonistas de un revisionismo de la Triple Alianza, y cuando la idea "saltó la frontera" al Paraguay, por así decirlo, encontró un terreno fértil tanto entre los marxistas como entre ciertos partidarios de la dictadura del general Alfredo Stroessner. Vemos este curioso fenómeno incluso en Brasil, donde el profesor Mario Maestri le ha dado una inclinación trotskista y el periodista Júlio José Chiavenato lo describe como un preludio de una política de genocidio y colonización lanzada por los intereses ingleses.

Podríamos, por supuesto, seguir y seguir discutiendo sobre esto, y sospecho que podríamos tener que hacerlo porque los revisionistas actualmente tienen un dominio sólido de las redes sociales que siempre responden tan voluntariamente a las atracciones de la "Gran Mentira". Quiero decir que nueve de cada diez presentaciones sobre los orígenes de la guerra que aparecen en YouTube reflejan un punto de vista revisionista.

El espectador promedio o participante en internet probablemente pensará que tal posición sobre la guerra es ampliamente aceptada cuando no es nada de eso. Casi ninguna de estas personas en YouTube que discuten sobre los orígenes de la guerra ha visitado el Archivo Nacional de Asunción y, evidentemente, creen que las personas que lo han hecho están sumidas en un modo de análisis anticuado.

Bueno, Dardo, Juan Manuel, ¿somos anticuados? ¿Hasta qué punto debemos prestar atención a la visión revisionista? No estoy seguro de que aún lo hayamos definido realmente. Sin embargo, el hecho de que no me gusten las postulaciones revisionistas no significa que piense que las podemos ignorar definitivamente.

Ramírez Braschi

Es evidente la necesidad de volver a pensar la historia, pero ésta debe estar sustentada permanentemente en un método histórico, donde la heurística no puede dejarse de lado. Comparto la preocupación de Thomas de que la “popularización” de la explicación de los orígenes de la guerra en sitios de internet como YouTube, reposa en la falta de pruebas documentales.

Muchas veces la corriente historiográfica revisionista abandonó el estudio de las fuentes para sustentar su planteo sólo en el marco interpretativo, y la guerra del Paraguay no escapa a ello. Recuerdo en este momento un caso puntual, que si bien no tiene que ver precisamente con el origen de la guerra, pero es un episodio donde aflora la interpretación ideológica, antes que la histórica. Se llegó a afirmar que en 1868 trabajadores correntinos se negaron a construir balsas como protesta, ya que se oponían a la guerra contra el Paraguay. Cabe preguntarnos: ¿Una protesta obrera organizada en Corrientes en 1868, cuando para ese año el ejército aliado ya había traspasado el Paraná y estaba sitiando Humaitá? He acá un caso testigo de construir un suceso edificado ideológicamente. Indefectiblemente una interpretación así se derrumba en sí misma.

Más allá de la construcción ideológica del revisionismo y los pretextos de justificar todas las causas a partir del hostigamiento de poderes internacionales, estoy convencido que los orígenes de la guerra hay que buscarlos en las entrañas más profundas de los propios países que intervinieron, y no en pretextos foráneos que sólo sirven para justificar y ocultar -muchas veces- los errores locales.

Ahora bien; más allá de todo esto, opino que es imprescindible analizar el origen del conflicto desde una perspectiva política institucional, teniendo en cuenta que en la segunda parte del siglo decimonónico los cuatro países que participaron de la contienda militar transitaban un proceso de formación política y de construcción colectiva. Si bien cada uno de ellos con su propia realidad, todos peregrinaban este proceso de cambio y transformación. Esta perspectiva explica que la guerra del Paraguay sustenta sus orígenes en causas vernáculas y no foráneas.

Muy vinculada a esta cuestión de formación del Estado, se halla también los objetivos trazados por los Gobiernos, y en esto la política del presidente paraguayo tiene mucho que ver en la decisión de iniciar las hostilidades que dieron origen a la guerra. Cuando el presidente López inicia la invasión a Corrientes tenía la falsa percepción de que encontraría ayuda política y logística del general Justo José de Urquiza, adversario del presidente Bartolomé Mitre. De la misma manera, su estrategia fue deficiente al creer que masivamente la sociedad correntina se volcaría hacia la causa paraguaya, que si bien existió un importante sector político entusiasmado al inicio, no tuvo la dimensión que López esperaba. El mismo López se sintió decepcionado después de la falta de colaboración de la sociedad correntina.

Tal vez haya sido la idea de López generar una amenaza de alto impacto e incorporar a su proyecto a las fuerzas disidentes argentinas para que se aliasen al Paraguay. López creyó factible esta hipótesis, ya que podía ser la única manera que su poderío y amenaza pudiese extenderse más allá del río Paraná. Pero, contrariamente, el destino de la guerra comenzó a configurarse con el retiro de los paraguayos de suelo correntino y con la derrota en Uruguayana. No existió otra posibilidad para López, de allí en más, de cumplir su anhelo expansionista y tomar como suyos los territorios que estaban en disputas con Brasil y Argentina. Todos estos elementos explican también, en parte, el origen de la guerra…

Casal

El tema del revisionismo histórico es complejo y pienso que tratarlo nos llevará más de una conversación. Tal como dice Thomas, el revisionismo histórico consiste en una historiografía que impresiona por su volumen y variedad y que merece nuestra atención y estudio escrupuloso antes de emitir juicio definitivo sobre ella.

