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Revista Digital del Instituto de Filosofía de la UNNE

E-ISSN 1850-3578


 

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Vol. 22 Núm. 1 (2026)
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CONVOCATORIAS ABIERTAS PARA PUBLICACIÓN 2027

Filosofía y humor. ¿Es tan seria la filosofía? ¿Puede la risa hacernos filosofar?

Coordinadores:

Dra. Mariana Urquijo Reguera

Dr. Javier Alegre

La filosofía en las sociedades occidentales tiene fama de ser un asunto serio. En el imaginario social se asocian por lo general sus prácticas y estilos discursivos con lo complejo, profundo y oscuro de las entrañas del pensamiento. Sin embargo, yendo a contracorriente, para este dossier decidimos plantear la cuestión, no exenta de ironía, acerca de si la filosofía es una cosa tan irremediablemente seria. Y a partir de allí, preguntar: ¿puede la risa ayudarnos a filosofar de algún modo?, y recorriendo el mismo camino en sentido contrario, ¿puede la filosofía, además de hacernos pensar, hacernos reír de vez en cuando?

A lo largo de la extensa tradición filosófica no son frecuentes las reflexiones que aborden el tema o bien tiendan a vincular preferentemente el humor con la filosofía. Entre las excepciones, podemos mencionar como breve muestrario aleatorio que la caricatura forma parte de la propia fundación de la tradición filosófica cuando encontramos a un Sócrates caracterizado en la comedia de Aristófanes como el director de la escuela del Pensatorio, frente al retrato de seriedad y respeto de su discípulo Platón. Que Voltaire recurre a la parodia para dejar expuesto el optimismo ciego de Leibniz en el personaje del doctor Pangloss. Que para Nietzsche la risa puede llegar a tener dimensiones celestiales y que Bergson incluso le dedica un reconocido texto. O que para Wittgenstein un buen trabajo filosófico podía estar conformado por chistes. Hay otros ejemplos más pero es claro que no abundan, la filosofía no pudo superar la condena platónica inicial a la risa y se mantuvo a prudente -y triste- resguardo del humor mayoritariamente a través de los siglos.

En este dossier proponemos intentar reducir esa distancia a través de abordar algunos de los modos en que la risa, lo cómico, los chistes, la ironía, las caricaturas y las múltiples formas del humor han tenido o pueden tener cabida en las reflexiones filosóficas. En este sentido, serán bienvenidas las colaboraciones que desanden, desde cualquier perspectiva filosófica, estos vínculos aparentemente tan esquivos como risueños y lo hagan sin perder la sonrisa.

Recepción de artículos: 15 de febrero de 2027

 

Fenomenología y Marxismo

Coordinadores:

Dr. Zeto Bórquez (PUC - Chile)

Prof. Pedro Karczmarczyk (UNLP)

El tiempo del pensamiento filosófico está modulado, como el de las bibliotecas, por un ejercicio periódico de inventario, semejante a lo que los archivistas denominan “arqueo”, que en términos filosóficos consiste en destilar, de manera polémica, lo vivo y lo muerto en su pasado. Este ejercicio constituye siempre una manera de poner en riesgo una evidencia ineludible, la del presente en el que creemos estar viviendo. La problemática que proponemos volver a examinar, la relación entre marxismo y fenomenología, o entre fenomenología y marxismo, digámoslo así –ya que las cuestiones de “cartel” rara vez dejan de plantearse–, es uno de esos problemas que no son tal vez candentes, pero que poseen una densidad que no nos permite archivarlos sin volver a discutirlos.

Se trata, nada menos, que del encuentro entre dos grandes paradigmas filosóficos con los que nuestro tiempo todavía se piensa a sí mismo. La sola mención de la palabra paradigma nos dispara, a través de otra de las grandes fuentes de inteligibilidad filosófica, hacia la idea de inconmensurabilidad, por lo cual tal vez no sea inoportuno reponer aquí algunas de las condiciones del encuentro al que aludimos:  ¿Dónde han encontrado efectivamente o han creído encontrar una medida común la fenomenología y el marxismo?