Por ejemplo, si bien el revisionismo histórico suele asociarse con una revisión de la historiografía política liberal argentina iniciada alrededor de los años 1930, han existido otras revisiones de narrativas histórico-políticas liberales en América Latina, contemporáneas o anteriores a las argentinas, cuyos autores han sido definidos como revisionistas por otros revisionistas. Me refiero, por ejemplo, a Emilio Rabasa y Carlos Pereyra, en México; a Francisco Encina y Jaime Eyzaguirre, en Chile; a João Pandia Calôgeras en Brasil; a Juan O’Leary en Paraguay; o a Luis Alberto de Herrera en Uruguay. Algunos revisionistas argentinos y chilenos en cierto momento declararon que Herrera era “el padre del revisionismo histórico en América Latina”, cosa que en principio trasladaría el origen del revisionismo en general, incluyendo al argentino, a la otra orilla del Plata.

Si, por otra parte, nos ponemos a buscar características comunes entre estos autores iniciadores de las corrientes revisionistas, encontraremos también algunos problemas. Por cierto, todos parecen tener simpatías por personajes autoritarios a los que han buscado reivindicar. El argentino Julio Irazusta admiraba a Rosas; Juan O’Leary a Francisco Solano López; Encina e Eyzaguirre a Diego Portales; pero Herrera era un liberal-conservador de estilo tory, a quien no entusiasmaban los personajes autoritarios. La historiografía uruguaya presenta además algunos casos curiosos a este respecto. Una vez, el historiador argentino Emilio Ravignani acusó al historiador uruguayo Eduardo Acevedo de ser revisionista, porque había publicado un “alegato histórico” a favor de Artigas y en contra de la interpretación decimonónica del accionar de este caudillo divulgada por Mitre.

En Uruguay ningún historiador hoy consideraría a Acevedo un revisionista. Acevedo fue un historiador apegado a las evidencias documentales y a la narrativa pro-artiguista iniciada en el último tercio del siglo XIX, la cual ayudó a consolidar y a convertir en “historia oficial” (ese tipo de historia que los revisionistas critican) en Uruguay. Si Acevedo revisó algo, fue la interpretación dominante en Argentina sobre Artigas en aquellos tiempos. Y esto lleva a otra interesante cuestión: ¿Puede un historiador revisionista “revisar” la historia de un país que no es el suyo propio?

Permítaseme agregar otro caso uruguayo: el revisionista argentino Pedro de Paoli incluyó al historiador uruguayo Juan Pivel Devoto en un listado de autores revisionistas que se publicó, me parece, como anexo a Política nacional y revisionismo histórico de Arturo Jauretche. Para los historiadores uruguayos -tanto profesionales como revisionistas- esta inclusión no tenía sentido. Tal como Acevedo, Pivel Devoto encarnó, quizá todavía mejor que aquél, el modelo uruguayo del historiador profesional de la historiografía que algunos llaman “positivista” o tradicional, que trabaja exclusivamente con pruebas documentales. Tal vez la inclusión de Pivel Devoto en ese listado se haya debido a que pertenecía políticamente al partido blanco, como Herrera (Acevedo, por su parte, era colorado). Revisionistas en Uruguay, al estilo argentino, sí los hubo, pero lo que revisaron fueron las interpretaciones de Acevedo y Pivel. Es el caso, por ejemplo de Vivian Trias, Roberto Ares Pons o Carlos Machado.

Como puede verse, hay muchos problemas al tratar el revisionismo histórico. Para otra oportunidad, yo propondría indagar por qué el revisionismo revisa exclusivamente la historia política. ¿Podría revisar algún otro tipo de historia? ¿La económica o la social, pongamos por caso? Asimismo está el problema del método. ¿Es el revisionismo simplemente una historiografía metodológicamente débil, que no presenta pruebas suficientes de sus afirmaciones? Recuerdo cuando, irónicamente, Tulio Halperín comentaba que el historiador revisionista José María Rosa no era un mal historiador, pero sí algo desprolijo con sus citas. Y si es así de débil en lo metodológico, ¿significa esto que más que un tipo de historiografía es un tipo de ideología? Y de ser así, ¿qué hay de común entre el revisionismo nacionalista de derecha de los treinta y el posterior revisionismo marxista de un Rodolfo Puiggrós o de Jorge Abelardo Ramos? Y, además, ¿nos atreveríamos a clasificar de revisionistas a historiadores de países no latinoamericanos? Por ejemplo, ¿fue E. Bradford Burns -historiador estadounidense que estudió América Latina- un revisionista? Y aún quizás más interesante, ¿podría considerarse a Howard Zinn -historiador estadounidense que reinterpretó la historia de los Estados Unidos-, un revisionista? Dejo estas preguntas para una próxima conversación.

Whigham

Como dice Juan Manuel, el tema del revisionismo histórico es tan vasto que quizás sea mejor dejar una discusión más amplia sobre el tema para otro momento. Sólo quería señalar cómo, para bien o para mal, ha afectado el estudio de los orígenes de la Guerra de la Triple Alianza. Creo que Dardo también tiene razón al observar que aún podemos aprender mucho a este respecto de una consideración institucional del Estado en América del Sur.

Si no me equivoco, fue Herder quien argumentó que para que un Estado consolide adecuadamente su poder, debe proyectarse fuera de sus fronteras. Esto significa ganar el reconocimiento internacional de la soberanía sobre un pedazo de tierra en particular o ir activamente a la guerra para extender esa dominación a expensas de un vecino.

Ambas cosas están encapsuladas en el caso de la Triple Alianza, y aquí creo que tenemos suerte. A diferencia de los historiadores revisionistas, que generalmente construyen una montaña de argumentación sobre una base muy estrecha de evidencia documental, con aquéllos que estudian la historia diplomática, estamos hablando de un enfoque que está íntimamente ligado a los documentos.

En el Plata, este método de análisis se remonta al debate entre Vicente Fidel López y Bartolomé Mitre, con el primero argumentando que un dominio completo de los documentos no es necesario para producir una excelente historia de Argentina y, el segundo, argumentando lo contrario. La obsesión de Mitre por la documentación es bastante evidente en su propio Archivo del general Mitre (1910-1914) y en cómo escribió la Historia de Belgrano (1859) y la Historia de San Martín (1887).1 La preocupación por la evidencia documental todavía está con nosotros hoy, por supuesto (y no hace falta decir que Vicente Fidel López no ha disfrutado de un respaldo similar entre los académicos modernos).

En cualquier caso, el campo de la historia diplomática, en la medida en que toca las causas de la Triple Alianza, es un área que ha sido notablemente productiva. Señalaría en esto los esfuerzos pioneros del erudito británico Pelham Horton Box, que escribía en la década de 1920 principalmente basándose en fuentes argentinas. Su trabajo, que de cierto modo refleja las influencias de Juan Bautista Alberdi, debería haber inspirado a toda una generación de historiadores interesados ​​en la Triple Alianza, pero Box murió joven y dejó pocos herederos ni en el hemisferio norte ni en el Sur.2

Sin embargo, una persona que podemos considerar heredera fue el paraguayo Efraím Cardozo, quien escribió sobre los comienzos del conflicto con gran astucia y con un conocimiento amplio con base documental. Probablemente ayudó que Cardozo mismo hubiera sido diplomático por un tiempo pero, en cualquier caso, su posición como profesor universitario en Asunción le dio acceso completo a los documentos archivísticos en esa ciudad. El resultado fueron dos libros notables, Vísperas de la guerra del Paraguay (1954) y El Imperio del Brasil y el Río de la Plata (1961), este último ganador del premio “Alberdi-Sarmiento”. Cardozo continuó su producción en las décadas de 1960 y 1970 con Hace cien años (1968-1973), un relato cotidiano de la guerra que finalmente alcanzó trece volúmenes y que ofrece varios detalles sobre el mundo sudamericano en los comienzos del conflicto.

Desde la muerte de Cardozo, se han publicado muchos trabajos que se basan en su preocupación por los orígenes de la guerra y que destacan la evidencia documental como el elemento clave para una mejor comprensión de los eventos. Varios de estos trabajos han implicado el redescubrimiento de documentos que alguna vez se creyeron perdidos. Por ejemplo, están el diario y las cartas del ministro estadounidense Washburn, coeditado por Juan Manuel y yo, y también los Escritos históricos del ex ministro de Relaciones Exteriores paraguayo José Falcón. El historiador italiano Marco Fano ha sido particularmente activo en el rescate de documentos antiguos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia sobre el origen y la conducción de la guerra.3 Luc Capdevila logró algo similar con la documentación francesa.4

En términos de trabajos más generales, me gustaría mencionar mi propio estudio de tres volúmenes sobre la guerra, cuyo primer volumen se concentra en causas y antecedentes diplomáticos.5 Y luego está el excelente estudio de nuestro amigo Francisco Doratioto, aludido anteriormente, que nos hace un gran favor al abordar la correspondencia diplomática brasileña de aquel tiempo.6 Hay muchos otros trabajos que han aparecido en los últimos años que tratan la diplomacia de la guerra de manera pasajera y que, sin embargo, valen nuestra atención. Un clásico reconocido de una generación, anterior que no mencioné anteriormente, es el estudio (o estudios) de Luis Alberto de Herrera; todos contienen varios materiales documentales pero, dado lo importante que es Herrera en las letras uruguayas, tal vez sería mejor preguntar a Juan Manuel para que nos explique mejor su contribución al tema.

Al centrarme aquí en la diplomacia, he enfatizado que se ha hecho un buen trabajo. Y, sin embargo, tal vez debería señalar también que queda mucho por hacer. Por ejemplo, en el Archivo Nacional de Asunción hay al menos una docena de copiadores de libros del Ministerio de Relaciones Exteriores de la etapa de los López. Si bien Cardozo y varios otros académicos han trabajado con estos materiales, me atrevo a decir que, dentro de los libros que se encuentran en la Colección Rio Branco de la ANA, todavía hay muchas cosas por descubrir. También sospecho que hay copiadores de libros similares en los archivos argentinos, que han sido más o menos ignorados hasta ahora.

¿Alguna idea o adiciones a la lista aquí, caballeros?

Ramírez Braschi

Indefectiblemente la atención que mereció la guerra en la historiografía de los países de la región ha sido significativa, teniendo en cuenta la dimensión del conflicto y el impacto interpretativo que este creó. Pero, paradójicamente, en la historiografía correntina ha ocurrido algo peculiar: la guerra no tuvo el estudio necesario. Es un hecho paradójico, más teniendo en cuenta que el territorio correntino fue escenario de la primera parte de la contienda y que luego será el lugar donde se establecerán las bases militares de las fuerzas Aliadas.