La respuesta no admite muchas dudas: el encuentro tuvo lugar a propósito de la relación entre las categorías del conocimiento y de la praxis. Intentemos entonces reponer, en trazos gruesos, las coordenadas y las circunstancias en las que marxismo y fenomenología se dieron cita. La fenomenología, que con Husserl había marcado un hito en los albores del siglo XX con una toma de posición anti-escéptica acérrima, batallando primero contra el psicologismo y luego contra el historicismo, encontró no pocas dificultades para otorgarle una forma filosófica adecuada a su gran hallazgo de una intuición eidética, acercándose primero a una renovación de la mathesis universalis en las Investigaciones lógicas, para dejar caer, desde Ideas I (1913) la esfera de lo lógico-formal junto con la esfera mundana, condición inexorable para explorar un ámbito de evidencia más original. Husserl profundizó esta búsqueda al formular el problema de la constitución, abordando primero la constitución de la naturaleza material y, posteriormente, la de la naturaleza física junto con las operaciones lógicas y matemáticas. Su análisis original del vínculo entre conciencia y cosa material lo situó más allá del pensamiento moderno, aunque permaneció ligado a él por la problemática del dualismo: por un lado, en la constitución “estética” de la cosa, diferenciada de su emergencia como objeto de la física; por otro, en la objeción de que las ciencias físicas se desarrollan mediante tesis, métodos y recursos orientados a fines técnico-prácticos.

Desde el marxismo, el encuentro estuvo mediado por el impacto de una historia que avanzaba “por el lado malo”, allí donde no había rieles dispuestos para su marcha. En consecuencia, pensadores como el joven Lukàcs cuestionaron el objetivismo científico moderno, al identificar en él la primacía de la orientación práctico-instrumental sobre la racionalidad científica. Sostuvieron así que, en el ámbito de la naturaleza y su conocimiento, no existe una relación auténtica entre sujeto y objeto y, por tanto, tampoco una praxis verdadera ni una dialéctica genuina. La dialéctica de la historia quedaba, de este modo, por encima de la dialéctica de la naturaleza.

Cabe enfatizar que este encuentro no dejó de tener consecuencias al interior del marxismo. Por un lado, esta corriente también quedaba ubicada en el marco de un dualismo en el que no era difícil encontrar una división entre la naturaleza y el espíritu que iba a representar, por distintas circunstancias, una dificultad o un obstáculo para el desarrollo del pensamiento del siglo XX. Resulta ilustrativo en este sentido que Michel Foucault, en una entrevista de 1968, recuerde que su generación había tenido como horizonte de reflexión a la fenomenología husserliana, especialmente a través de Sartre y Merleau-Ponty, recordando también cómo, durante la primera mitad de los años cincuenta, aquel horizonte hubo de entrar en crisis debido a la convergencia de una serie de preocupaciones políticas, ideológicas y científicas, que redundaba en una diversificación de los espacios de producción filosófica. La fenomenología se revelaba poco dúctil frente a campos teóricos que ofrecían resultados insoslayables, a la vez que planteaban problemas más específicos, como por ejemplo los trabajos de Roman Jakobson y Georges Dumézil.

Un hito importante dentro de este panorama fue la publicación del libro de Tran Duc Thao, Fenomenología y materialismo dialéctico (1951), resultado de una memoria presentada a Jean Cavaillès; una obra que, hoy lo sabemos bien, influyó de modo importante en la recepción de Husserl en el contexto francés y en los trabajos tempranos de autores como Jean-François Lyotard, Jacques Derrida o Jean-Touissant Desanti. Para Thao, el trabajo de análisis de la fenomenología “estructural” que encontramos en Investigaciones lógicas o Ideas I, debía complementarse con un análisis “genético”, presente, entre otros, en la Crisis de las ciencias europeas, Experiencia y juicio, o en el material de archivo inédito sobre el concepto del Presente Viviente (Lebendige Gegenwart), que Thao analiza en la obra mencionada, desarrollos que para el filósofo vietnamita ofrecían la posibilidad de una rehabilitación de la dialéctica de la naturaleza al hacer factible una comprensión rigurosa del tránsito de la naturaleza a la conciencia, cuyos primeros pasos habían sido dados por el propio Husserl, bien que a contrapelo de su propia autocomprensión filosófica.

El otro gran supuesto de este debate era una reducción del saber científico natural y especialmente del conocimiento matemático y lógico a una suerte de ámbito inerte, concebido o bien como decurso automático o mecánico, o bien en términos de ficciones instrumentales idóneas para realizar previsiones, reducción que las reflexiones filosóficas sobre la ciencia de fines del siglo XIX y comienzos del XX habían establecido. Pensado de esta manera, el encuentro de la fenomenología con el marxismo subyace al planteamiento general de lo que se conoce como “marxismo occidental” y sirve como marco para otorgar inteligibilidad a algunas de las apuestas más importantes para romper con el mismo, como la de Louis Althusser, en la cual, al ser colocada en este contexto, resulta audible un eco de la crítica que Jean Cavaillès le dirigió a Husserl a propósito de la concepción fijista de la dinámica de la ciencia que sus premisas filosóficas lo compelían a adoptar, a pesar de sus propósitos en contrario.

Presentamos esta reconstrucción, cuyo esquematismo reconocemos, amparados en los oropeles que tanto la fenomenología como el marxismo que la acoge en su seno le otorgan a los orígenes. Ello no implica, sin embargo, prejuzgar sobre los decursos que este encuentro ha adquirido en distintos momentos de su historia y en las distintas latitudes en las que esta afinidad o conflicto resultó ser sometida al escrutinio del pensamiento filosófico, pues a decir verdad son muchas las obras por revisitar, como Dialéctica de lo concreto (1963), de Karel Kosik, o los artículos de Enzo Paci de fines de los 50 y comienzos de los 60 en la revista Aut Aut; o contribuciones casi desaparecidas, como la de Ivonne Piccard, o por redescubrir bajo esta luz, como Praxis y conocimiento (1966), de Guido Neri, e incluso –lo que podría parecer más alejado– la Metacrítica del la teoría del conocimiento (1958), de Theodor Adorno.

En ese horizonte, además de la convocatoria a presentación de artículos lanzamos, como parte del dossier, un llamamiento a la presentación de reseñas “extemporáneas”. Por tales entendemos, textos breves de una extensión no mayor a 1500/2000 palabras en los que se aborden algunas obras clásicas de la temática propuesta ofreciendo una idea de su estructura, de sus principales tesis, de su relevancia  para tal o cual propósito, o discusión, etc. Esta propuesta complementa lo que dijimos antes de la imposibilidad de hacer un archivo sin discusión. En efecto, algunas de las obras que tenemos en mente son merecidamente célebres pero otras obras cuya gravitación sobre esta problemática no puede descartarse a priori, fueron leídas de manera un tanto incidental, sin un balance adecuado de su envergadura filosófica, o bien quedaron directamente sepultadas por un manto de olvido. Somos conscientes de que en la propuesta anida una cierta tensión: no se reseña un libro sabiendo que es un clásico, se reseñan novedades. Allí mismo nos parece radicar su interés: combinar el respeto e incluso la reverencia por lo que ha devenido clásico con cierto desenfado en su tratamiento. La propuesta es entonces hacer el experimento de hacer a conjunción entre el aura de lo clásico y los rigores rutinarios de la publicación académica, atendiendo cuidadosamente a lo que pueda resultar de este cruce.

Recepción de artículos: 31 de mayo de 2027