La historiografía correntina tiene dos referentes sobresalientes: Manuel Florencio Mantilla y Hernán Félix Gómez, pero ninguno de ellos le dedicará atención especial a la contienda. De las numerosas obras publicadas por cada uno de aquellos historiadores, ninguna registró específicamente a la guerra como argumento central, siendo solamente analizada en obras generales o haciendo referencia a algún estudio biográfico. Varias décadas después, ya a mediados del siglo XX, Wenceslao N. Domínguez se aproximó a la cuestión con su libro “La toma de Corrientes”. Tuvo que pasar un prolongado tiempo para que se reinicie el estudio de la cuestión a través de mi libro “La guerra de la Triple Alianza a través de los periódicos correntinos. (1865-1870), publicado en el año 2000.

Ahora, cabe preguntarnos: ¿Cómo es posible que la historia de la provincia de Corrientes -epicentro de la guerra en 1865 y territorio imprescindible para el desarrollo logístico y estratégico en los años siguientes- no estuvo suficientemente desarrollada por sus historiadores en este periodo histórico? No hay documentación que explique esta postura. Solo elucubramos respuestas sociológicas. Traté en diversos trabajos de aproximarme a una posible explicación a esta curiosidad de la historiografía local. Tal vez, los compromisos políticos y vínculos sociales con descendientes que simpatizaron con el Paraguay, “comprometía” a algunas familias de la sociedad correntina y a los propios historiadores que formaban parte de la misma. Esta es una posible explicación, pero no la única.

Cómo explicar que dos historiadores de nivel superlativo, como Mantilla y Gómez, hayan decidido eludir escribir sobre la guerra del Paraguay. En sus obras generales “saltan” del Gobierno de Lagraña a la elección de Guastavino como si nada, que merezca ser relatado, haya ocurrido entre los años 1865 y 1871. Estos hombres, Mantilla y Gómez, formaban parte de familias con múltiples vínculos con sectores de la sociedad correntina más arraigada, que contuvieron miembros sobresalientes que habían manifestado su adhesión a la política paraguaya y que colaboraron directa o indirectamente con la Junta Gubernativa paraguayista. Para argumentar esto citaremos a modo de ejemplo un solo caso, el de Mantilla, cuyo tío Manuel Serapio Mantilla participó en la elección del Gobierno correntino durante la ocupación paraguaya. En una oportunidad el propio Mantilla escribió: que “…muchos años pasarán todavía para que pueda escribirse con conciencia la historia de la guerra con el Paraguay; cuando la época oportuna llegue…”7.

Como podrá observarse, dentro de la historiografía aún existen y perduran cuestiones ambiguas, vacíos y complejidades, que se agregan a las interpretaciones ideológicas sin sustento documental. Realmente esta guerra generó disquisiciones que, por acción u omisión, todavía presentan interrogantes que no tienen aún respuesta…

Casal

Thomas nota correctamente que el revisionismo histórico rioplatense ha afectado el estudio de los orígenes de la Guerra de la Triple Alianza. Esto no podía haber ocurrido de otro modo, pues desde la misma génesis del conflicto ya estaban en pugna las dos interpretaciones básicas que luego derivaron en lo que podríamos denominar “tradicional” o “mitrista” y la que acusaba a ésta de falsear la historia y reclamaba una lectura diferente de los hechos, que tomará en cuenta elementos omitidos accidental o expresamente por aquélla. Me refiero, por supuesto, a la polémica entre Mitre y Alberdi. Detrás de la primera estaba el concepto unitario de nación y detrás de la segunda el concepto federal (o más bien confederal) de esta última; de algún modo los dos conceptos que han dado aliento a la historia “tradicional” u “oficial” argentina y a su contraparte “revisionista”.

En esta última conversación, Thomas subraya el papel de aquéllos que han intentado entender los orígenes del conflicto en base a pruebas documentales, especialmente registros diplomáticos, por oposición a quienes componen elaborados argumentos sostenidos en una estrecha base documental -“interpretaciones ideológicas sin sustento documental”- como dice el amigo Dardo. Entre los clásicos que estudiaron la diplomacia de la guerra en base a documentos, Thomas menciona a Luis Alberto de Herrera y me invita a dar una idea de su contribución. Por cierto, Herrera publicó extensamente sobre la diplomacia uruguaya durante, antes y después de la guerra, inclusive dando a luz -por vez primera- volúmenes enteros de importantes documentos sobre el tema desconocidos hasta entonces.

Pero si bien es cierto que Herrera escribió sobre aquella cuestión basándose estrictamente en fuentes primarias [principalmente los archivos de su padre, quien fuera representante uruguayo ante el Gobierno del Paraguay, por ejemplo La Diplomacia Oriental en el Paraguay, 2 vol. (1908-1911)], así como otros libros sobre la Guerra del Paraguay [El Drama del 65 (1926) y Antes y después de la Triple Alianza (1951)], su mayor contribución debe enmarcarse más propiamente en la historia del Uruguay que en la del Paraguay.

Es muy importante la contribución de Herrera a la historia que relaciona a Uruguay y Paraguay en tiempos de la Guerra de la Triple Alianza, pero no debe soslayarse que es aún más amplia e igual de sólidamente documentada su contribución al conocimiento de otros períodos de la historia uruguaya y de la historia sudamericana, publicados en libros tales como La tierra charrúa (1901), La misión Ponsonby (1930), [una defensa de la mediación británica que condujo a la independencia del Uruguay], La Revolución Francesa y Sudamérica (1910), [donde adopta una mirada casi carlyleana sobre la Francia revolucionaria], o Los Orígenes de la Guerra Grande (1941), [sobre el conflicto entre Uruguay y Argentina en los tiempos de Rosas], así como en varios otros.

Si Herrera se ocupó de la Guerra del Paraguay fue por su interés en la historia del Uruguay y la Cuenca del Plata y no específicamente en la historia de Paraguay. No hay que olvidar que, como acabo de mencionar, Herrera era hijo del diplomático que el Gobierno de Bernardo Berro envió a Paraguay a procurar apoyo militar del Gobierno del Mariscal López ante la invasión del general Flores a Uruguay y que, como su padre, pertenecía al partido político uruguayo (el partido blanco) que fue aliado del Paraguay durante la guerra. En otros términos, los hechos de aquel tiempo que vincularon a Uruguay con Paraguay son para Herrera parte de su propia historia de familia y, si se interesó en el asunto, fue en parte para reivindicar la gestión diplomática de su padre y la decisión de su partido de buscar el apoyo del Gobierno paraguayo.

La obra de Herrera, sin embargo, con el tiempo, ha cumplido un rol histórico que el líder blanco nunca hubiera esperado. Como expuse en un artículo publicado hace unos años en Brasil,8 la interpretación de Herrera sobre las relaciones de Uruguay y Paraguay en los 1860s y en definitiva la interpretación de las causas u orígenes de la guerra que en ella se traslucen, fue cooptada en los años 1960s y 1970s por historiadores de izquierda (en otros aspectos, enemigos ideológicos de Herrera) quienes, agregando a ella -y a la abundante documentación exhumada por Herrera- categorías de interpretación marxistas, la convirtieron en la interpretación absolutamente dominante en Uruguay sobre los orígenes de la Guerra de la Triple Alianza. Esta disquisición, así transformada, continúa siendo la dominante en Uruguay aún hoy.

Si Herrera fue, como lo proclamó el historiador mexicano Silvio Zavala en 1950, el “padre del revisionismo histórico” en América Latina, poco se asemeja su obra a la de muchos de sus seguidores y a la de aquellos revisionistas que construyeron “una montaña de argumentación sobre una base muy estrecha de evidencia documental”, como dice Thomas. La obra de Herrera se apoyó siempre en abundantes fuentes primarias y su juicio nunca excedió lo que los documentos permitían colegir. Tal vez su influencia sobre la corriente revisionista rioplatense haya sido más indirecta, como recientemente Laura Reali y otros historiadores de la historiografía han observado; es decir, una influencia que se ejerció a través de su correspondencia con otros historiadores que le admiraban -como Juan O’Leary- y a través del consejo y el estímulo que a muchos de estos dio para que reivindicaran a personajes históricos que la historiografía liberal del siglo XIX y principios del XX había condenado como abominables reliquias de la “barbarie”.

Whigham

Saben, mis amigos, he estado trabajando en diferentes aspectos de la Guerra de la Triple Alianza durante unos treinta años y he explorado todos los archivos imaginables en busca de documentos y leí cada trabajo imaginable de literatura secundaria sobre el conflicto. Sin embargo, todavía hay cosas que no entiendo sobre sus orígenes y la trayectoria de acontecimientos. Al terminar nuestra conversación de esta noche, permítanme hacerles varias preguntas para ver si pueden aclarar algunos de estos casos.

En primer lugar, cuando discutimos los problemas en Uruguay que llevaron a la intervención brasileña y de allí al embrollo paraguayo, casi todas las fuentes señalan las malas relaciones que los terratenientes riograndenses tenían con el gobierno Blanco en Montevideo y cómo estos terratenientes, liderados por Antonio Souza Netto, convenció al parlamento imperial en Río de Janeiro para que su discusión con los Blancos se convirtiera en algo que requiriera una respuesta nacional y violenta. Pero, y aquí está la primera pregunta: una vez que los riograndenses aseguraron la intervención brasileña en Uruguay, no escuchamos casi nada más de ellos como grupo de presión y no jugaron un papel importante en la lucha contra Solano López. ¿Por qué exactamente eso es así? Parece que simplemente desaparecieron como un factor. Ciertamente hubo una gran cantidad de gaúchos individuales que participaron en el conflicto, hombres como el Marqués de Herval y todos los oficiales con el apellido Mena Barreto, pero estos eran hombres del ejército y no actuaban como agentes políticos de Rio Grande do Sul. ¿Qué les sucedió a los estancieros de Rio Grande do Sul que anteriormente parecían ser tan influyentes?

En segundo lugar, está la curiosa cuestión de la declaración de guerra paraguaya contra Argentina. Se nos dice que a principios de marzo de 1865 Solano López convocó a un Congreso Extraordinario en Asunción para discutir el tenor de la guerra contra Brasil y decidir qué hacer con Argentina, cuyo gobierno nacional había rechazado un pedido oficial paraguayo para cruzar territorio correntino para atacar los brasileños y salvar lo que quedaba del régimen blanco en la Banda Oriental. El Congreso paraguayo se reunió durante dos semanas y hacia el final de la reunión, los representantes declararon la guerra a la Argentina. Hubo diplomáticos extranjeros presentes como espectadores en tal Congreso e informaron debidamente lo que se había discutido a sus gobiernos respectivos, y nunca dejaron de mencionar la declaración de guerra. El Semanario lo grabó palabra por palabra en número del 25 de marzo. Sin embargo, Mitre reaccionó al ataque posterior contra Corrientes más de dos semanas después como si fuera una sorpresa total. Pero ¿cómo podría no saber de la intención paraguaya?

No hubo nada clandestino en la acción de López en Corrientes, que fue la extensión natural de su declaración de guerra. También tenemos una carta a Mitre de Guillermo Rawson, que se encontraba en Córdoba en tal momento y afirmaba que el anuncio de guerra ya era conocido en esa ciudad. Creo que si este fracaso en reconocer la amenaza paraguaya hubiera ocurrido en otro momento y lugar, Mitre habría sido censurado por no actuar en defensa de Corrientes mientras todavía había tiempo. Como resultado de su falta de acción, sin embargo, la flota argentina fue capturada y el Gobierno Nacional no hizo nada para frustrar la ocupación paraguaya de la provincia, al menos no inicialmente. ¿Mitre debería haberlo sabido? Y si no lo hizo, ¿por qué no lo hizo? Si volvemos a ver un caso comparable en el siglo XX, el presidente Roosevelt tuvo que evitar las críticas de algunas personas que afirmaban que debería haber sabido del próximo ataque japonés en Hawaii contra Pearl Harbor. Pero nunca he visto ningún aviso escrito en 1865 de que Mitre hubiese ignorado la amenaza paraguaya y, por lo tanto, mereciera censura cuando llegó el ataque. Quizás esto sea menos problemático de lo que estoy sugiriendo aquí. Recuerdo en una conversación sobre esta cuestión con mi querido profe Tulio Halperín Donghi, y este último me dijo que habría sido "inconveniente" para Mitre haber admitido algo si él ya lo sabía. Bueno, don Tulio no tenía más información sobre esto, pero quizás ustedes, caballeros, tengan algunas opiniones interesantes sobre al tema.

Mi tercera pregunta involucra un escenario contra fáctico: ¿qué hubiera pasado si Solano López no hubiera atacado a Corrientes? Los blancos uruguayos habrían sido derrotados, sin duda, pero de todos modos ya habían sido vencidos cuando los paraguayos cruzaron a Argentina. Los paraguayos ya se habían apoderado de las secciones sureñas de Mato Grosso, lo que hubiera hecho muy difícil para el gobierno en Río de Janeiro poder retomar desde el norte (como lo demostró el posterior episodio de "Retirada da Laguna" en 1867). En ausencia de cualquier movimiento paraguayo contra Argentina, Mitre no hubiera podido contar con el apoyo de sus compatriotas en las provincias de Litoral para ofrecer apoyo al antiguo enemigo del Brasil, por lo que me parece que Mitre habría quedado atrapado en una neutralidad oficial que de facto favoreció a Paraguay. López podría incluso haber conservado aquellos territorios que había tomado en Mato Grosso porque Buenos Aires nunca habría permitido el paso río arriba de ninguna flota brasileña destinada a una operación bélica contra Paraguay. Si los brasileños hubieran exigido tal permiso, irónicamente los habría colocado en la misma posición en que Solano López colocó a su país cuando exigió el tránsito de su ejército a través de la Argentina a principios de 1865. Ahora, sé que esta pregunta implica solo conjeturas, pero ¿qué hubiese sido? ¿Qué hubiera pasado si los paraguayos no hubieran atacado a Corrientes? ¿Alguna idea?

Ramírez Braschi

Un conflicto con las dimensiones y las consecuencias desbordantes como la guerra contra el Paraguay concibe preguntas permanentes que se retroalimentan constantemente a medida que respondemos los interrogantes. Las inquietudes planteadas por Thomas son muy interesantes. Respecto a la primera, creo que los riograndenses actuaron como grupo de presión para una cuestión localizada, fuertemente vinculada a sus intereses en los territorios fronterizos con el Uruguay, siendo una cuestión distinta para los intereses del Imperio el enfrentamiento con el presidente López. Si bien sirvió como efecto de convulsión en la región, fue un asunto que se apagó de modo inversamente proporcional a medida que avanzaba la ocupación paraguaya al Mato Grosso, lo que fue cambiando el eje de atención del Imperio. Ahora cabe preguntarnos, ¿los estancieros riograndenses gozaban de plena confianza del Gobierno monárquico? Un interrogante que nos puede servir para conjeturar varias respuestas. Tal vez la monarquía no confiaba enteramente en ellos, y era prioritario para enfrentar a Lopez conformar un ejército de batallones plenamente leales, prefiriendo a veces las líneas de esclavos, los que serían más confiables para el Imperio.

En referencia a la segunda cuestión, creo que Mitre manejaba todas las posibilidades de un efectivo ataque paraguayo, pero también estimo que además de la declaración de guerra buscaba una acción de guerra concreta, como se manifestó con la ocupación a Corrientes y la toma de los buques argentinos “25 de mayo” y “Gualeguay”. Era muy difícil movilizar un ejército por parte de Mitre sin una acción concreta de López contra intereses argentinos, atento que a fines de 1864 y principios de 1865 el presidente argentino tenía frentes internos de oposición política que le generaron profundos inconvenientes. Mitre sabía de la declaración de guerra y las intenciones de López, pero no tenía los argumentos suficientes para contrarrestarlo tempranamente y así evitar la ocupación de la provincia de Corrientes. Insisto, creo que necesitaba de la acción de guerra de López, más allá de la declaración del Congreso paraguayo. En resumen, Mitre era un hábil político que tomaba en consideración todos los aspectos y uno de ellos era que en el interior del país había focos de resistencia a su política, en consecuencia movilizarse para una guerra sin tener un pretexto concreto podría terminar en un fracaso político.

Siguiendo la propuesta de análisis contrafáctica de Thomas, considero que si los paraguayos no hubiesen atacado territorio correntino, se derrumbaría el mayor argumento del presidente Mitre para movilizar las milicias nacionales, más allá de la declaración de guerra paraguaya. Pero Corrientes conformaba para López un eslabón fundamental para el futuro desarrollo de la guerra, ya que era el salvoconducto de atracción de los sectores de las provincias litoraleñas que tenían cierta simpatía por el presidente paraguayo y su causa y, además, si las cosas salían bien, tendría el aval otorgado por algunos rebeldes urquicistas y el territorio uruguayo. Pero, como era de preverse, no le salieron las cosas de la mejor manera: Corrientes resistió sola y como pudo se defendió con sus escasos recursos durante los primeros meses; el rechazo de Urquiza por la acción paraguaya; el avance de las columnas paraguayas sin alcanzar victoria alguna. Todas estas cuestiones fueron adelantando la reclusión del Paraguay en su territorio y el pronóstico de lo que ocurriría más adelante.

La guerra del Paraguay fue un suceso que irremediablemente debía ocurrir. Hay varios factores que avalan este concepto: Argentina y Brasil no habían solucionado sus conflictos de preeminencia regional; ergo, las fronteras eran difusas; Paraguay se desarrollaba de un modo distinto al ejercido por el pensamiento liberal de la élites brasileñas y argentinas, entre otras cuestiones. Pero un factor para mi preeminente es la psicología de los hombres que actuaban en el escenario sudamericano de ese entonces. No existe el azar, lo que ocurre es el resultado de la cultura, el proceder, la formación de los hombres que están en el poder.

La dirigencia argentina, paraguaya, uruguaya y brasileña era paternalista, que hizo del conflicto armado un sistema de dominación global de mayor alcance y delicadísimas proyecciones. Con el transcurrir de los hechos, los hombres que idearon el sistema no pudieron del todo controlar puntualmente su desarrollo, ni menos aún prevenir el futuro en sus diversas manifestaciones, de ahí el horroroso cuadro de batallas que se sucedieron en los campos paraguayos.

Los hombres de uno y otro bando; sólo advirtieron la idea de la confrontación, de cuyo resultado debía surgir la eliminación de uno y otro. La idea de la conciliación no estuvo presente en los programas políticos de estos países, como tampoco la tolerancia y el respeto mutuo del disenso. Pareciera que únicamente el principio político más absoluto de la idea de la dominación fue la vertiente por la cual transitaron los líderes de entonces.

Casal

Con respecto a la primera pregunta, es decir, por qué los estancieros riograndenses cesan de actuar como grupo de presión después de conseguida la intervención brasileña en Uruguay, creo que la respuesta puede hallarse en la misma pregunta: dejaron de actuar como grupo de presión porque ya habían conseguido lo que querían, esto es, esa misma intervención militar del Imperio y la consiguiente caída del Gobierno blanco en Uruguay.

Los intereses principales de este grupo terrateniente, que era propietario de numerosas estancias en Rio Grande do Sul y también en la mitad norte de Uruguay, propiedades que no pocas veces eran de las mismas familias, no consistían en entrar en una guerra con Paraguay, sino en conseguir que el Gobierno uruguayo protegiera sus negocios, sus tierras y su mano de obra, tal como había sido establecido por el tratado de alianza de 1851 entre Brasil y Uruguay. Ese tratado, por el que el Gobierno colorado de Montevideo en aquel entonces, en cierta forma pagó la ayuda brasileña en la guerra contra Rosas, incluía cláusulas leoninas perjudiciales para Uruguay como, por ejemplo, la cesión a Brasil de territorios fronterizos -incluyendo la totalidad de las denominadas “Misiones Orientales”-; el “tratado de subsidios”, que hipotecaba las rentas de aduana y demás rentas públicas uruguayas, para garantizar el pago de la deuda con el Imperio; y el “tratado de comercio y navegación”, que eximia de contribuciones a los ciudadanos brasileños con propiedades en Uruguay, así como obligaba a las autoridades uruguayas a tolerar la importación de esclavos a las haciendas de propiedad brasileña en el país (donde la esclavitud había sido abolida tiempo atrás) y a capturar y devolver a Rio Grande do Sul, esclavos que hubiesen fugado cruzando la frontera. Este último tratado, en particular, era del mayor interés para los hacendados riograndenses afincados tanto en Rio Grande como en el norte de Uruguay, y las autoridades blancas y fusionistas que habían detentado el poder, prácticamente a partir de aquella misma fecha habían sido omisas en hacerlo cumplir.

Después de la guerra contra Rosas, llamada “Guerra Grande” en Uruguay, y el subsiguiente “Pacto de la Unión” entre el general blanco Manuel Oribe y el colorado Venancio Flores, la balanza del poder en la campaña uruguaya se había inclinado levemente hacia el lado de los blancos, quienes pasaron a contar con importantes Jefes Políticos, principales autoridades en los departamentos del interior. Estos Jefes Políticos blancos, no pocas veces habían hostigado a los terratenientes brasileños, fuera requisándoles esclavos o ganado o acogiendo y protegiendo o reclutando -como milicianos- a esclavos fugados. Los Gobiernos fusionistas de Montevideo, por su parte, habían hecho caso omiso de estos asuntos, despertando así la ira de los estancieros riograndenses, cuyas reclamaciones eran continuamente desoídas. No es de sorprender que estos estuviesen deseosos de que el Imperio, o Flores, derribaran a ese Gobierno que no protegía sus intereses.

En abril de 1864, el representante brasileño José Antônio Saraiva presentó a la cancillería uruguaya una lista de 63 reclamaciones, principalmente de los hacendados riograndenses con tierras en Uruguay, incluyendo indemnizaciones por abigeato, fuga o leva de esclavos, usurpación de áreas de sus propiedades, y varios otros asuntos. Esas reclamaciones fueron acompañadas de un ultimátum por el que se establecía que si las reclamaciones no eran satisfechas en brevísimo plazo, Brasil invadiría el territorio uruguayo. En medio de la guerra civil, con el ejército de Flores casi a las puertas de Montevideo, el presidente interino Atanasio Aguirre, sucesor de Berro,9 rechazó el ultimátum y, simbólicamente, quemó en público los tratados de alianza de 1851 entre Brasil y Uruguay que, vale la pena recordar en este punto, también establecían el compromiso de Brasil de defender militarmente al Gobierno uruguayo contra cualquier levantamiento contra el mismo de parte de sus opositores, es decir, exactamente contra un levantamiento como el de Flores.

Mucho se ha especulado sobre este ultimátum del Brasil, pues era evidente para todo el mundo que no existía forma de que el Gobierno de Montevideo pudiera satisfacer aquellas reclamaciones y, menos aún, en el plazo estipulado. Muchos historiadores piensan que no se trataba más que de una maniobra diplomática para justificar la invasión brasileña al Uruguay para sentar allí una base de operaciones para la guerra con Paraguay.

En cualquier caso, las reclamaciones de los hacendados riograndenses cesaron una vez que el sucesor de Aguirre (cuyo mandato terminó en enero de 1865), Tomás Villalba, rindió Montevideo a los sitiadores, y cuando el general Flores tomó el poder y como primer acto de gobierno restableció la plena vigencia de los tratados de 1851, que Aguirre había declarado nulos.

Es cierto que varios caudillos riograndenses se sumaron a las fuerzas de Flores y que algunos de ellos lo siguieron a la Guerra del Paraguay, pero los intereses de los hacendados riograndenses como grupo social no parecen haber respaldado esas iniciativas individuales. Estas se explican más bien por la antigua afinidad de esos caudillos con los líderes colorados uruguayos. Y si el Imperio del Brasil prefirió emplear fuerzas militares regulares en la guerra, más que dejar la iniciativa en manos de los riograndenses, puede bien haber sido por desconfianza hacia ellos (desde la época de la Revolución Farroupilha y aún antes, las élites de Rio Grande do Sul más de una vez habían considerado separarse del Brasil para formar un Estado independiente, quizás con Uruguay como parte de él); o, quizás, más probablemente porque los reclamos de los hacendados riograndenses y su interés en los conflictos regionales, ya habían cesado cuando el general Flores asumió el poder en Uruguay.

En lo que respecta a la segunda y tercera preguntas, estoy en un todo de acuerdo con lo que dice Dardo. Mitre necesitaba una declaración de guerra formal para poder movilizar el ejército nacional sin que se levantaran en Argentina resistencias internas mayores a las que efectivamente se alzaron, las que podrían haber comprometido seriamente el esfuerzo de guerra. Asimismo, si López no invadía Corrientes, Mitre no hubiese tenido argumento para movilizar las milicias nacionales, aunque no necesariamente este factor haya alterado la sucesión de hechos regionales que efectivamente condujeron a la Guerra del Paraguay.

Whigham

Buenas noches, mis amigos, y mil gracias para la oportunidad de participar en este conversatorio tan informativo.

Notes

1 Mitre, B. (1910-1914) Archivo del general Mitre. (Buenos Aires): La Nación; Historia del Belgrano, Buenos Aires: 1857; Historia de San Martín, Buenos Aires: 1887.

2 Horton Box, P. (1930) The Origins of the Paraguayan War (Nueva York: Russell y Russell).

3 Fano, M. (2011) El cónsul, la guerra y la muerte. Roma: edición del autor.

4 Capdevilla, L. (2007) Une guerre totale. Paraguay, 1864-1870. Essai d’histoire du temps présent: Rennes: Presses Universitaires de Rennes.

5 Whigham, T. (2010) La guerra de la Triple Alianza. Causas e inicios del mayor conflicto bélico de América del Sur, vol. 1; Asunción: Taurus.

6 Doratioto F. (2002) Maldita guerra. Nova historia da Guerra do Paraguai; São Paulo: Companhia das Letras.

7 Mantilla, M. (1892) Premios Militares de la República Argentina. Bs. As., pp. 174-175.

8 Casal, J. M “La interpretación dominante en Uruguay sobre los orígenes de la Guerra de la Triple Alianza,” Diálogos, v. 19, n.3, pp. 929-953, set.-dez./2015.

9 Atanasio Cruz Aguirre era presidente del Senado cuando finalizó el periodo presidencial de Bernardo Berro. Como no fuera posible realizar elecciones normalmente, debido a la guerra civil, tocaba constitucionalmente a Aguirre encargarse del Poder Ejecutivo hasta que pudiera convocarse dichas elecciones.

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